Joseph Conrad - Nostromo

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Y el doctor Monygham, después de haberse tambaleado, continuó su camino. Avanzaba un palo, luego un pie lisiado, después el otro palo; seguía el pie del lado opuesto, sólo a muy corta distancia y penosamente, como si la pesadez le impidiera casi moverle; y además sus piernas, bajo de las esquinas colgantes del poncho, no parecían más gruesas que los palos de que se servía. Un temblor incesante agitaba su cuerpo encorvado, sus miembros enflaquecidos, su cabeza huesuda, la copa cónica y desgarrada del sombrero, cuya ala anchurosa le cubría los hombros.

En tales condiciones de porte y atavío salió el doctor Monygham a tomar posesión de su libertad. Y esas condiciones parecieron atarle indisolublemente al país de Costaguana, a modo de un terrible procedimiento de naturalización que le incorporaba íntimamente a la vida de la República, con una intimidad mayor que cualesquiera triunfos y honores.

Ellas mataron el europeísmo del doctor Monygham, porque éste se formó un concepto ideal de su desgracia, concepto eminentemente adecuado y propio de un oficial de ejército y un caballero. Lo había sido el doctor en su país, donde desempeñó el empleo de cirujano en un regimiento de infantería del ejército inglés.

La idea que el doctor se formó de la situación a que le habían reducido los acontecimientos no se fundaba en hechos fisiológicos, ni en argumentos razonables, pero, así y todo, no pecaba de absurda. Era sencilla y nada más. Lo es necesariamente toda norma de conducta, que se funda principalmente en renuncias y abnegaciones severas. Y la opinión del doctor Monygham sobre lo que le cumplía hacer se inspiraba en la severidad; su falta de acoplamiento con la realidad nacía de ser una exageración imaginativa de un sentimiento legítimo. Además en su virtualidad, influencia y constancia, era la opinión de una naturaleza eminentemente leal.

Existía un gran fondo de lealtad en la naturaleza del doctor Monygham; y la había consagrado por entero a la señora de Gould, creyéndola digna de todos los sacrificios. En el fondo de su corazón se sentía inquieto e irritado ante la prosperidad de la mina de Santo Tomé, porque su creciente importancia robaba a la señora toda la paz de su alma. Costaguana no era lugar adecuado para una mujer de sus prendas de carácter. ¿En que pensaría Carlos Gould cuando la llevó allí? ¡Era una locura!

Y el doctor había observado la marcha de los sucesos con el callado y sombrío retraimiento que, según se imaginaba, le imponía su lamentable historia.

La leal estimación que tributaba a la señora de Gould no podía, sin embargo de todo, perder de vista la seguridad de su esposo. El doctor había logrado hallarse en la ciudad al llegar el momento crítico, porque desconfiaba de Carlos Gould. Le veía irremediablemente inficionado de la locura revolucionaria. Por eso se paseó tan inquieto y acongojado en el salón de la casa Gould aquella mañana, exclamando: "¡Decoud! ¡Decoud!" en tono triste e indignado.

La señora de Gould, con el semblante encendido y los ojos brillantes, permanecía mirando fijamente ante ella, absorta en la contemplación del repentino y enorme desastre. Una de sus manos apoyaba ligeramente las puntas de los dedos en una mesilla baja, situada a su lado, y el brazo temblaba todo hasta el hombro.

El sol, que tarda en mostrar su disco sobre Sulaco, saliendo con toda la plenitud de su fuerza, a gran altura, por detrás de la nevada y deslumbradora cumbre del Higuerota, había ahuyentado la suave y delicada claridad gris perla en que yace envuelta la ciudad durante las primeras horas, y proyectaba masas recortadas de negra sombra y espacios de resplandor deslumbrante y ardiente. Tres largos rectángulos de luz solar se tendían por el interior de la sala, penetrando por las ventanas; mientras, en el lado opuesto de la calle, la fachada de la casa de Avellanos se mostraba enlutada por una sombra negra vista al través de la luz.

Una voz preguntó a la puerta:

– ¿Qué hay de Decoud?

Era Carlos Gould. No le habían oído venir por el corredor. Su mirada no hizo más que resbalar sobre su mujer y se fijó de lleno en Monygham.

– ¿Ha traído usted algunas noticias, doctor?

