Joseph Conrad - Nostromo
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– En ese ascendiente tiene toda su fortuna -musitó el doctor con acrimonia.
– El hombre ha demostrado cumplidamente su fidelidad en innumerables ocasiones y en todas las formas -arguyó el ingeniero. – Cuando se ofreció la cuestión del traslado de la plata, el capitán Mitchell sostuvo con calor su opinión de que Nostromo era el único a propósito para el empeño. Como marinero, desde luego lo doy por supuesto. Pero como hombre, ¿sabe usted?, Gould, Decoud y mi persona creímos que podría valer otro cualquiera. Un barquero hubiera servido igualmente para el caso. Porque, reflexione usted, ¿qué habría de hacer un ladrón con tan enorme cantidad de lingotes? Si huía con ellos, al fin tendría que desembarcar en alguna parte. Y ¿cómo podría evitar que la gente de la costa se enterara de la clase de carga transportada? Desechamos, por tanto, esa consideración. Además iba también Decoud. Otras veces se habían dado al capataz encargos de mayor compromiso.
– "Pues él miraba el asunto de un modo algo diferente -replicó el doctor. -En esta misma habitación le oí decir que sería la aventura más desesperada de su vida. Hizo una especie de testamento verbal, aquí, en mi presencia, nombrando ejecutor de su última voluntad al viejo Viola; y ¡pardiez!, su fidelidad a ustedes, las honradas personas del ferrocarril y del puerto, ¿sabe usted?, no le ha sacado de su pobreza. Supongo que obtendrá alguna compensación… ¿cómo lo dice usted?… algún valor espiritual por sus trabajos, pues en caso contrario, no comprendo por qué ha de serle fiel a usted, ni a Gould, ni a Mitchell ni a nadie.
"Conoce bien el país. Sabe, por ejemplo, que Camacho, el diputado por Javira, no ha sido más que un tramposo de lo más vulgar, un tenderillo ambulante del Campo, hasta que logró obtener de Anzani géneros fiados para abrir un comercio en el interior y hacerse votar por los mozos borrachos de las estancias y los rancheros más pobres, que le debían algo. Y Camacho, que mañana será probablemente uno de nuestros ministros, pertenece también a la clase de los extranjeros -de los isleños. Pudo haber sido un cargador en el muelle de la O.S.N., a no tropezarse con el inconveniente de su mala fama, pues, según está dispuesto a jurarlo el posadero de Rincón, había asesinado en los bosques a un vendedor ambulante para robarle su pacotilla y empezar a vivir. ¿Cree usted que Camacho entonces hubiera llegado a ser un héroe ante la democracia de este país como nuestro capataz? Evidentemente no. Está muy lejos de valer la mitad que él. Decididamente creo que Nostromo es un tonto."
La charla acre de Monygham le desagradaba al constructor de ferrocarriles.
No creo posible que nos pongamos de acuerdo en esta discusión -repuso filosóficamente. -Cada hombre tiene sus dotes. Había usted de haber oído a Camacho arengar desde una casa a sus partidarios que estabas en la calle. Posee una voz de trueno, y vociferaba como loco, levantando el puño cerrado por encima de su cabeza y echando adelante la mitad del cuerpo, como si fuera a tirarse por la ventana. Y a cada pausa, la turba aullaba " ¡Abajo los oligarcas!, ¡Viva la libertad!" Fuentes, que estaba dentro, tenía una cara que daba lástima. Como usted no ignora, es el hermano de Jorge Fuentes, que años atrás desempeñó la cartera de ministro del Interior unos seis meses. Por supuesto, no tiene conciencia, pero es un hombre instruido y de buena familia; en cierta época estuvo al frente de la aduana de Cayta. El bruto y estúpido Camacho le obligó a unirse con él y con la gentuza que acaudilla, toda de la peor ralea. El temor enfermizo que le inspiraba ese bandido era el espectáculo más cómico que cabe imaginar.
Se levantó y fue a la puerta para echar una mirada al puerto.
– Todo tranquilo -dijo. -Me ocurre la duda de si realmente Sotillo tendrá intención de volver aquí.
