Joseph Conrad - Nostromo
Здесь есть возможность читать онлайн «Joseph Conrad - Nostromo» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Nostromo
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Nostromo: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Nostromo»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Nostromo — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Nostromo», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Llegóse entonces el padre Corbelán a la mecedora de don José Avellanos, y tocándole en el hombro con la impaciencia que se siente al final de una ceremonia inútil, le dijo en tono afectuoso y brusco:
– ¡A casa! ¡A casa! Esto no ha sido más que charlar. Vamos a meditar seriamente la situación y a pedir luces al cielo.
Al pronunciar las últimas palabras, alzó a lo alto sus negros ojos. Junto al encanijado diplomático -vida y alma del partido- descollaba como un gigante con cierto brillo de exaltación en la mirada. Pero el órgano del partido, o más bien, su portavoz, el "Decoud hijo" llegado de París y convertido en periodista por obra y gracia de los ojos de Antonia, sabía muy bien que el poder del Padre no correspondía a su apariencia física, pues en realidad era sólo un sacerdote valeroso con una idea fija, temido de las mujeres y execrado por los políticos y sus secuaces del pueblo. Martín Decoud, el diletante profesional, el escéptico inflado de vana supereminencia, se imaginaba hallar un placer artístico en observar los típicos extremos de ofuscación a que un convencimiento sincero y casi sagrado puede arrastrar a un hombre. "Es una especie de locura; forzosamente ha de serlo, porque tiene tendencias suicidas", se había dicho a menudo. Para el infatuado parisiense toda convicción, tan luego como llega a ser real, se convierte en esa forma de demencia que los dioses envían a los que quieren destruir. Pero ya es sabido que los que tal piensan de los demás suelen encontrarse en el mismo caso. Con todo eso, Decoud se deleitaba en paladear el acre sabor de aquel ejemplo con la fruición del que conoce a fondo su arte predilecto. Y, así las cosas, los dos hombres se toleraban, como si creyeran que en las tortuosas vías de acción política una convicción poderosa puede llevar tan lejos como un absoluto escepticismo.
Don José obedeció al contacto de la mano fuerte y vellosa; y Decoud siguió a los dos cuñados.
En el vasto salón vacío, donde flotaba una azulada neblina de humo de tabaco, sólo quedó un visitante, tipo de gruesos párpados, carirredondo, con lacio bigote, comerciante en pieles, establecido en Esmeralda, que había venido por tierra a Sulaco, cabalgando en compañía de algunos criados a pie al través de la Cordillera. Estaba muy ufano de su viaje, emprendido principalmente con el fin de hablar al señor administrador de la mina de Santo Tomé sobre alguna ayuda que necesitaba para la exportación de su mercancía. Esperaba ampliarla mucho, ahora que el país iba a inaugurar una era de tranquilidad. Porque indudablemente se consolidaría la paz, repetía varias veces, envileciendo con un extraño y ansioso tonillo de queja la sonoridad de la lengua española, que chapurreaba rápidamente, como una especie de jerga aduladora. Un hombre honrado podría ahora continuar su pequeño negocio en el país, y aun pensar en ampliarlo… con seguridad. ¿No era así?
Parecía pedir a Carlos Gould una palabra de confirmación, un murmullo de asentimiento, una sencilla inclinación de cabeza.
Pero nada de eso obtuvo. Creció su alarma, y en las pausas de su charla, dirigía la mirada a un lado o a otro; y no resignándose a terminar la entrevista, trajo a cuento los peligros que había corrido en su viaje. El atrevido Hernández, dejando sus guaridas habituales, había cruzado el Campo de Sulaco, y andaba oculto en las quebradas de la Siena. El día anterior, cuando sólo distaban pocas horas de Sulaco, el negociante en pieles y sus criados habían visto a tres hombres de aspecto sospechoso, parados en el camino, tocándose las cabezas de sus caballos. Dos de ellos partieron al punto y desaparecieron en un barranco poco profundo a la izquierda.
