Joseph Conrad - Nostromo
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Ignacio soslayó una ojeada triste y refunfuñó:
– Mire usted bien las mulas, mi amo. No las volverá usted a ver más.
Capítulo IV
Carlos Gould dio la vuelta en dirección a la ciudad. Ante él los dentados picos de la Sierra resaltaban en negra silueta sobre el fondo claro de la alborada. Aquí y allá un vagabundo embozado torcía apresurado la esquina de una calle cubierta de hierba, al oír el martilleo de los cascos del caballo. Los perros ladraban detrás de las cercas de los huertos; y el frío de las nieves parecía descender con la luz incolora desde las montañas sobre los desunidos enlosados y las casas enteramente cerradas, con sus rotas cornisas y revoque descascarillado a trechos entre las pilastras planas de las fachadas. La claridad del amanecer luchaba con la sombra bajo de las arcadas de la plaza, sin que hubiera muestras de que los campesinos prepararan para el mercado del día sus montones de fruta, haces de hortalizas, adornadas de flores en bancos enanos protegidos por enormes parasoles de esterilla. Faltaba el alegre bullicio matinal de aldeanos, mujeres, chiquillos y borricos cargados. Sólo unos cuantos grupos de revolucionarios permanecían dispersos en el vasto espacio, mirando todos al mismo sitio, al amparo de sus sombreros echados sobre los ojos, esperando que asomara algún mensajero procedente de Rincón. El mayor de esos grupos se volvió como un solo hombre al pasar Carlos Gould y gritó a su espalda en tono amenazador: "¡Viva la libertad!"
Carlos Gould siguió su camino y penetró en el portal de su casa. En el patio, cubierto de paja, un practicante de los enfermeros indígenas del doctor Monygham, sentado en el suelo con la espalda apoyada en el borde de la fuente, punteaba discretamente una guitarra, mientras dos muchachas de la ínfima clase, erguidas ante él, zapateaban con suavidad, y balanceaban los brazos tarareando una canción popular. La mayoría de los heridos en los dos días de revuelta había sido retirada ya por sus amigos y parientes, pero veíanse todavía algunos que se habían incorporado y movían sus cabezas vendadas al compás de la música. Carlos Gould se apeó. Un mozo, medio dormido, saliendo de la panadería, tomó la brida del caballo; el practicante procuró ocultar a toda prisa la guitarra; las muchachas sin avergonzarse, retrocedieron un poco sonriendo; y Carlos Gould, al encaminarse a la escalera, volvió los ojos a un rincón oscuro del patio y los fijó en otro grupo formado por un cargador mortalmente herido y una mujer arrodillada a su lado, que rezaba apresuradamente, mientras se esforzaba por introducir ente los rígidos labios del moribundo un trocito de naranja.
La cruel inutilidad de todo se revelaba en la ligereza y padecimientos de aquel pueblo incorregible; allí se patentizaba el estéril sacrificio de tantas vidas al vano empeño de obtener una solución duradera del problema. Carlos Gould, a diferencia de Decoud, era incapaz de desempeñar con burlona indiferencia su papel en una farsa trágica. Tenía conciencia clara de la tragedia, pero no acertaba a ver el elemento cómico. La convicción de que estaba luchando con una locura irremediable le torturaba lo indecible. Su carácter, a un tiempo demasiado práctico y demasiado idealista, no le permitía tomar a broma los terribles caprichos de la absurda insensatez revolucionaria. Martín Decoud, el materialista imaginativo, podía hacerlo, porque contemplaba los hechos a la luz de su insensible escepticismo. Para Gould, como para todos nosotros, la evidencia del fracaso hacía aparecer, en toda su deformidad, las transacciones con inmoralidades rechazadas por su conciencia. La taciturnidad en que de propósito se había encerrado le había librado muchas veces de tener que manifestar lo contrario de lo que sentía; pero, así y todo, la Concesión Gould había corrompido insidiosamente su integridad y extraviado su juicio. Podía haber previsto -se decía a sí mismo, apoyado sobre la balaustrada del corredor- que el riverismo no conduciría a ningún resultado positivo. La mina había destruido su rectitud hartándole de sobornos y de intrigas, sólo para que le dejaran proseguir su trabajo de un día a otro. Esto le producía profunda indignación, porque le disgustaba, como a su padre, ser robado.
