Joseph Conrad - Nostromo

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Su esposa observaba con miedo aquella abstracción, fenómeno doméstico temeroso que le ensombrecía y helaba la casa, como una nube tempestuosa al pasar por delante del sol. Los accesos de abstracción de Carlos Gould reflejaban la concentración intensa de una voluntad acosada por una idea. Un hombre obsesionado por una idea fija es un loco, y, como tal, peligroso, aun cuando esa idea sea la de justicia. Porque ¿no puede una ofuscación engañosa hacer hundirse implacable el cielo sobre una cabeza amada? Los ojos de la señora de Gould contemplaron el perfil de su marido, llenándose otra vez de lágrimas. Y otra vez creyó ser testigo de la desesperación en que se hallaría sumida la infortunada Antonia… "¿Qué hubiera hecho yo si Carlitos se hubiera ahogado, mientras estábamos en vísperas de casarnos?", se preguntaba mentalmente con horror. Un frío de hielo invadió su corazón, y al mismo tiempo sus mejillas se encendieron como tostadas por el fuego de una pira funeraria que consumiera todas sus afecciones terrenas. Las lágrimas brotaron de sus ojos.

– ¡Antonia se matará!-exclamó.

Este grito cayó en el silencio de la habitación sin causar efecto notable. Únicamente el doctor, que desmigaba un trocito de pan, con la cabeza inclinada a un lado, levantó la cara, y los ralos pelos largos que sobresalían en sus espesas cejas se movieron en un leve fruncido. Monygham creía con toda sinceridad que Decoud era especialmente indigno de ser amado por ninguna mujer. Luego volvió a bajar la cabeza con una desdeñosa contracción del labio; y su corazón se llenó de tierna admiración de la señora de Gould.

– Piensa en esa joven -se decía a sí mismo-; piensa en las hijas de Viola; piensa en mí, piensa en los heridos, en los mineros; piensa siempre en todos los pobres y desgraciados… Pero ¿qué hará si Carlos Gould sale vencido en ese jaleo infernal a que le ha arrastrado el maldito Avellanos? ¡Pobre Emilia! Nadie parece pensar en ella.

Carlos Gould proseguía sus reflexiones sutiles, mirando de hito en hito a la pared. "Escribiré a Holroyd que la mina de Santo Tomé posee la fuerza necesaria para emprender la formación de un nuevo Estado. La idea le agradará, induciéndole a correr el riesgo".

Pero Barrios ¿serviría para el caso? Pudiera ser. Con todo, no había modo de comunicar con él. El despacho de un bote a Cayta era imposible desde que Sotillo se había apoderado del puerto, disponiendo además de un vapor. Y ahora, con el levantamiento de todos los demócratas de la provincia y la perturbación de la gente del Campo, ¿dónde hallar un hombre que fuera capaz de abrirse camino por tierra hasta Cayta para llevar un mensaje, teniendo que cabalgar durante diez días al menos? ¿Un hombre de valor y resolución, bastante sagaz y animoso para escapar al arresto y al asesinato, y para tragarse el documento comprometedor en el caso de ser detenido? El capataz de cargadores había dejado de existir.

Y Carlos Gould, apartando la mirada de la pared, dijo en voz baja:

– ¡Ese Hirsch! ¡Qué ocurrencia más extraordinaria! ¡Salvarse agarrado al áncora! ¿No fue así? Yo no tenía idea de que continuara en Sulaco. Me figuraba que habría vuelto por tierra a Esmeralda hace más de ocho días. Vino aquí una vez a hablarme sobre su negocio de pieles y algunas otras cosas. Yo le manifesté con toda claridad que no se podía hacer nada.

– Temió emprender el viaje de regreso a causa de andar Hernández por los alrededores -comentó el doctor.

– Y el caso es que, a no ser por el tal Hirsch, no hubiéramos podido saber nada de lo ocurrido -repuso Gould con expresión de asombro.

Emilia exclamó:

– Es preciso que Antonia lo ignore. No debe decírsele una palabra. Ahora menos que nunca.

– No es probable que nadie lleve la noticia -dijo el doctor. -A nadie le interesa. Además, la gente de aquí teme a Hernández como al diablo. Y aun es un negocio embarazoso, porque si usted quisiera comunicar con los refugiados, no hallaría mensajero. Cuando Hernández merodeaba a cien millas de distancia, la plebe de Sulaco temblaba de horror al oír las historias de los que había quemado vivos.

– Sí -murmuro Carlos Gould-; el capataz del señor Mitchell era el único hombre de la ciudad que se hubiera visto con Hernández frente a frente. El Padre Corbelán se valió de él para iniciar las comunicaciones. Es una lástima que…

Su voz quedó ahogada por el solemne tañido del bordón de la catedral. Tres campanadas estallaron, una tras otra, con la violencia de detonaciones, extinguiéndose lentamente en profundas y dulces resonancias.

