Joseph Conrad - Nostromo

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– ¡Ah! -prosiguió, llegándose muy cerca de la silla-. ¿Se atreve usted a llamar ladrones a mis valientes soldados del regimiento de Esmeralda? ¡Usted! ¡Qué impudencia! Ustedes los extranjeros son los que vienen aquí a robarnos la riqueza del país. ¡Nunca tienen bastante! Su ambición no reconoce límites.

Dirigió una mirada a los oficiales, que aprobaron con murmullos lo dicho por su jefe. El viejo comandante se sintió movido a declarar:

– Sí, mi coronel. Son todos unos traidores.

– Y no diré nada -prosiguió Sotillo, fijando en el inmóvil y maniatado Mitchell una mirada furiosa, pero insegura, -no diré nada de la traidora tentativa que hizo usted para apoderarse de mi revólver y asesinarme, mientras procuraba tratarle con una consideración inmerecida. Ha comprometido usted su vida, Mitchell, y ahora todo tiene usted que esperarlo de mi clemencia.

Observó el efecto de sus palabras, pero en el semblante del increpado no se notaba signo alguno de miedo. Su blanco cabello estaba lleno de polvo, así como el resto de su persona. Como si no hubiera oído nada, contrajo una ceja para librarse de una paja enredada en el pelo.

Sotillo avanzó una pierna y se puso en jarras.

– Usted es el ladrón, Mitchell -afirmó con énfasis-; no mis soldados. -Apuntó al prisionero con su índice de uña larga en forma de almendra e interrogó: -¿Adonde está la plata de la mina de Santo Tomé? Le pregunto a usted, Mitchell, ¿adonde a ido a parar la plata que estaba depositada en la Aduana? Respóndame a eso. Usted la ha robado o ha cooperado con los ladrones. Se la ha robado al gobierno. ¡Ah!, ¡ah! ¿Cree usted que no sé lo que digo? Estoy al cabo de sus marrullerías extranjeras. La plata ha salido del puerto, ¿no? Se la ha sacado en una de las lanchas de usted, miserable. ¿Cómo se ha atrevido usted ha cometer tal desfalco?

Esta vez Sotillo causó honda impresión en el interrogado. "¿Cómo podía haberlo sabido?,'' pensaba el último. Su cabeza, única parte de su cuerpo capaz de movimiento, hizo un gesto brusco denunciando sorpresa.

– ¡Hola! Usted tiembla -vociferó de pronto el coronel. -Esto es una conspiración, un crimen contra el Estado. ¿No sabía usted que la plata pertenece a la República hasta que estén satisfechos los tributos debidos al gobierno? ¿Dónde está esa plata? ¿Dónde la tiene usted oculta, miserable bandido?

Al oír esta pregunta el capitán Mitchell se reanimó, saliendo de su abatimiento. Importaba poco el modo con que Sotillo había obtenido sus noticias; el hecho era que no la había capturado. De sus palabras se deducía evidentemente. Ofendido en su dignidad, el capitán Mitchell había resuelto que por nada del mundo diría una palabra mientras le tuvieran atado de una manera tan indigna; pero desistió de su propósito obedeciendo al deseo de cooperar a la salvación de la plata. Su cerebro trabajaba intensamente y descubrió en Sotillo cierto dejo de duda y vacilación.

"Ese hombre no está seguro de lo que afirma", se dijo interiormente. A pesar de toda la pomposidad de sus modales en el trato social, el capitán Mitchell sabía hacer frente a las duras realidades de la vida con ánimo resuelto y pronto. Ahora que se había sobrepuesto al primer choque del abominable tratamiento sufrido, estaba sereno y con bastante dominio de sí mismo. El desprecio inmenso que le inspiraba Sotillo le dio firmeza, y dijo con acento misterioso:

– Seguramente la plata está bien oculta a estas horas.

Sotillo había tenido también tiempo de calmarse.

Muy bien , Mitchell -replicó tranquilo y amenazador. -Pero ¿puede usted presentar el recibo del gobierno que acredite el pago de derechos, y el permiso de embarque, expedido por la Aduana? ¿Puede usted presentarlos? No. Entonces la plata ha sido trasladada ilegalmente, y el culpable debe sufrir la pena correspondiente, mientras no devuelva lo sustraído en el término de cinco días a contar desde hoy.

Mandó desatar al prisionero y encerrarle en uno de los cuartos más pequeños de la planta baja. Silencioso y pensativo, paseó por la habitación, hasta que el capitán Mitchell, cogido de cada brazo por dos hombres, se levantó, estiró los miembros y rompió a andar.