– "Nos detuvimos -continuó el hombre de Esmeralda- y yo intenté esconderme detrás de un arbusto. Pero ninguno de mis mozos quiso adelantarse a ver lo que era, y el tercer jinete se quedó aguardándonos al parecer. De nada servía ocultarse. Nos habían visto; y así proseguimos caminando despacio y temblando de miedo. El del caballo, con el sombrero hundido sobre los ojos, nos dejó pasar sin la menor palabra de saludo; pero a poco le oímos galopar a nuestra espalda. Volvimos la cara, pero eso no pareció intimidarle. Llegó corriendo, y tocándome el pie con la punta de la bota, me pidió un cigarro, riendo de un modo que helaba la sangre. En un principio le creí desarmado, pero al llevarse la mano atrás para sacar una caja de fósforos, le vi un enorme revólver, sujeto a la cintura. Temblé de pies a cabeza. Tenía unos bigotes terribles, don Carlos, y como no daba señales de partir, no nos atrevíamos a movernos. Al fin, echando el humo del cigarro por las narices, dijo: 'Señor, tal vez les convenga más que yo vaya detrás de ustedes. Están ya cerca de Sulaco. Anden con Dios.'
"¿Qué hacer? Seguimos adelante. No podíamos negarnos. Sospeché que fuera el mismo Hernández, pero uno de mis criados, que había ido muchas veces a Sulaco por mar, me aseguró que le había reconocido con toda certeza por el capataz de cargadores de la Compañía de Vapores Oceánicos. Después, el mismo día al anochecer, divisé al mismo hombre en la esquina de la plaza, hablando con una moza, una morenita, que estaba junto al estribo con la mano puesta en la crin de la yegua entrecana."
– Le aseguro a usted, señor Hirsch -murmuró Carlos Gould-, que no ha corrido usted el menor riesgo en esta ocasión.
– Bien puede ser, señor, pero todavía tiemblo al recordar el encuentro. Un tipo de aspecto feroz. Y ¿qué significa eso? Un empleado de la Compañía de Vapores conversando amistosamente con bandidos…, nada menos, señor, porque los otros jinetes eran bandidos…, en un lugar solitario, y ¡portándose además como un salteador! Un cigarro puro no es nada, pero ¿no pudo antojársele pedirme la bolsa?
– No, no, señor -insistió Carlos Gould en voz baja, apartando la vista distraído de la cara redonda con nariz aguileña, que se mantenía levantada hacia él con expresión suplicante y casi infantil-. Si realmente era el capataz de cargadores -y ¿qué duda cabe de que lo era?- estaban ustedes bien seguros.
– Gracias. Es usted muy bueno, don Carlos, pero créame que tenía una facha feroz. Me pidió un cigarro con la mayor familiaridad. ¿Qué hubiera ocurrido, si no llego a tener el cigarro? Me estremezco aún al pensarlo. ¿Qué asunto tenía que tratar con ladrones en un lugar solitario?
Pero Carlos Gould, muy pensativo ahora, no contestó ni con una palabra ni con un gesto. La impenetrabilidad del hombre que personificaba la concesión Gould tenía sus matices expresivos. El mutismo es sencillamente una afección lamentable; pero el rey de Sulaco pronunciaba las palabras necesarias para darle la autoridad misteriosa de un poder taciturno.
Sus silencios, reforzados por el don de la palabra, representaban tantas variantes de sentido como vocablos proferidos en forma de asentimiento, duda, negación, y aun simple comentario. Algunos parecían decir claramente: "Piénselo usted bien"; otros significaban de un modo indudable: "Siga usted adelante"; y la sola frase: "Comprendo", proferida en voz baja con una venia afirmativa, después de escuchar con paciencia durante media hora, equivalía a un contrato verbal, que inspiraba una secreta confianza. Porque se presentía que detrás de aquella aprobación estaba la mina de Santo Tomé que figuraba al frente de los intereses materiales, tan sólidamente establecida que en toda la provincia occidental no dependía de la benevolencia de nadie, esto es, de ninguna voluntad que no pudiera ser comprada diez veces a peso de oro.
Pero al hombrecillo de nariz corva, llegado de Esmeralda, tan ávido de desenvolver su negocio de pieles, el silencio de Carlos Gould le significó el anuncio de un fracaso. Evidentemente no era la ocasión oportuna para ampliar el comercio de un hombre modesto. Así, pues, envolvió en una rápida maldición mental a todo el país con su población entera, tanto a la que seguía a Rivera, como a la que favorecía el levantamiento de Montero.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Nostromo»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Nostromo» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Nostromo» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.