Joseph Conrad - Nostromo
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– Una bola, probablemente. En los tiempos que corren abundan los noticiones falsos. Y, aunque fuera cierto, ¿qué? Pongámonos en lo peor y demos que sea cierto.
– Entonces todo está perdido -afirmó la señora de Gould con la calma de la desesperación.
De pronto pareció adivinar, pareció descubrir la tremenda excitación de Decoud, embozada en el manto de una fingida indiferencia. En realidad se veía el verdadero estado de ánimo de Decoud en su mirada audaz y vigilante, en la curva entre provocadora y despectiva de sus labios. A ellos acudió una frase francesa, como si para este costaguanero del bulevar no pudiera expresarse lo que sentía en otro idioma:
– Non, Madame. Rien n'est perdu.
Estas palabras electrizaron a la señora de Gould, sacándola de su pasmado abatimiento, y así preguntó al punto con viveza:
– ¿Qué piensa usted hacer?
Pero notábase ya algo de irónico en la reprimida excitación de Decoud.
– ¿Qué puede usted esperar de un costaguanero? Otra revolución, claro está. Le aseguro a usted por mi honor, señora, que me creo un verdadero hijo del país, diga lo que quiera el padre Corbelán. Y tampoco soy tan incrédulo que no tenga fe en mis propias ideas, en mis propios remedios, en mis propias aspiraciones.
– ¡Seguramente! -dijo la señora de Gould con acento de duda.
– Usted parece no creerlo -continuó Decoud, volviendo a expresarse en francés-. Por lo menos admita usted que tengo fe en mis pasiones.
La señora aceptó esta adición sin vacilar. Lo comprendía perfectamente, sin que él lo afirmara.
– Estoy dispuesto a todo por el amor de Antonia. No hay nada que no me atreva a emprender, ni peligro que no me sienta con ánimo de arrastrar.
Decoud parecía hallar una revivificación de su osadía en pregonar sus pensamientos; y añadió:
– Seguramente no me creería usted si le dijera que es el amor del país el que…
La señora hizo con el brazo un gesto de protesta desalentada, como expresando que no lo esperaba de nadie.
– Una revolución en Sulaco -prosiguió Decoud en voz baja, pero con vehemencia-. Aquí puede servirse a la Gran Causa, en el mismo sitio donde ha comenzado, en el lugar de su nacimiento, señora de Gould.
Esta frunció el ceño, y se mordió pensativa el labio inferior, retirándose un poco de la puerta.
– No vaya usted a decir nada de esto a su marido -la intimó Decoud con ansiedad.
– ¿Es que no necesitará usted su ayuda?
– Sin duda la necesitaré -admitió Decoud sin vacilar-. Todo gira sobre la mina de Santo Tomé; pero yo preferiría que no supiera nada por ahora de mis planes.
El semblante de la señora de Gould expresó un sentimiento de perplejidad; y Decoud, acercándosele, le explicó confidencialmente.
– Lo digo porque, ¡como es tan idealista…!
La esposa de Carlos Gould se ruborizó, ensombreciéndose a la vez sus ojos.
– ¡Su Carlos un idealista! -exclamó como hablando maravillada consigo misma-. ¿Qué sentido puede usted atribuir a esa palabra tratándose de un hombre eminentemente práctico y positivo?
– Sí -concedió Decoud-; comprendo que le asombre a usted mi expresión, teniendo a la vista la mina de Santo Tomé, el hecho más real de toda la América del Sur. Pero repare usted que aun ese hecho le ha idealizado hasta un punto… -Guardó silencio por un momento- ¿Conoce usted, señora, hasta qué extremo ha idealizado la existencia, el valor, el significado de la mina de Santo Tomé? ¿Está usted enterada de ello?
Sin duda hablaba con conocimiento de causa, y el efecto que esperaba se produjo. La señora de Gould, a punto de exaltarse, se dominó de pronto exhalando un suspiro que parecía una queja.
– ¿Qué es lo que sabe usted? -preguntó con voz débil.
– Nada -respondió Decoud con firmeza-. Pero ¿no se hace usted cargo de que es inglés?
– Y ¿qué quiere usted decir con eso? -preguntó la señora.