– ¿Qué tal lo ha pasado usted con sus ligaduras, Mitchell? -preguntó con sorna el coronel.

– Es el abuso de poder más abominable y más increíble -declaró el prisionero en voz alta-. Y cualquiera que sea su intención, no ganará usted nada con ello; se lo prometo.

El coronel, de aventajada estatura, cuyos rizos y bigotes de azabache reforzaban la lividez de su rostro, se inclinó para mirar en los ojos al hombrecillo rechoncho y rubicundo de revuelto cabello blanco.

– Eso lo veremos. Conocerá usted un poco mejor mi poder cuando le haga pasar un día entero atado a un portalón en pleno sol.

Se enderezó con aire altivo y ordenó con un gesto sacar de allí al capitán Mitchell.

– ¿Y mi reloj? -reclamó el reo, resistiéndose a los esfuerzos de los que tiraban de él hacia la puerta.

Sotillo se volvió a sus oficiales.

– ¿Qué les parece a ustedes? Oigan a este pícaro , caballeros -manifestó con recalcado sarcasmo, que provocó un coro de risas burlonas-. ¡Pide su reloj!…(Avanzó unos pasos hacia el capitán Mitchell, no pudiendo apenas reprimir el deseo de desahogar su ira dando unas bofetadas al insolente inglés.) ¡Su reloj! Usted es un prisionero en tiempo, de guerra, Mitchell. ¡En tiempo de guerra! No tiene usted derechos ni propiedad. ¡Caramba! ¡Hasta su aliento me pertenece! No lo olvide usted.

– ¡Qué disparate! -replicó el increpado, procurando disimular la impresión desagradable que le habían causado tales palabras.

Abajo, en un espacioso patio con piso de tierra, sobre el que se alzaba en un rincón un montículo levantado por las hormigas blancas, los soldados habían hecho una pequeña hoguera con trozos de sillas y mesas, cerca del arco de la entrada, por el que podía oírse el murmullo de las aguas del puerto en la playa. Mientras bajaban al capitán Mitchell por la escalera, un oficial subió corriendo a comunicar a Sotillo la captura de más prisioneros. Una nube de humo flotaba en el vasto y sombrío recinto: el fuego crepitaba; y el capitán Mitchell reconoció, como al través de una neblina, las cabezas de tres detenidos descollando sobre los pequeños soldados que los rodeaban con bayoneta calada -el doctor Monygham, el ingeniero en jefe y el viejo Viola con su blanca melena leonina, este último algo separado y vuelto de lado, la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos cruzados. El asombro de Mitchell sobrepujó a todo lo imaginable. Prorrumpió en una exclamación, que halló eco en los otros. Pero se lo llevaron apresuradamente cruzando el enorme local con aspecto de caverna. A la mente del superintendente del puerto acudió un tropel de pensamientos, conjeturas, sugestiones de cautela y otras mil cosas hasta producirle mareo.

– ¡Cómo! ¿Le detiene a usted realmente Sotillo? -exclamó el ingeniero en jefe, cuyo monóculo brillaba a la luz de la hoguera.

Un oficial desde la parte superior de la escalera ordenó en voz alta con urgencia:

– Háganlos ustedes subir… a todos los tres.

Entre el clamor de voces y el crujir de armas, el capitán Mitchell se hizo oír confusamente:

– ¡Por el cielo! El prójimo me ha robado el reloj.

El ingeniero en jefe resistió al empuje que le obligaba a subir la escalera, lo bastante para exclamar:

– ¡Cómo! ¿Qué dice usted?

– ¡Mi cronómetro! -gritó el capitán Mitchell indignado en el momento preciso de ser arrojado de cabeza por una puertecilla al interior de una especie de celda, en completa oscuridad y tan estrecha, que chocó contra la pared.

La puerta se cerró al punto. Nuestro hombre conoció que le habían metido en la llamada cámara fuerte de la Aduana, de donde se había sacado la plata pocas horas antes. Era casi tan estrecha como un corredor, y tenía una pequeña abertura cuadrada, obstruida por sólidas barras de hierro en el extremo más distante. El capitán Mitchell dio algunos pasos vacilantes, y se sentó en el piso de tierra, de espaldas a la pared. Nada, ni siquiera la menor claridad, le impidió entregarse a la meditación. Reflexionó intensamente, pero moviéndose sus pensamientos en círculo muy reducido. No dominó en ellos la nota tétrica.

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