Joseph Conrad - Nostromo
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A él fue también a quien acudió Hernández en busca de refugio cuando desertó tres años después. Llevaba puesto aún el uniforme con los galones de sargento en la manga, y no se había lavado la sangre del coronel que le manchaba las manos y el pecho. Tres de los soldados que habían partido en su persecución, con el secreto designio de recobrar la libertad, se le unieron en la huida.
El ranchero prosiguió refiriendo a Carlos Gould cómo él y unos cuantos amigos, al ver a los soldados, se habían emboscado detrás de unas rocas, prontos a hacer fuego sobre ellos, cuando de pronto reconoció a su compadre y salió del escondrijo pronunciando a voces su nombre, porque estaba seguro de que Hernández no podía volver con una misión de injusticia y tiranía. Esos tres soldados, junto con el grupo apostado detrás de las rocas, habían formado el núcleo de la famosa banda; y él mismo, el narrador, había sido el lugarteniente favorito de Hernández por muchos años. Mencionó con orgullo que las autoridades habían puesto también a precio su cabeza, a pesar de lo cual seguía sobre sus hombros cubriéndosele de canas. Y he aquí que había vivido bastante para ver nombrado general a su compadre.
Al decir esto prorrumpió en una risa ahogada.
– Aquí nos tiene usted convertidos ahora de ladrones en soldados. Pero repare usted, caballero, en los que nos han hecho a nosotros soldados y a él general. ¡Repare usted en qué clase de gente son!
Ignacio el cochero voceó avisando a los transeúntes. El resplandor de los faroles del landó, al resbalar sobre los setos de nopal que coronaban los taludes de ambos lados, iluminó los asustados rostros de gente que caminaba por el borde de la ruta. Esta se hundía profundamente en el blando terreno del Campo, al modo de ciertas veredas de la campiña inglesa. A las voces del auriga los caminantes se apartaron; sus ojos muy abiertos brillaron un momento; y luego la luz, siguiendo su avance, cayó sobre la raigambre medio desnuda de un árbol gigantesco, sobre otro trozo de seto de nopal, y sobre un nuevo grupo de caras que se volvían angustiadas hacia el carruaje. Tres mujeres, una con una criatura, y dos hombres en traje de paisano, armados respectivamente con un sable y una escopeta, se apretujaron alrededor de un asno cargado de paquetes envueltos en colchas. Más adelante Ignacio volvió a vocear al encontrase con una carreta, especie de largo cajón de madera montado sobre dos ruedas altas, con una portezuela atrás dando golpes. Las señoras que ocupaban el tosco vehículo debieron reconocer las mulas blancas, porque preguntaron:
– ¿Es usted, doña Emilia ?
En una curva del camino el brillo de una gran hoguera iluminaba un breve trecho de la ruta bajo de una bóveda de ramas entrelazadas.
Cerca del vado de una corriente somera un rancho, construido al lado del camino con zarzos de junco tejido y techo de hierba, se había incendiado por accidente, y las llamas, crepitando con furia, bañaban de claridad un escampado, en el que se apiñaban caballos, mulas y una multitud de gente que daba voces y gritos de terror. Cando Ignacio detuvo el landó, varias señoras que iban a pie asaltaron el carruaje pidiendo a Antonia un asiento. A sus ruegos clamorosos respondió señalándoles silenciosamente a su padre.
– Debo separarme de ustedes aquí -dijo Carlos Gould en medio del alboroto que se había producido con el incendio.
Las llamas se elevaban a gran altura, y la tropa de fugitivos, huyendo del calor de horno que cruzaba el camino, se apretaba contra el carruaje. Una señora de edad media, cuyo vestido negro de seda desentonaba de la tosca manta rodeada a la cabeza y de la rama que le servía de bastón, vaciló contra una de las ruedas delanteras. A sus brazos se asían dos muchachas medrosas y calladas. Carlos Gould las conocía perfectamente.
