Joseph Conrad - Nostromo
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– Y ¿qué ha hecho ese rufián con los otros dos?
– Habrá puesto en libertad al ingeniero en jefe, no me cabe duda -respondió el doctor-. No querrá meterse en un atolladero, mostrándose hostil a la construcción de la vía férrea. Y menos ahora; es demasiado pronto. Me parece, capitán Mitchell, que no tiene usted idea clara de cuál es la situación de Sotillo.
– Y ¿para qué había de quebrarme la Cabeza en averiguarlo? -exclamó con sorna Mitchell.
– Ciertamente -asintió el doctor con el mismo acento acre-. No veo motivo alguno para que usted se dé ese mal rato. Nadie en el mundo ganaría nada con que usted se dedique a meditar profundamente sobre ese asunto ni sobre otro cualquiera.
– ¡Claro! -admitió el capitán Mitchell ingenuamente, sin advertir la ironía de las últimas palabras de su interlocutor-. ¿A quién puede servirle de nada lo que piense un hombre sepultado en esta maldita mazmorra?
– En cuanto al viejo Viola -prosiguió el doctor, como si nada hubiera oído-, Sotillo le ha levantado el arresto por la misma razón que le decidirá en breve a lavantárselo a usted.
– ¿Eh? ¿Cómo es eso? -interrogó el otro, mirando de hito en hito en las tinieblas con los ojos muy abiertos como un búho-. ¿Qué hay de común entre el viejo garibaldino y mi persona? Si suelta a Viola, será sin duda porque el ratero no le ha visto ningún reloj ni cadena que robarle. Pero te aseguro a usted, doctor Monygham -prosiguió, montando en cólera-, que le va a costar más trabajo de lo que cree desembarazarse de mí. Se cogerá los dedos en este asunto, se lo aseguro. Desde luego tenga usted por cierto que yo no me marcharé sin mi reloj, y en cuanto a lo demás… veremos. A usted quizá le importa poco haber sido encarcelado. Pero Joe Mitchell es una clase de persona muy diferente, señor. Yo no me someto pacientemente a ser insultado y robado. Soy un hombre que ocupa un puesto público importante.
En este momento notó el capitán Mitchell que las barras de la abertura se habían hecho visibles presentando un enrejado negro sobre un cuadro gris. El amanecer impuso silencio al capitán Mitchell, trayéndole el pensamiento que en lo venidero se vería siempre privado de los imponderables servicios de su capataz. Apoyóse en el muro, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras el doctor iba y venía de un extremo a otro del calabozo con su peculiar modo de andar renqueando como si tuviera doloridos los pies. Al alejarse de la reja, se perdía enteramente en la sombra. Apenas se oía el ruido de sus pasos, de ritmo desigual, como los de un cojo. Había cierta indiferencia tétrica en aquel penoso ir y venir constante.
Cuando se abrió la puerta bruscamente y su nombre fue pronunciado en voz alta, no demostró sorpresa alguna. Se paró en seco, y salió de la prisión al punto, como si la prontitud fuera cosa de la mayor importancia; pero el capitán Mitchell permaneció por algún tiempo, apoyado de espaldas a la pared, dudando en su enconada indignación si sería o no mejor no mover pie ni mano en señal de protesta. Estaba medio resuelto a hacerse sacar por fuerza; pero después que el oficial le llamó en voz alta tres o cuatro veces mostrando impaciencia y sorpresa, se avino a salir.
Sotillo había mudado de humor. Estaba un poco indeciso acerca de la conveniencia de mostrarse blando y benigno con los presos, como si dudara de que la blandura fuera oportuna en aquel caso, y observó atentamente al capitán Mitchell, antes de decirle, desde el sillón que estaba junto a la mesa, en tono de condescendencia:
– He resuelto no tenerle a usted detenido por más tiempo. Por naturaleza soy inclinado a perdonar. Me gusta ser indulgente. Pero que lo ocurrido le sirva a usted de escarmiento.