– Sencillamente que no sabe hacer nada, ni siquiera vivir sin idealizar sus menores sentimientos, deseos y actos. No creerá en el valor de sus móviles si primero no los hace entrar, como partes integrantes, en algún cuento de hadas. Hombres como él no son para vivir en el mundo. Espero que me perdone usted la franqueza. Además, que la perdone usted o no, mi afirmación no es más que una de tantas verdades que hieren -¿cómo lo diré?- las susceptibilidades anglosajonas, y en este momento no me siento con fuerzas para considerar si tiene alguna base sólida el modo de pensar de su marido, y también el de usted, dicho sea con todo respeto.
La señora de Gould no dio muestras de ofenderse y se limitó a decir:
– Supongo que Antonia le comprenderá a usted perfectamente.
– ¿Comprender? Bien, sí. Pero no estoy seguro de su aprobación. Sin embargo, no importa. Soy bastante honrado para manifestárselo a usted, señora.
– Pero, en resumen, ¿lo que usted pretende es una separación?
– Por supuesto, una separación -declaró Martín-; una separación de toda la Provincia Occidental, arrancándola de un organismo agitado por constantes convulsiones. Pero mi fin principal, el único que me tiene con cuidado, es no separarme de Antonia.
– Y ¿eso es todo? -preguntó la señora de Gould sin severidad.
– Absolutamente todo. Yo no me forjo ilusiones sobre los móviles que me impulsan. Ella no quiere dejar a Sulaco por mí; de consiguiente Sulaco debe dejar abandonado a su suerte al resto de la República. No cabe decirlo con mayor franqueza. A mí me gustan las situaciones claramente definidas. Yo no puedo separarme de Antonia; luego la República una e indivisible de Costaguana debe separarse de su Provincia Occidental. Por fortuna este modo de pensar coincide con una sana política.
»Hay que salvar de la anarquía la parte más rica y fértil del país. Personalmente esto me interesa poco, muy poco; pero es un hecho que el establecimiento de Montero en el poder significaría para mí una sentencia de muerte. En todas las proclamas de amnistía general que he visto, se exceptúa de un modo especial mi persona con algunas otras. Los dos hermanos me odian, como usted puede comprender, señora de Gould; y ahora nos encontramos con que corre el rumor de haber salido victoriosos. Dirá usted que, aun suponiéndolo cierto, me sobre tiempo para huir.
Un leve murmullo de protesta por parte de la señora le hizo detenerse un momento, fijando en ella una mirada sombría y resuelta.
– ¡Oh! Seguramente lo haría, señora de Gould. Huiría, si ello sirviera para lograr lo que por ahora es mi único deseo. Tengo bastante valor para decirlo y hacerlo. Pero las mujeres, aun nuestras mujeres, son idealistas. Antonia es la que no quiere huir. Una nueva especie de vanidad.
– ¿Vanidad, lo llama usted? -replicó la señora de Gould con voz ahogada.
– Llámelo usted orgullo, si le parece, que, según el padre Corbelán, es pecado mortal. Por lo que a mi toca, lo que yo siento no es orgullo, sino un amor bastante fuerte para no permitirme huir. Además quiero vivir. No hay amor para los muertos. Por consiguiente es necesario que Sulaco no reconozca al vencedor Montero.
– Y ¿cree usted que mi marido le prestará su apoyo?
– Se me figura que pudiera resolverse a hacerlo, como buen idealista, al descubrir en mis planes una base sentimental para su acción. Con todo eso, yo no le hablaré de ellos; los hechos por sí solos no le dirán nada. Lo mejor para él es que se convenza a su modo. Y, además, no ocultaré que en mi situación actual no estoy para respetar ni sus razones, ni aun las de usted, señora de Gould. Soy franco.
Era evidente que Emilia estaba resuelta a no darse por ofendida. Sonrió vagamente con aire de meditar lo que había oído. Hasta donde podía juzgar por las confidencias incompletas de Antonia, ésta comprendía a su amante. A todas luces, había en su plan, o por mejor decir, en su idea, un arbitrio que daba lugar a esperanzas de salvación. Además, el proyecto, juicioso o disparatado, no causaría grave daño. Esto sin contar con que cabía muy bien que los rumores de la victoria de Montero carecieran de todo fundamento.
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