Joseph Conrad - Nostromo

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Aun en el hombre más desprovisto de sentido moral queda la facultad de percibir el encanallamiento, y aunque el concepto del mismo sea convencional, eso no impide que se presente del todo claro. Sotillo creía que el doctor, tan diferente de todos los europeos, estaba pronto a vender a sus compatriotas y a Carlos Gould, su principal, por alguna parte de la plata de la mina. El coronel no le despreciaba por eso: la falta de rectitud moral de Sotillo era ingenua y tenía raíces en el fondo mismo de su carácter; tocaba las lindes de la estupidez, de la estupidez moral que no discierne entre lo honrado y lo indigno. Nada de lo que pudiera servir a la realización de sus designios le parecía realmente censurable.

A pesar de eso, despreciaba a Monygham, teniéndole en un concepto menguadísimo, que servía de halago a su amor propio. Le despreciaba en el fondo de su corazón, porque pensaba privarle de toda recompensa. La comprensión honda que poseía el doctor del carácter de Sotillo le permitió engañarle enteramente y hacer que le tuviera por tonto.

Desde que desembarcó en Sulaco, las ideas del coronel se habían modificado mucho. Ya no aspiraba a conquistarse un puesto político en el gobierno de Montero. El proyecto le había parecido siempre dudoso y aventurado. No bien tuvo noticia por el jefe de ingenieros de que probablemente el día próximo se vería frente a Pedro Montero, sus temores sobre el particular se habían aumentado en gran manera. El guerrillero, hermano del general - El Pedrito , como el pueblo le llamaba-, gozaba de una reputación especial, y era peligroso chocar con él. Sotillo había concebido de una manera vaga el plan de apoderarse no sólo del tesoro, sino también de la ciudad, y entrar luego en negociaciones con Pedrito, procediendo con toda calma. Pero en presencia de los hechos revelados por el ingeniero, que con toda franqueza le había expuesto la situación entera, su audacia, nunca impetuosa, había sido reemplazada por una vacilación prudente.

– Tenemos un ejército, todo un ejército que ha transpuesto ya la cordillera a las órdenes de Pedrito -repetía, no pudiendo ocultar su consternación-. Si la noticia no me hubiera sido dada por un hombre de la posición de usted, no lo habría creído. ¡Es asombroso!

– Y no un ejército como quiera -había corregido el ingeniero en tono suave-, sino perfectamente armado.

Con esto el primer ingeniero logró su fin, que era el conservar a Sulaco por algunas horas libre de toda ocupación brutal por gente armada, como la acaudillada por Sotillo, permitiendo así que huyeran de la ciudad los amenazados de vejaciones y represalias. En medio del desaliento general hubo familias que concibieron esperanzas de escapar por el camino de Los Hatos, enteramente libre ahora por haber salido el populacho armado, con los señores Fuentes y Camacho a la cabeza, hacia Rincón, a recibir con gran entusiasmo a Pedro Montero.

Así y todo, el éxodo de las familias que se decidieron a partir hubo de ser precipitado y peligroso; pero se dijo que Hernández, apostado con su banda en los bosques próximos a Los Hatos, recibía a los fugitivos. El jefe de ingenieros sabía que muchos habían emprendido la fuga con intención de unirse a Hernández.

Los esfuerzos del Padre Corbelán a favor de este bandolero arrepentido no habían sido del todo estériles. El jefe político de Sulaco había cedido, por último, a las apremiantes instancias del Padre, extendiendo un documento provisional en el que nombraba general a Hernández y le encargaba oficialmente mantener el orden en la ciudad. El hecho es que el funcionario, comprendiendo que la situación era desesperada, no puso gran atención en lo que hacía al conceder tal nombramiento. Fue el último documento oficial que firmó antes de dejar el palacio de la Intendencia para refugiarse en las oficinas de la Compañía O.S.N.