– ¡Misericordia! -exclamó, dirigiéndose a Gould con una sonrisa forzada-. Vamos terriblemente baqueteadas entre esta turba. Hemos tenido que partir a pie, porque todos nuestros criados huyeron ayer para unirse a los demócratas.
Gruesas masas de humo negro mezclado de chispas pasaban por encima del camino; los bambúes que formaban la armazón del rancho incendiado detonaban en el fuego con el estruendo de una descarga irregular de fusilería. Después, el fulgor de la llama se atenuó repentinamente, dejando sólo una oscuridad rojiza en la que bullían sombras negras, arrastradas en direcciones contrarias; el vocerío se extinguió a la vez que la llama; y el tumulto de cabezas, brazos, disputas e imprecaciones pasó, desvaneciéndose en las tinieblas.
– Sin remedio he de dejarlos a ustedes ahora -repitió Carlos Gould a Antonia, que volvió hacia él la cabeza lentamente y se descubrió el rostro.
El emisario y compadre de Hernández acercó el caballo al carruaje.
– El dueño de la mina ¿tiene algún recado que enviar a Hernández, que es el amo del Campo?
La propiedad de la comparación sorprendió vivamente a Carlos Gould. La tenacidad y precario poder con que él poseía la mina corría parejas con la tozudez e inseguridad del bandido en cuanto al dominio del Campo. Eran iguales ante la anarquía del país. Los contactos envilecedores en que esa anarquía enredaba a los que deseaban proceder honradamente no podían evitarse. Por todas partes se extendía una red tupida de crimen y corrupción. Al pensarlo, un desaliento y lasitud inmensa selló sus labios por algún tiempo.
– Usted es un hombre recto -insistió el emisario de Hernández-. Considere usted a esa gente que ha hecho general a mi compadre y soldados a nosotros. Vea usted a esos señores que buscan su salvación en la huida, sin llevar consigo mas que algunas prendas de vestir a la espalda. Mi compadre no repara en ello, pero mis camaradas tienen tal vez sus dudas; y yo quiero hablarle a usted en su nombre. Oiga señor. Llevamos ahora muchos meses dominando enteramente el Campo. Nosotros no necesitamos pedir nada a nadie; pero los soldados deben tener su paga, para vivir honradamente, cuando las guerras hayan terminado. Se le tiene a usted por tan justo, que una oración de sus labios lograría la curación de todas las bestias enfermas, por ser la plegaria de un juez íntegro y puro. Dígame usted algunas palabras que obren a manera de conjuro mágico sobre las dudas de nuestra partida, donde todos son hombres.
– ¿Oye usted lo que dice? -preguntó Carlos Gould en inglés a Antonia.
– ¡Perdónenos usted tanta miseria! -exclamó ella apresuradamente-. Su reputación de usted es el tesoro inagotable que puede salvarnos a todos aún; su reputación, Carlos, no su riqueza. Le suplico a usted encarecidamente que le dé usted a ese hombre su palabra de que aceptará cualquier arreglo que haga mi tío con su jefe. Una palabra. No necesita más.
Al lado del camino, en el sitio donde se había levantado él rancho de junco y techo de hierba, no quedaba más que un enorme montón de cenizas y brasas; su resplandor rojo oscuro se difundía en un buen espacio alrededor y reflejándose en el rostro de Antonia lo presentaba encendido de excitación. Carlos Gould, después de vacilar breves momentos, hizo la promesa que se le pedía. Hallóse ahora en la situación de un hombre que se ha aventurado a seguir una vereda peligrosa bordeando precipicios sin poder retroceder, y sin esperanza de salvación a no seguir adelante. Lo comprendió perfectamente al fijar la mirada en don José, que yacía tendido, respirando apenas, junto a la altiva Antonia, vencido tras de luchar toda su vida con los poderes de las tinieblas de la inmoralidad, en las que se engendran los crímenes monstruosos y las monstruosas ilusiones. El emisario de Hernández expresó en breves palabras su satisfacción. Antonia se echó de nuevo el velo, resistiendo estoicamente al ansia de preguntar por la huida de Decoud.
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