Joseph Conrad - Nostromo

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Aun en la breve alocución dirigida a las tropas en la plaza (que seguramente entendieron muy bien las primeras filas) no pudo abstenerse de aludir a una Iglesia ultrajada, que aguardaba la reparación condigna de una nación contrita. El jefe político lo había oído exasperado. Pero no le era fácil meter al cuñado de don José en la cárcel del Cabildo. Era primer funcionario de la provincia, a quien el pueblo creía pacato y benévolo; pasó de la Intendencia a la casa Gould, después de ponerse el sol, sin acompañamientos, recibiendo con grave continente los saludos de altos y bajos, para susurrar al oído de Carlos, como la cosa más natural, que desearía deportar de Sulaco al vicario general enviándole a alguna isla desierta, a Las Isabeles, por ejemplo. "Preferible una que no tenga agua…, ¿eh, don Carlos?", añadió medio en broma. Este sacerdote, de fortaleza indomable, que había desdeñado el ofrecimiento del palacio episcopal, prefiriendo colgar su astrosa hamaca entre los escombros y telarañas del secuestrado convento de Dominicos, estaba empeñado en obtener un perdón incondicional para Hernández, el salteador de caminos. Y no paró ahí, pues, al parecer, se había puesto en relación con el criminal más audaz que el país había conocido en muchos años. Por supuesto, la policía de Sulaco estaba al corriente de todo. El padre Corbelán, después de procurarse la ayuda del temerario italiano, capataz de cargadores, único hombre a propósito para tal diligencia, envió por su medio un mensaje al famoso bandido. Para entenderse con el antiguo marino genovés le sirvió de mucho al padre la circunstancia de haber aprendido italiano cuando hizo sus estudios en Roma. Súpose que el capataz visitaba por la noche el antiguo convento de Dominicos. Una vieja que servía al vicario general hubo de oír pronunciar el nombre de Hernández; y precisamente el último sábado, al caer la tarde, no faltó quien viera al capataz salir galopando de la ciudad, a la que no volvió en dos días. La policía no se atrevió a seguir la pista al italiano por miedo a los descargadores del puerto, tropa turbulenta, siempre pronta a promover tumultos. En aquel tiempo no era tarea fácil mantener el orden en Sulaco, adonde afluían perdidos y facinerosos de todas clases, atraídos por el dinero que ganaban los operarios de la vía. Las peroratas del padre Corbelán mantenían en constante agitación al populacho; y el gobernador explicaba a Carlos Gould que la provincia, desprovista de tropas, se hallaba expuesta a un levantamiento de la gente maleante, que las autoridades no tendrían medio de sofocar.

Después se retiró cariacontecido a sentarse en un sillón, fumando un largo y delgado puro, no lejos de don José, con quien, inclinándose a un lado, cambiaba algunas palabras de cuando en cuando. No había advertido la entrada del padre, y cuando éste alzó la voz detrás de él, se encogió de hombros con impaciencia.

El padre Corbelán había permanecido enteramente inmóvil por algún tiempo con aquella quietud vindicativa que parecía caracterizar todas sus posturas. El austero fuego de sus hondas convicciones imprimía un sello peculiar a la negra figura. Pero su rigor se suavizó cuando, fijando los ojos en Decoud, levantó el brazo con solemne lentitud y le dijo con voz profunda y moderada:

– Y usted… usted es un perfecto pagano.

Avanzó un paso y apuntó con el dedo al pecho del joven. Este, muy tranquilo, apoyó la cabeza en la pared detrás de la cortina, y sonrió con la barbilla muy levantada.

– Sin duda alguna -asintió con la indiferencia algo aburrida del hombre acostumbrado a oír calificativos análogos-; pero ¿acaso no ha descubierto usted aún la deidad a que rindo culto? La de nuestro Barrios le ha costado a usted menos cavilaciones.

El sacerdote reprimió un gesto de desaliento.

– Usted no cree ni en Dios, ni en el diablo.