Pero aun cuando hubiera tenido intención de que aquel acto de gobierno surtiera plenamente sus efectos, era ya demasiado tarde. El tumulto popular que temía y esperaba había estallado a la media hora escasa de la partida del Padre Corbelán. Éste, que tenía citado a Nostromo para una entrevista en el Convento de Dominicos, donde residía en una celda, no pudo llegar al sitio de la cita. Desde la Intendencia había ido directamente a casa de Avellanos para avisar a su cuñado de lo que ocurría, y, a pesar de haberse detenido sólo media hora, halló cortado el camino a su ascético retiro. Nostromo, tras de aguardar allí por algún tiempo observando intranquilo el creciente alboroto de las calles, había logrado colarse en las oficinas de El Porvenir y permanecido allí hasta el amanecer, según hemos visto en la carta de Decoud a su hermana. De esta suerte avino que el capataz, en vez de marchar a caballo a los bosques de Los Hatos, llevando el nombramiento de Hernández, se quedó en la ciudad, donde salvó la vida al Presidente Dictador, ayudó a reprimir los desmanes de las turbas, y al fin se embarcó con la plata de la mina.

Pero el padre Corbelán, que logró escapar y unirse a Hernández, tenía en el bolsillo el decreto que elevaba a capitán general a un bandido en un memorable y postrer acto oficial del partido riverista, cuya consigna y lema eran: honradez, paz y progreso. Probablemente ni el sacerdote ni el bandido notaron la ironía del hecho. Sin duda el padre halló modo de enviar mensajeros a la ciudad, porque a primera hora del segundo día de disturbios corrieron rumores de que Hernández se encontraba en el camino de Los Hatos, dispuesto a recibir a los que se pusieran bajo su protección.

Un jinete de extraño aspecto, viejo, pero fuerte y audaz, se había presentado en Sulaco, cabalgando despacio, mientras sus ojos examinaban las fachadas de las casas, como si en su vida hubiera visto edificios tan altos. Se había apeado delante de la catedral; y, de rodillas en medio de la plaza con la brida en el brazo y el sombrero en el suelo, la cabeza inclinada, se había santiguado y dádose golpes de pecho de cuando en cuando. Después de montar de nuevo y echar alrededor una mirada intrépida, pero amistosa, al pequeño grupo atraído por sus devociones públicas, había preguntado por la casa Avellanos. Una veintena de manos se habían alargado en respuesta apuntando a la calle de la Constitución.

El jinete había seguido su camino, sin dedicar más que una mirada de curiosidad distraída a las ventanas del Club Amarillo, situado en el rincón de la plaza. Su voz estentórea resonaba periódicamente en la calle desierta:

– ¿Cuál es la casa Avellanos?

Un portero medroso contestó al fin "ésta", y desapareció en la sombra de la puerta. La carta, traída por el jinete, escrita en lápiz junto a la hoguera del campamento de Hernández, iba dirigida a don José, cuyo estado crítico no conocía el sacerdote. Antonia la leyó, y después de consultar a Carlos Gould, la envió a los señores que defendían el Club Amarillo para enterarles de los proyectos del padre. La joven había tomado su resolución: partiría a reunirse con su tío, y confiaría el último día -las últimas horas tal vez- de la vida de su padre al cuidado del bandido, cuya existencia era una protesta viva contra la tiranía irresponsable de todos los partidos por igual y contra la ausencia absoluta de moralidad en el país. Preferible era la selvatiquez sombría de los bosques de Los Hatos; una vida de azares y penalidades en pos de una tropa de bandidos le parecía menos degradante. Antonia se unía con toda su alma al reto obstinado que su tío lanzaba a la fortuna adversa; y para ello se fundaba en la confianza puesta en el hombre a quien amaba.

En su misiva el vicario general respondía con su cabeza de la fidelidad de Hernández, y en cuanto al poder de éste, cumplidamente lo demostraban los muchos años que había permanecido en lucha con las tropas del gobierno. Luego exponía la idea de Decoud de constituir un Estado Occidental, haciéndola pública por primera vez y utilizándola como argumento anticipado. (El florecimiento y estabilidad de ese nuevo Estado son generalmente conocidos hoy).

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