Joseph Conrad - Nostromo

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– ¡Oh! No hay más remedio. No queda otra alternativa.

Dijo esto poniendo en el acento una seguridad inmensa. En cuanto a las palabras, eran las únicas que su conciencia le permitía pronunciar. La, señora de Gould prolongó su sonrisa algo más de lo debido, y musitó:

– Voy a dejarte. Tengo un pequeño dolor de cabeza. El calor, el polvo eran realmente… Supongo que volverás a la mina antes de amanecer, ¿no es eso?

– A media noche -respondió Carlos Gould-. Bajaremos mañana la plata. Después pasaré contigo en la ciudad tres días de descanso.

– ¡Ah! ¿De modo que vas al encuentro de la escolta? A las cinco estaré en el balcón para verte pasar. Hasta entonces ¡adiós!

Carlos contorneó rápidamente la mesa, tomó las manos de su esposa e, inclinándose, las oprimió contra sus labios. Antes de enderezarse y levantar el rostro a la elevada altura de su talla, Emilia desasió su diestra para darle una palmadita en el carrillo, como si fuera un chiquillo.

– Procura descansar algo un par de horas, -murmuró mirando a la hamaca, colgada en un rincón retirado del cuarto. Su larga cola se arrastró rozando con un suave fru-fru las rojas baldosas. Al llegar a la puerta, volvió la cabeza.

Dos grandes lámparas con globos de vidrio deslustrado bañaban en dulce y abundante luz las cuatro paredes de la habitación, con la vitrina de armas, la empuñadura de bronce del sable de caballería, usada por Enrique Gould, resaltando sobre su cuadro de terciopelo, y la acuarela de la garganta montañosa de Santo Tomé. Y la señora de Gould, fijando la vista en el marco de madera negra de la última, suspiró:

¡Ah! ¡Si hubiéramos dejado en paz todo eso, Carlitos!

¡No! -replicó él con aire tétrico-; ¡era imposible!

– Quizá tengas razón -admitió Emilia resignada. Sus labios temblaron un poco, pero sonrió con exquisita valentía-. Hemos levantado muchas serpientes en ese paraíso, ¿no es verdad, Carlitos?

– Sí, ahora recuerdo que don Pepe llamó a la garganta de la mina el paraíso de las serpientes -confirmó Carlos Gould-. Sin duda hemos hecho salir a muchas de su quietud; pero recuerda, querida, que no es ahora cuando has pintado ese boceto. -Y movió la mano hacia el cuadrito que pendía solo en la gran pared desnuda-. Ya no es un paraíso de serpientes; hemos llevado allí a seres humanos, y no podemos volverles la espalda para ir a empezar en otra parte una nueva vida.

Quedóse contemplando a su esposa con mirada firme y decidida, a la que ella respondió tomando una expresión de valor e intrepidez. Luego salió cerrando la puerta con suavidad.

En contraposición con el cuarto, tan bañado en blanca iluminación, la galería, sumida en suave penumbra, ofrecía la calma misteriosa de un claro de bosque, sugerido por los tallos y hojas de las plantas dispuestas a lo largo de la balaustrada. En los cuadrángulos de luz, proyectados por las puertas abiertas de las salas, las corolas blancas, rojas y lila pálido, brillaban como si recibieran la luz solar; y la señora de Gould, al moverse entre ellas, resaltaba con la viveza de una figura, vista en los trozos de sol que interrumpen en las selvas espesas la sombra de los escampados. Las piedras de los anillos que adornaban su mano, al llevársela a la frente, destellaron a la luz de la lámpara del salón, colocada cerca de la puerta.

– ¿Quién está ahí? -preguntó con sobresalto-. ¿Es usted, Basilio?

Miró al interior y vio a Martín Decoud que andaba de una parte a otra, como si buscara algún objeto perdido entre las sillas y las mesas.

– Antonia se ha dejado olvidado aquí el abanico -respondió Decoud con un aire de distracción desusada-; y he entrado a ver si lo hallo.

Pero, mientras hablaba, abandonó la búsqueda y se fue derecho a la señora de Gould, que le miró con perplejidad y sorpresa.