Capítulo II
El capitán Mitchell, que paseaba por el muelle, se hacía la misma pregunta. Había un punto oscuro respecto de la venida de Sotillo y era si el aviso del telegrafista de Esmeralda -despacho fragmentario e interrumpido- habría sido bien interpretado. Sin embargo, el bueno del administrador del puerto había resuelto no irse a dormir hasta el amanecer, dado que lo hiciera. Imaginábase haber hecho un favor enorme a Carlos Gould. Al pensar en la plata salvada, se frotaba las manos de gusto. En su genuina sencillez se enorgullecía de haber cooperado a tan prudente determinación. Él era quien le había dado forma práctica, sugiriendo la posibilidad de que la gabarra abordara en el mar el vapor destinado a California. A la vez era ventajoso para la Compañía, que habría perdido un flete valioso si el tesoro hubiera quedado en tierra para ser confiscado. A todo esto se agregaba el placer de burlar los planes de los monteristas. Autoritario por temperamento y con larga costumbre de mandar, el capitán Mitchell no era demócrata, llegando a este particular al extremo de manifestar de ordinario gran desdén al parlamentarismo.
– Su excelencia don Vicente Rivera -solía decir-, a quien yo y mi capataz Nostromo tuvimos el honor y el placer, señor, de salvar de una muerte cruel, guardaba excesivas consideraciones a su congreso de diputados. Era una equivocación, señor, una evidente equivocación.
El veterano y honradote marino, puesto al frente de los servicios de la Compañía O.S.N. en el puerto, se figuraba que los acontecimientos de los últimos tres días habían agotado las posibles anormalidades y sorpresas emocionantes de la vida política de Costaguana. Más tarde confesaba a menudo que los sucesos posteriores superaron a cuanto pudo imaginar. En primer lugar Sulaco (a causa de la incautación de los cables y la desorganización del servicio en los vapores) permaneció durante quince días aislada del resto del mundo, como una ciudad sitiada.
– No se hubiera creído posible, pero así fue, señor. Una quincena entera.
El relato de los hechos extraordinarios ocurridos en ese tiempo y de las fuertes emociones experimentadas impresionaba de una manera cómica por los términos aparatosos con que los refería. Comenzaba siempre asegurando a su oyente que él se había hallado "en el centro de los disturbios desde el principio al fin." Después seguía describiendo la salida de la plata y su natural temor de que "su hombre", encargado de la gabarra, cometiera alguna torpeza. Además de la pérdida de tanto metal precioso, la vida del señor Martín Decoud, joven simpático, rico e ilustrado, correría grave peligro al caer en poder de sus enemigos políticos. Declaraba también que, mientras ejercía su solitaria vigilancia en el muelle, había sentido cierta intranquilidad por la suerte futura de todo el país.
– "Sentimiento, señor -explicaba-, perfectamente comprensible en un hombre que está con razón agradecido a las muchas bondades recibidas de las mejores familias pertenecientes a la clase comercial y pudiente de la ciudad. Apenas salvadas por nosotros de los excesos de las turbas, me parecieron destinadas a ser presa, en su persona y bienes, de la soldadesca indígena que, según es sabido, trata con inhumana barbarie a la población civil durante las conmociones interiores.
"Y luego, señor, tenía que mirar por los Goulds, marido y mujer, a quienes no puedo menos de estimar con el más caluroso afecto, sobradamente merecido por su hospitalidad y finezas. Además temía los peligros de los señores del Club Amarillo, que me habían nombrado miembro honorario y tratado con indeficiente atención y cortesía, ya como agente consular, ya como superintendente de un importante servicio de vapores. La señorita Antonia Avellanos, la joven más hermosa y cabal de cuantas me ha cabido la suerte de conocer, ocupaba no poco mi solicitud, lo confieso.
"Fuera de eso necesitaba no perder de vista la probable influencia que había de ejercer en los intereses de mi Compañía el inminente cambio de funcionarios. En suma, señor, me sentía en extremo inquieto y fatigadísimo, como puede usted suponer, a causa de los emocionantes y memorables sucesos en que tuve mi pequeña parte. El edificio de la Compañía, donde me alojo, distaba sólo un paseo de cinco minutos, y me sentía solicitado por el deseo de cenar y de mi hamaca (duermo siempre con ella por exigirlo el clima); pero, sin saber cómo, señor, a pesar de no poder hacer nada por nadie con aguardar allí, no acertaba a retirarme del muelle, donde la fatiga me hacía vacilar a veces penosamente. La noche era en extremo oscura -la más oscura que recuerdo de mi vida-; y así empecé a pensar en la imposibilidad de que apareciera en el puerto el transporte de Esmeralda antes de amanecer por la dificultad de cruzar el golfo. Los mosquitos picaban horriblemente: estábamos infestados de ellos, señor, antes de haber hecho las obras de reforma y saneamiento; y la especie de tales insectos que pululaba en el puerto tenía fama de ser la más insoportable. Formaban una nube alrededor de mi cabeza, y sin duda sus asaltos me impidieron caerme de sueño mientras iba y venía recorriendo la extensión del muelle. Fumé cigarro tras cigarro, más para librarme de parecer acribillado que por afición al tabaco.
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