Joseph Conrad - Nostromo
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En su mudo despecho sintió afluirle las lágrimas a los ojos al pensar en las innumerables pieles que se echarían a perder en la soñolienta extensión del Campo, con sus palmeras aisladas que se alzaban como barcos en el mar dentro del círculo perfecto del horizonte, con sus grupos de árboles frondosos, semejantes a islas sólidas de follaje sobre el undoso movimiento de la hierba. Allí había pieles pudriéndose, sin provecho para nadie -pudriéndose donde las habían dejado los hombres llamados con urgencia a atender las necesidades de las revoluciones políticas. El alma práctica y mercantil del señor Hirsch se revelaba contra aquella locura, mientras, desconcertado y respetuoso, se despedía del poder y majestad de la mina de Santo Tomé en la persona de Carlos Gould. No pudo menos de expresar su pesadumbre con un murmuro, arrancado del corazón.
– Todo esto es una gran insensatez, una locura inmensa, don Carlos. El precio de las pieles en Hamburgo sube incesantemente. Por supuesto, el gobierno riverista pondrá fin a este estado de cosas… cuando logre establecerse con firmeza. Entre tanto…
Y se interrumpió con un suspiro.
– Sí, entre tanto… -repitió Carlos Gould con reserva inescrutable.
El otro se encogió de hombros, pero no estaba dispuesto a retirarse. Había un asuntillo, que anhelaba vivamente tratar, si se le permitía. Explicó, en efecto, que tenía algunos buenos amigos en Hamburgo (y citó el nombre de la sociedad), muy deseosos de hacer negocio con dinamita. Un contrato con la mina de Santo Tomé para surtirla del explosivo, y después con otras minas, que seguramente… El hombrecillo de Esmeralda iba a extenderse en explicaciones, pero Carlos le interrumpió. La paciencia del señor administrador parecía haberse agotado al fin.
– Señor Hirsch -le dijo-. Tengo almacenada en la montaña dinamita bastante para hacerla rodar al valle y -añadió alzando la voz- para volar, si se me antoja, la mitad de Sulaco.
Y sonrió al observar el sobresalto reflejado en los ojos del tratante en pieles, que musitó apresurado:
– Lo creo, lo creo.
Ahora se resolvió a partir. Imposible hacer negocio de explosivos con un administrador tan bien provisto y de tan bruscas despachaderas. Había sufrido horrores en su penosa cabalgada a través de la Sierra y corrido el peligro de ser despojado de todo por el bandido Hernández para no sacar provecho alguno. ¡Ni pieles, ni dinamita! El continente del israelita expresó el más profundo desencanto. Al llegar a la puerta, hizo una gran inclinación al ingeniero en jefe; pero en el patio, cuando hubo bajado la escalera, puesta la regordeta mano sobre los labios con aire meditabundo y asombrado, murmuró:
– ¿Para qué querrá tanta dinamita almacenada? Y ¿porqué me habrá hablado de ese modo?
El ingeniero en jefe, echando desde la puerta de la sala una mirada al interior, de donde había desaparecido enteramente la marejada política, dirigió una venia familiar al dueño de la casa, plantado sobre la alfombra como una baliza entre los desiertos arrecifes del mueblaje.
– Buenas noches. Me voy. Tengo a mi gente aguardándome en la planta baja. La empresa del ferrocarril sabrá dónde ha de acudir por dinamita cuando nos falte. Hasta ahora hemos venido trabajando en roturaciones y desmontes; pero en breve tendremos que abrirnos camino a fuerza de barrenos.
– Pues no me pidan ustedes a mí el explosivo -replicó Carlos Gould muy sereno-. No tengo ni una onza disponible para nadie. Ni para mi hermano, suponiendo que le tuviera, y que fuera ingeniero en jefe del ferrocarril más prometedor del mundo.
– Y eso ¿qué significa? -preguntó el ingeniero jefe con calma-. ¿Malevolencia?
– No -respondió Gould con firmeza- Política.
– Radical, a mi juicio -comentó el otro desde la puerta.
