Joseph Conrad - Nostromo

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– Y bien, ¿puede usted decir lo que usted intenta?

– Es muy sencillo. Barrios ha partido; dejémosle seguir su viaje; podrá conservar Cayta, que es la puerta de la ruta marítima para venir a Sulaco. Los monteristas no son capaces de enviar por las montañas fuerzas suficientes, ni siquiera para habérselas con la gente de Hernández. Entre tanto, organizaremos aquí la resistencia, y para ello el mismo Hernández nos será útil. Aun siendo un simple bandido, ha sabido derrotar a tropas regulares; mucho mejor lo hará si se le nombra coronel y hasta general. Usted, señora, conoce bastante el país, para no maravillarse de lo que estoy diciendo. La he oído afirmar que ese pobre bandido era un ejemplo vivo y palpitante de la crueldad, la injusticia, la estupidez y la tiranía que arruina las almas y las fortunas de los hombres en Costaguana. Pues bien, habría sin duda una especie de desquite caballeresco en el hecho de que ese hombre se alzara en armas para destruir los males que le arrancaron de su condición de honrado ranchero empujándole a una vida de crimen. ¿No es verdad que se percibe en ello una simpática idea de desquite?

Decoud había pasado sin esfuerzo del castellano al inglés, lengua que hablaba con propiedad y corrección, pero ceceando demasiado.

– Piense usted en sus hospitales, en sus escuelas, en sus madres enfermas y viejos inválidos, en toda esa población que usted y su esposo han reunido en la garganta de Santo Tomé. ¿No pesa sobre la conciencia de ustedes la suerte que va a correr esa gente? ¿No merece eso hacer otro esfuerzo, que no es tan desesperado como parece, antes que…?

Decoud acabó de expresar su pensamiento con un movimiento del brazo, que indicaba destrucción; y la señora de Gould volvió a un lado la cara con expresión de horror.

¿Por qué no le dice usted todo eso a mi esposo? -preguntó sin mirar a su interlocutor, que permanecía observando el efecto de sus palabras.

¡Ah! Pero don Carlos es tan inglés… -empezó, y la señora de Gould le interrumpió diciendo:

– Deje usted eso en paz, don Martín. También es costaguanero… y más que usted.

– Sentimental, sentimental -replicó Decoud en tono de afable y lisonjera cortesía-. Sentimental al uso extraño de la gente de su raza. Vengo observando al Rey de Sulaco desde que llegué aquí con una comisión estúpida y tal vez impelido por alguna traición del hado, que suele acechar oculto en los imprevistos incidentes de nuestra vida. Pero no importa. Yo no soy sentimental. La vida no es para mí una novela sacada de un bonito cuento de hadas. No, señora de Gould; yo soy práctico y no tengo miedo a los móviles que inspiran mi conducta. Pero, perdóneme usted; me dejo arrastrar un tanto. Lo que quiero decir es que he venido observando. Y no le diré a usted lo que he descubierto…

– No; es inútil -musitó la señora volviendo otra vez la cara.

– Lo es, menos el hecho de que su esposo no me mira con buenos ojos. Es una minucia que en las circunstancias presentes parece adquirir una importancia perfectamente ridícula. Ridícula e inmensa; porque, naturalmente, el dinero se necesita para mi plan. -Reflexionó un instante, y luego añadió significativamente-: Y tenemos que habérnoslas con dos sentimentales.

– No le entiendo a usted del todo, don Martín -expuso la señora con frialdad, conservando el tono de reserva- Pero, suponiendo que le entendiera, ¿quién es el otro?

– El gran Holroyd de San Francisco; ¿quién había de ser? -murmuró Decoud-. Creo que me entiende usted muy bien. Las mujeres son idealistas, pero a la vez muy perspicaces.

Fuera la que fuere la razón de este último calificativo, tan lisonjero como malsonante, la señora de Gould no dio muestras de hacer caso. El nombre de Holroyd había despertado en ella nuevas inquietudes.