– Ni en la botella -añadió Decoud sin moverse-. En lo cual imito a uno de los confidentes de vuestra reverencia. Me refiero al capataz de cargadores, que no prueba el vino ni los licores. El juicio que le merezco hace honor a su perspicacia. Pero ¿por qué me llama usted pagano?

– Es cierto -replicó el padre Corbelán-. Y aun me quedo corto; es usted cien veces peor. Ni un milagro podría convertirle a usted.

– ¡Claro! Como que no creo en los milagros -repuso Decoud con gran flema.

El sacerdote se encogió de hombros, algo perplejo.

– Un agabachado…, ateo…, materialista -añadió pronunciando con lentitud, como si analizara el sentido de las palabras-. Ni hijo de su país, ni de ningún otro -añadió con aire pensativo.

– Apenas ser racional, en resumen -comentó Decoud en voz baja, la cabeza pegada a la pared, y los ojos fijos en el techo.

– Víctima de esta edad descreída -resumió el padre en tono sumiso.

– Pero que sirvo de algo como periodista -dijo Decoud mudando la postura y hablando con mayor animación-. ¿No ha leído vuestra reverencia el último número de El Porvenir ? Pues le aseguro que no es indigno de los anteriores. En materia de política general sigue llamando a Montero gran bestia y aplica a su hermano el guerrillero los estigmas infamantes de lacayo y espía. ¿Puede darse nada más eficaz? Y por lo que hace a la política local, recomienda con urgencia al gobierno de la provincia que incorpore al ejército nacional a la banda entera de Hernández, el ladrón…, que al parecer es un protégé de la Iglesia… o al menos del vicario general. Es lo más seguro y acertado.

– Hernández es una oveja descarriada que quiere volver al redil de los hombres honrados. Empujado al crimen por un brutal atropello.

El sacerdote giró sobre los cuadrados tacones de sus zapatos bajos con enormes hebillas de acero. Púsose de nuevo las manos a la espalda y empezó a pasear yendo y viniendo con paso firme. Cuando daba la vuelta, el escaso vuelo de su sotana se inflaba con la brusquedad de su movimiento.

El salón se había ido vaciando poco a poco. Cuando el jefe político dejó su asiento para retirarse, la mayoría de los presentes se levantó de pronto en señal de respeto, y don José Avellanos interrumpió el balanceo de su mecedora. Pero la primera autoridad de la provincia, persona afable y llana, hizo un gesto rogando que no se molestaran, y despidiéndose de Carlos Gould con la mano, salió discretamente.

En la relativa tranquilidad de la estancia, las palabras Monsieur l'Administrateur del barbudo y delicado francés, pronunciadas con voz chillona, parecieron adquirir una agudeza preternatural. El explorador del sindicato capitalista conservaba todo el fuego de su entusiasmo.

– Diez millones en cobre a la vista, Monsieur l'Administrateur. ¡Diez millones que se tocan con la mano! Y un ferrocarril en perspectiva… ¡todo un ferrocarril! No van a creer mi informe. C'est trop beau .

El hombre no podía reprimir sus alharaquientos transportes de satisfacción entre las muestras de aprobación de los circunstantes. Pero Carlos Gould le escuchaba con calma imperturbable.

Entre tanto el padre Corbelán continuaba sus paseos, haciendo ondear en giro la falda de su sotana a cada vuelta que daba. Decoud le dijo en voz baja con sorna:

– Esos señores están hablando de sus dioses.

Paróse en seco el sacerdote, contempló fijamente al periodista de Sulaco un momento, y encogiéndose de hombros reanudó su firme andar de viajero obstinado.

El grupo de europeos que rodeaba a Carlos Gould empezó ahora a desfilar, hasta dejar visible de pies a cabeza la figura larguirucha del administrador de la gran mina de plata, que al bajar la marea de sus huéspedes quedó desamparado en la gran alfombra cuadrada, semejante a un chal multicolor de flores y arabescos, tendido bajo de sus pardas botas.

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