Aparte otras consideraciones más elevadas, se había persuadido de que era un buen negocio apoyar las esperanzas reformistas de don José, y se había metido en una insensata contienda; como su pobre tío, cuya espada pendía de la pared de su estudio, se había comprometido, también lanzándose a defender con las armas las conveniencias más vulgares de toda sociedad organizada. La diferencia estaba en que su arma era la riqueza de la mina, más eficaz y sutil que cualquier honrada hoja de acero sujeta a una sencilla empuñadura de bronce. Pero también más peligrosa para el que la maneja esta arma de la riqueza, a la que la codicia y miseria de los hombres proveen de doble filo, empapada en todos los vicios de viles complacencias como en una decocción de raíces venenosas, arma que infama a la misma causa por que se desnuda, siempre pronta a girar torpemente en la mano.
Contra lo que en cierta ocasión había manifestado a su esposa, ahora veía que en resumidas cuentas, con su linaje y educación ingleses, era un aventurero en Costaguana, el descendiente de aventureros alistados en una legión extranjera, de hombres que habían buscado su fortuna en una guerra revolucionaria, que habían planteado revoluciones y puesto su fe en ellas. A pesar de toda la rectitud de su carácter, tenía algo de la fácil moralidad, de la ancha conciencia del aventurero, que en la apreciación moral de sus acciones toma en cuenta el riesgo personal.
Estaba preparado, si era necesario, para volar la montaña entera de Santo Tomé, barriéndola del territorio de la República. Esta resolución significaba muchas cosas: la tenacidad de su carácter; el remordimiento de aquella sutil infidelidad conyugal, por la que la mujer elegida para acompañarle en la vida no era la única dueña de sus pensamientos; y además algo de la debilidad imaginativa de su padre con un poco también del filibustero que arroja un fósforo encendido a la santabárbara antes que rendir el barco.
Abajo en el patio el cargador herido había exhalado el último aliento. La mujer profirió en aquel instante un grito repentino y penetrante que hizo incorporarse a todos los heridos. El enfermero se levantó de pronto y, guitarra en mano, miró fijamente con las cejas levantadas en la dirección de donde había salido el lamento. Las dos muchachas, sentadas una a cada lado de sus respectivos parientes, con las rodillas tocando la barba y largos cigarros en los labios, se hicieron significativas señales con la cabeza.
Carlos Gould, que seguía mirando desde la balaustrada, vio entrar en el patio por la puerta de la calle a tres hombres, vestidos ceremoniosamente con negras levitas, blancas pecheras y sombreros redondos a la europea. Uno de ellos, más alto que los otros dos de los hombros arriba, avanzaba con solemne gravedad abriendo la marcha. Era don Justo López acompañado de dos amigos, miembros de la Asamblea provincial, que venía a hora tan temprana a visitar al administrador de la mina de Santo Tomé. Al verle, le indicaron con un gesto de la mano que se trataba de algo urgente, y subieron las escaleras, como en procesión.
Don Justo, asombrosamente cambiado por la rasura total de su barba estropeada, había perdido las nueve décimas partes de su aparatosa dignidad. Aun en aquel trance de graves inquietudes, Carlos Gould no pudo menos de notar la ineptitud que se revelaba en el aspecto del hombre. Sus compañeros parecían abatidos y somnolientos: uno pasaba sin cesar la lengua por sus labios resecos; el otro dejaba errar la mirada entristecida por el piso embaldosado del corredor, mientras don Justo, un poco delante, pronunciaba su discurso ante el señor administrador.
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