Y a continuación todas las campanas de cada iglesia, convento o capilla de la ciudad, aun de los que llevaban años cerrados, rompieron a repicar a un tiempo con furia. En aquella violenta inundación de estruendo metálico había un poder de lucha y violencia que hizo palidecer el semblante de la señora de Gould. Basilio, que estaba sirviendo la mesa, acobardado y encogido, se asió al aparador castañeándole los dientes. El ruido no permitía oír lo que se hablaba.

– ¡Cierra esas ventanas! -gritó con ira Carlos Gould al criado. Todos los de la casa, aterrados por lo que creían señal de una matanza general, hombres y mujeres, la población oscura y de ordinario invisible, alojada en los cuatro lados de la planta baja del patio, se lanzaron escaleras arriba, tropezando y cayendo unos sobre otros. Las mujeres, clamando " Misericordia ", irrumpieron derechamente en el salón, y, cayendo de rodillas junto a las paredes, empezaron a santiguarse convulsivamente. En un instante se amontonaron a la puerta en bloque hombres de semblante azorado -mozos de cuadra, jardineros, ayudantes incalificados que vivían de las migajas de la opulenta casa- y Carlos Gould tuvo a toda la numerosa servidumbre doméstica, hasta el portero. Era éste un viejo medio paralítico, cuyas largas greñas le caían sobre los hombros: un legado de la piedad familiar recibido por Carlos Gould. El anciano conservaba el recuerdo de Enrique Gould, inglés y costaguanero de la segunda generación, gobernador de la provincia de Sulaco; le había servido personalmente años y años en la paz y en la guerra; se le había permitido asistirle en la cárcel; le había seguido en la mañana fatal, tras el piquete ejecutor, y atisbando medio oculto junto a uno de los cipreses que crecen a lo largo de la pared del convento franciscano, había visto, con los ojos saliéndosele de las órbitas, a don Enrique levantar los brazos y caer de bruces sobre el polvo. Carlos Gould notó particularmente la cabezota patriarcal de aquel testigo detrás de los otros sirvientes. Pero se sorprendió de descubrir una o dos viejas arrugadas con aspecto de brujas, de cuya existencia dentro de los muros de su casa no tenía noticia. Debían ser las madres o abuelas de algunos criados. Había también algunos niños, más o menos desnudos, que lloraban y se prendían a las piernas de sus padres. Jamás había advertido hasta entonces ninguna señal de criaturas en su patio. Hasta Leonarda, la camarera, llegó asustada, abriéndose paso a empujones, con semblante serio y hosco de doncella predilecta, con las hijas de Viola cogidas de la mano. La vajilla de porcelana vibraba en la mesa y en el aparador, y toda la casa parecía balancearse en una ola ensordecedora de sonido.

Cap ítulo V

Durante la noche el populacho que aguardaba a Pedrito Montero se había apoderado de todos los campanarios de la ciudad para saludar la entrada del famoso guerrillero después de haber dormido en Rincón. Por la puerta que daba al Campo entró en primer lugar una turba con armas, formada por tipos de todos los colores, cataduras, corpulencias y estados de andrajosidad, turba que se daba a sí propia el nombre de Guardia Nacional de Sulaco y marchaba a las órdenes del señor Camacho. Por medio de la calle avanzaba, como un torrente de desperdicios, una masa de sombreros de paja, ponchos, cañones de escopeta, con una enorme bandera verde y amarilla ondeando en el centro, entre una nube de polvo y al furioso batir de tambores. Los espectadores se apretujaban contra las paredes de las casas y vociferaban sus ¡Vivas!. Detrás de la chusma se veían las lanzas de la caballería, el "ejército" de Pedro Montero. Éste avanzaba, entre los señores Fuentes y Camacho, a la cabeza de sus llaneros, que habían ejecutado la hazaña de cruzar los páramos del Higuerota a través de una tempestad de nieve. Cabalgaban de cuatro en fondo, montando los caballos que habían confiscado en el Campo, vestidos con las ropas heterogéneas robadas apresuradamente en su rápida travesía por la parte septentrional de la provincia; porque Pedro Montero tenía gran prisa por ocupar a Sulaco. Los pañuelos, anudados flojamente alrededor de sus gargantas desnudas, lucían su brillo y flamantes colores; y todas las mangas derechas de sus camisas de algodón habían sido cortadas por cerca del hombro para mayor libertad en arrojar el lazo. Figuras de rostro emaciado y barba gris aparecían junto a otras jóvenes, enjutas y curtidas, mostrando señales de la ruda vida de la campiña, con tiras de carne cruda arrolladas a las copas sus sombreros y grandes espuelas de hierro sujetas a sus talones desnudos.

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