– Señora -empezó en voz baja…

– ¿Qué es ello, don Martín? -preguntó el ama de casa; y añadió luego con una leve sonrisa, como disculpando la ansiedad de la pregunta-: Estoy tan nerviosa hoy…

– No hay peligro inmediato -respondió Decoud, que no podía disimular su turbación-. La ruego a usted que no se apure. No realmente, no debe usted apurarse.

La señora de Gould, muy abiertos los ojos ingenuos, y en los labios una sonrisa forzada, se apoyó con la menuda mano, guarnecida de joyas, en el batiente de la puerta.

– Quizá no se imagina usted el sobresalto que me ha causado al presentarse así, tan inesperadamente.

– ¡Sobresalto! ¡Yo! -protestó, sinceramente molestado y sorprendido-. Pues le aseguro a usted que yo estoy muy tranquilo. Que se ha perdido un abanico…, bien, ya aparecerá. Creo que no está aquí. Es un abanico lo que busco. No me explico cómo Antonia pudo… ¡Hola! ¿Lo ha hallado usted, amigo?

– No, señor -respondió detrás de la señora la suave voz de Basilio, el mayordomo de casa-. Me parece que la señorita no lo ha dejado aquí.

– Ande usted y vuelva a buscarlo en el patio. Haga el favor, amigo: registre las escaleras, debajo de la puerta, las losas del patio, una por una; no deje usted de mirarlo bien todo, hasta que yo baje… Ese individuo -prosiguió, hablando en inglés a la señora de Gould- anda siempre husmeando detrás de uno con su silencioso andar de gato. Inmediatamente llegar le mandé buscar el abanico para justificar mi reaparición, mi vuelta repentina.

Calló, y la señora le dijo en tono afable:

– Usted será siempre bien recibido en esta casa -y tras breves segundos añadió-: Pero estoy esperando que me diga usted la causa de su regreso.

Decoud afectó de pronto la mayor indiferencia.

– No puedo sufrir que se me espíe. ¡Ah!, ¿la causa? Sí, hay una causa; algo más se ha perdido que el abanico de Antonia. Mientras iba a casa, después de acompañar hasta la suya a don José y Antonia, el capataz de cargadores, que pasaba a caballo, se acercó a hablarme.

– ¿Les ha ocurrido algo a los Viola? -inquirió la señora de Gould.

– ¿Los Viola? ¿Se refiere usted al viejo garibaldino, patrón del hotel donde paran los ingenieros? Allí no hay novedad. El capataz no me habló de ellos; únicamente me dijo que el telegrafista de la Compañía del Cable andaba sin sombrero por la plaza, buscándome. Hay noticias del interior, señora de Gould…, o por mejor decir, rumores de noticias.

– ¿Satisfactorios? -indagó la señora en voz baja.

– Sin importancia, a mi juicio. Pero, así y todo, debo calificarlos de malos. Parece que durante dos días se ha dado una batalla cerca de Santa Marta, y que los riveristas han salido derrotados. De esto debe de hacer ya algún tiempo -tal vez una semana. El rumor acaba de llegar a Cayta, y el encargado de la estación del cable lo ha comunicado a su colega de aquí. Si lo hubiéramos sabido a tiempo, podríamos habernos quedado con Barrios en Sulaco.

– ¿Y se puede hacer algo ahora? -murmuró la señora de Gould.

– Nada. Todavía está en el mar con las tropas. En un par de días llegará a Cayta y allí recibirá la noticia. ¿Quién es capaz de decir lo que hará? ¿Sostenerse en Cayta? ¿Ofrecer su sumisión a Montero? ¿Disolver su ejército?… Esto último es lo más probable; y en tal caso, él partiría en uno de los vapores de la Compañía O.S.N. hacia el sur o hacia el norte…, a Valparaíso o a San Francisco, lo mismo da. Nuestro Barrios es hombre curtido en destierros y repatriaciones, contingencias que marcan los puntos en el juego de la política.

Y cambiando una mirada de inteligencia con su interlocutora, añadió, como aventurando un plan:

– Sin embargo, si tuviéramos aquí a Barrios con sus dos mil fusiles modernos, algo podría haberse hecho.

– ¡Montero victorioso, enteramente victorioso! -musitó con un dejo de incredulidad la señora de Gould.

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