El interrogado soltó abruptamente todo lo que sabía. Después de hacerlo, el administrador de la mina de Santo Tomé se le quedó mirando algún tiempo sin hablar una palabra. La señora de Gould se dejó caer en una silla baja con las manos descansando en el regazo. Los tres permanecieron inmóviles y silenciosos. Carlos Gould rompió el silencio:

– Usted necesitará tomar algún desayuno.

Y se apartó para dejar que pasara primero su mujer: ésta le tomó la mano y se la apretó al salir, llevándose el pañuelo a los ojos. La vista de su esposo le había traído a la memoria la situación de Antonia, y no pudo contener sus lágrimas al pensar en la pobre muchacha. Cuando volvió a reunirse con los dos hombres en el comedor, Carlos Gould estaba diciendo al doctor, sentado a la mesa frente a él:

– No, parece que no cabe duda alguna.

El otro asintió.

– Tampoco yo veo cómo podemos poner en tela de juicio el relato de ese desgraciado Hirsch. Lo que temo es que sea demasiado cierto.

Emilia se sentó desolada a la cabecera de la mesa y pasaba la mirada de uno a otro, mientras éstos procuraban no encontrarla, sin volver la cabeza. El doctor hizo ostentación de tener hambre; tomó el cuchillo y el tenedor, y empezó a comer con gran aparato, como si estuviera representando el papel de convidado famélico. Carlos Gould no fingió nada parecido; con los dos codos muy separados del cuerpo en línea horizontal, se retorcía las puntas de sus llameantes bigotes, los cuales eran tan largos que sus manos se apartaban enteramente del rostro.

– No me sorprende -murmuró, dejando los bigotes y poniendo un brazo sobre el respaldo de su silla.

Su semblante estaba tranquilo con esa inmovilidad de expresión que denuncia la intensidad de una lucha mental. Comprendió que la pérdida de la gabarra en aquellas circunstancias hacía entrar en juego todas las consecuencias derivadas de la conducta que venía observando con todas sus intenciones conscientes y subconscientes. Ahora había que poner término a su reserva silenciosa y al aire de impenetrabilidad con que había procurado poner a salvo su dignidad. Era la forma menos innoble de disimulo, impuesta por aquella parodia de instituciones civilizadas que ofendían su inteligencia, su rectitud y sus ideas de justicia. Era como su padre. Carecía de la facultad de percibir el lado irónico de los hechos. No excitaban su hilaridad los absurdos que prevalecen en el mundo; antes al contrario le ofendían en su innata gravedad. Notó que la desdichada muerte del pobre Decoud le despojaba de su posición inaccesible como fuerza que actuaba retirada en el fondo. Al presente estaba francamente comprometido, a no ser que resolviera abandonar la lucha… y eso era imposible. Los intereses materiales le demandaban el sacrificio de su aislamiento, y acaso el de su misma seguridad. Y consideró que el plan separatista de Decoud no se había ido a pique con la plata perdida.

Lo único que no había cambiado era su situación respecto de mister Holroyd. El rey de la plata y el acero había entrado en los negocios de Costaguana con una especie de apasionamiento. Costaguana se había convertido en una necesidad de su vida; en la mina de Santo Tomé había hallado los solaces espirituales que otros obtienen de un drama, del arte o de algún deporte arriesgado y fascinador. Era una forma especial de la extravagancia del grande hombre, sancionada por una intención moral, bastante poderosa para halagar su vanidad. Aun esa aberración de su genio cooperaba al progreso del mundo.

Carlos Gould estaba seguro de ser comprendido con exactitud y juzgado con la indulgencia de su común apasionamiento. Nada podía sorprender ni sobresaltar ahora al grande hombre. Y Carlos Gould se imaginó a sí propio escribiendo una carta a San Francisco en estos o parecidos términos: "…Los directores del movimiento han muerto o huido; la organización civil de la provincia ha terminado por ahora; el partido blanco de Sulaco se ha hundido ignominiosamente, pero en la forma característica de este país. Sin embargo de eso, Barrios, intacto en Cayta, sigue siendo una fuerza utilizable. Me veo forzado a apoyar abiertamente el plan de una revolución provincial, como único medio de colocar los enormes intereses materiales, dependientes de la prosperidad y paz de Sulaco, en una situación de seguridad permanente…" Esto era claro. Vio estas palabras como si estuvieran escritas con caracteres de fuego en la pared donde fijaba, abstraído, la vista.

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