– El convoy de la plata bajará mañana al puerto; ¡la labor de seis meses, don Martín! -exclamó acongojada.

– Déjele usted que baje -le susurró Decoud muy serio casi al oído.

– Pero si el rumor de la derrota se propaga y, sobre todo, si resulta cierto, estallarán desórdenes en la ciudad -objetó ella.

Decoud reconoció que era posible. Conocía a los hijos de Sulaco y su campo, todos ellos de genio tétrico, ladrones, vengativos y sanguinarios, a pesar de las excelentes cualidades de sus hermanos del llano. Y luego había que contar con el otro sentimental, que atribuía un extraño valor idealista a los hechos concretos. Era menester que no se interrumpiera el curso de la corriente de plata hacia el norte, volviendo después en forma de apoyo financiero de la gran banca Holroyd. Para el proyecto de Decoud las barras de plata, guardadas allá arriba en la montaña en el sólido almacén de la mina, valían menos que si fueran de plomo, porque en este caso servirían para hacer balas. Así pues, que bajaran enhorabuena al puerto, prontas a ser embarcadas.

El primer vapor que saliera con rumbo al norte se las llevaría para salvar la mina de Santo Tomé, fuente de tanta riqueza. Y, además, indicó apresuradamente en tono de gran convicción, tal vez el rumor carezca de fundamento.

– Como quiera que fuere, señora -concluyó Decoud-, podemos mantenerlo secreto por muchos días. He estado hablando con el telegrafista en medio de la Plaza Mayor, sin que hubiera nadie por allí cerca; de modo que estoy seguro de que no nos han oído. Y ahora voy a decirle a usted otra cosa. He trabado amistad con Nostromo, el capataz, y esta misma tarde hemos tenido una conversación, caminando yo al lado de su yegua, mientras salía de la ciudad. Pues bien, me prometió que si sobreviene un alboroto por cualquier motivo -aunque fuera por la mayor de las razones políticas, ¿me entiende usted?-, sus cargadores, que son una parte importante del populacho, se pondrán del lado de los europeos.

– ¿Le ha prometido a usted eso? -inquirió con interés la señora de Gould-. ¿Qué razón le movió a hacerle esa promesa?

– Palabra de honor, señora; lo ignoro -declaró Decoud en tono de ligera sorpresa-. Es cierto que me lo prometió; sin embargo, no puedo decirle a usted la razón de ello. Habló con su habitual indiferencia, que, a no tratarse de un vulgar marino, me hubiera parecido fantochería o fingimiento.

Interrumpióse para mirar con curiosidad a la señora de Gould.

– En resumen -continuó-, supongo que espera sacar de ello alguna ventaja personal. No debe usted perder de vista que, para ejercer el ascendiente de que goza entre la clase baja, necesita poner un tanto en peligro su vida y repartir con profusión su dinero. El prestigio personal, si es sólido, hay que pagarlo en una forma o en otra. Después de hacernos amigos en un baile, dado en la posada de un mejicano al lado mismo de la muralla, me dijo que había venido aquí a hacer su fortuna. De modo que tal vez considere ese prestigio como una especie de capital puesto a lucro.

– Bien pudiera buscar una satisfacción de su amor propio -objetó la señora de Gould con el tono de estar rechazando una acusación inmerecida-. Viola, el garibaldino, con quien ha vivido algunos años, le llama "el incorruptible".

– ¡Ah! ¿Pertenece al grupo de los protégés de usted en la zona esa del puerto? Muy bien, Y el capitán Mitchell le llama "el admirable". No tienen fin las historias que he oído acerca de su valor, audacia y fidelidad. Cuentan y no acaban. ¡Hum! ¡Incorruptible! Sin duda es un título honroso para el capataz de cargadores de Sulaco. ¡Incorruptible! Muy bonito, pero vago. Con todo eso, le tengo por hombre sensato, y en tal supuesto es como he entablado relaciones con él.

– Prefiero creerle desinteresado y, por tanto, persona de toda confianza -replicó la señora de Gould en el tono mas cercano al desabrimiento de que su genio era capaz.

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