La especial alborada de Sulaco, que parece asomar a gran distancia hacia occidente para deslizarse desde allí con lentitud en las sombras de las montañas, mezcló su tenue claridad con la luz rojiza de las candelas. El Capitán Mitchell, con aire de desprecio e indiferencia, dejó vagar su mirada por la habitación, y luego la fijó con dureza en el doctor, que se hallaba apoyado en el alféizar de una ventana con los ojos bajos y aspecto indiferente, pensativo… o tal vez avergonzado.
Sotillo, medio oculto en el enorme sillón, añadió:
– Me figuré que sus sentimientos de caballero le hubieran dictado a usted una contestación digna y adecuada.
Calló esperando aún recibirla, pero como el capitán Mitchell permaneciera mudo, más por exceso de resentimiento que con intención deliberada, Sotillo vaciló, echó una mirada al doctor, que alzó los ojos y asintió con una inclinación de cabeza, y luego siguió, haciéndose alguna violencia:
– Ahí tiene usted su reloj, señor Mitchell. Aprenda usted a no juzgar con tanta ligereza e injusticia a mis soldados, que son unos verdaderos patriotas.
Echándose atrás en su asiento, alargó el brazo sobre la mesa y empujó el reloj apartándolo de sí suavemente. El capitán Mitchell se acercó con ansia mal disimulada, tomó su cronómetro, y después de aplicárselo al oído, se lo deslizó en el bolsillo con la mayor frescura.
Sotillo parecía haber dominado una inmensa repugnancia. Nuevamente miró de soslayo al doctor, que fijó en él la vista sin pestañear.
Pero, cuando el señor Mitchell se retiraba sin una mirada ni la menor inclinación, añadió al punto:
– Márchese usted y aguarde abajo al señor doctor, a quien también voy a poner en libertad. Para mi, ustedes los extranjeros no son de ninguna importancia.
Dio una breve carcajada, fingida y discordante, y entonces el capitán Mitchell fijó en él los ojos con cierta curiosidad.
– Más tarde los tribunales tomarán nota de sus extralimitaciones -volvió a decir Sotillo de prisa-. Pero, por mi parte, están ustedes libres, sin que se les persiga ni vigile. ¿Lo oye usted, señor Mitchell? Puede usted ir a ocuparse en sus negocios. No tengo por qué pensar en usted. Mi atención se halla solicitada por asuntos de altísima importancia.
El capitán Mitchell se sintió vivamente tentado a contestar. Le indignaba ser despedido con insultos; pero la falta de sueño, las prolongadas inquietudes y el profundo desencanto causado por la pérdida fatal del tesoro oprimían su espíritu. Lo más que pudo hacer fue disimular la intranquilidad que le torturaba, no por sí mismo tal vez, sino por la situación general del país. Percibió con toda claridad que allí se tramaba algo en secreto, y, al salir, no hizo el menor caso del doctor.
– ¡Es un bruto! -dijo Sotillo, en cuanto la puerta se cerró.
El doctor Monygham dejó la poyata de la ventana, y, metiendo las manos en los bolsillos del guardapolvo largo y gris que usaba, dio algunos pasos por el cuarto.
Sotillo se levantó también, y plantándose delante de él, le examinó de pies a cabeza.
– Se ve que sus compatriotas no tienen mucha confianza en usted, señor doctor. Me parece que no les es usted muy simpático, ¿en? ¿Por qué es ello? Es extraño, ¿no?
El doctor, alzando la cabeza, respondió con una larga mirada inexpresiva y las palabras:
– Tal vez porque he vivido demasiado tiempo en Costaguana.
– ¡Ah!, ¡ya! -repuso el coronel en tono alentador, y con una sonrisa que dejó ver su blanca dentadura resaltando sobre la negrura del bigote. -Pero usted se estima a si propio.
– Déjelos usted en paz -añadió el doctor, clavando su yerta mirada en el hermoso rostro de Sotillo- y ellos mismos se harán traición muy pronto. Entre tanto yo intentaría hacer hablar a don Carlos.
– ¡Ah, señor doctor! -dijo Sotillo moviendo la cabeza-. Usted es un hombre que siente crecer la hierba: los dos nos entendemos admirablemente.
Volvióse, dicho esto, no pudiendo soportar por más tiempo la mirada fría y persistente de Monygham, mirada cuyo vacío impenetrable parecía encerrar la negra profundidad de un abismo.
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