– ¿Cree usted haber usado la palabra propia? -interrogó Carlos desde el centro de la sala.
– Quiero decir que llega a las raíces, ¿sabe usted? -explicó el ingeniero en tono de broma.
– ¡Ah! Esto sí -afirmó el otro con aplomo-. La concesión Gould ha echado tan hondas raíces en el país, en esta provincia, en la garganta de la montaña, que sólo la dinamita será capaz de desalojarla de allí. En ella se cifra mi suprema aspiración. Es la última carta que jugaré.
– Bonito juego -replicó el ingeniero jefe con un retintín de inteligencia y silbando suavemente-. Y ¿le ha hablado usted a Holroyd de ese triunfo extraordinario que tiene usted en la mano?
– Carta de triunfo sólo cuando se juegue, cuando se eche al final de la partida. Hasta entonces puede usted llamarla un…, un…
– ¿Arma? -sugirió el hombre del ferrocarril.
– No; puede usted llamarla más bien un argumento -corrigió con afabilidad Carlos Gould-. En ese sentido se la he presentado a míster Holroyd.
– Y ¿qué ha dicho acerca de ello? -preguntó el ingeniero con franco interés.
– Ha dicho -manifestó el administrador, tras una breve pausa- que era necesario mantenerse firme hasta el último extremo y poner nuestra confianza en Dios. Supongo que los acontecimientos han de haberle sorprendido un poco -prosiguió Gould-, pero, dado que así suceda, él está muy lejos de aquí, ¿sabe usted?, y, como dicen en este país, Dios está muy alto.
La risa de aprobación del ingeniero se extinguió al pie de la escalera, donde la Madona con el Niño en brazos parecía mirar, desde su nicho, la espalda del que se alejaba.
Capítulo VI
Profundo silencio reinaba en la casa Gould. Su dueño siguió el corredor, abrió la puerta del cuarto que le estaba reservado y halló allí a Emilia sentada en una enorme poltrona -la usada por él para fumar-, mirándose a los menudos zapatos con expresión meditabunda. Ni siquiera alzó los ojos para mirar a su esposo.
– ¿Cansada? -pregunto Carlos.
– Un poco -respondió la interrogada, y luego añadió en sentido tono, sin levantar la vista-: Hay en todo esto un no sé qué de horrible pesadilla.
Carlos Gould, de pie ante la luenga mesa, cubierta de papeles, sobre los que yacían un látigo de montar y un par de espuelas, se quedó mirando a su mujer.
– El calor y el polvo han debido de ser insoportables esta tarde a la orilla del mar -musitó con acento compasivo-. El reverbero del agua, abrasador y asfixiante.
– Yo puedo no parar mientes en tales molestias, pero me es imposible, mi querido Carlos, cerrar los ojos ante tu situación, ante ese espantoso levantamiento…
Ahora mudó de expresión para contemplar el semblante de su marido, del que había desaparecido toda señal de conmiseración y de cualquier sentimiento.
– ¿Por qué no me dices algo? -le preguntó con acento lloroso.
– Creí que me habías entendido perfectamente desde el principio -dijo Carlos Gould con calma-. Imaginaba que nos habíamos dicho cuanto teníamos que decirnos, mucho tiempo ha. Ahora no hay nada que decir. Había que hacer algunas cosas. Las hemos hecho, y seguimos haciéndolas. No es este el momento de retroceder. Aunque, a mi juicio, no ha sido posible nunca. Y lo que es más, ni siquiera nos es dable permanecer inactivos.
– ¡Ah! ¡Si al menos supiera una hasta dónde piensas llegar! -exclamó ella con fingida jovialidad, pero temblando interiormente.
– Hasta el término de mi proyecto, por lejano que esté -respondió Carlos con una resolución que obligó a su esposa a reprimir con trabajo un estremecimiento.
Emilia se levantó sonriendo con gracia, y su menuda persona parecía empequeñecida más aún por la profusa mata de su cabello y la larga cola de su bata.
– Pero siempre para triunfar -repuso en tono convencido.
Carlos Gould, envolviéndola en la mirada de acero de sus ojos azules, respondió sin vacilar:
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