Joseph Conrad - Nostromo
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Vínole a las mientes que nadie podía entenderle tan bien como su hermana. En el corazón más escéptico se insinúa, en trances de grave peligro de la vida, el deseo de dejar una impresión justa de los propios sentimientos, a modo de una luz que ponga al descubierto la personalidad arrebatada a otro mundo, adonde la investigación humana no puede llegar para descubrir la verdad que se llevan consigo los muertos. Por eso, en vez de buscar algo que comer, o dedicar algunas horas al sueño, Decoud siguió llenando las páginas de un grueso cuaderno con la carta para su hermana.
En la intimidad de aquella confidencia no le era dable hacer caso omiso de su abatimiento, extrema fatiga y apremiantes necesidades físicas. Recomenzó su escritura como si hablara con aquella a quien iba dirigida, y con la ilusión de tenerla ante sí, trazó la frase: "Tengo mucha hambre.
"Me siento oprimido angustiosamente por la soledad que me rodea -prosiguió- ¿Será tal vez por ser yo el único que conserva en su cerebro una idea concreta en medio del hundimiento general de todas las resoluciones, planes y esperanzas concebidas? Pero esta soledad es también muy real. Todos los ingenieros están fuera, desde hace dos días, velando por los intereses del Ferrocarril Central Nacional, la gran empresa de Costaguana, que ha de llenar de dinero los bolsillos de ingleses, franceses, norteamericanos, alemanes y Dios sabe cuántos más. Reina a mi alrededor un silencio fatídico. Sobre la parte media de esta casa se levanta una especie de primer piso, que tiene por ventanas unas aberturas estrechas parecidas a saeteras. Probablemente se usaron para defenderse a cubierto contra los salvajes en siglos pasados, cuando la persistente barbarie de nuestro país natal no se disfrazaba con las negras levitas de los políticos, sino se mostraba en los aullidos de hombres medio desnudos, con arcos y flechas en las manos.
"El ama de casa está agonizando allá arriba, creo que sola con su viejo marido. Hay una escalera estrecha, a propósito para ser defendida por un hombre contra una turba, y por ella se sube a las habitaciones superiores. Acabo de oír, al través del espesor del muro, que el pobre viejo baja por algo a la cocina. Cabría confundir ese rumor con el que hace un ratón en el agujero de una pared. Todos los criados huyeron ayer, y no han regresado aún; acaso no vuelvan jamás. Quedan aquí únicamente dos muchachas de corta edad. Su padre las ha mandado bajar a las habitaciones inferiores, y se han venido al café, quizá por estar yo aquí. Se han acurrucado juntas en un rincón, abrazadas una a otra. Las he oído hace unos minuto, y me siento más solitario que nunca."
Decoud se volvió en la silla y preguntó:
– ¿Hay pan en la casa?
Linda, la morena de cabello negro, movió negativamente la cabeza sobre la rubia de su hermana que reposaba en su pecho.
– ¿No podrías buscarme pan? -insistió Decoud.
La chica no se movió, y el joven divisó sus grandes ojos negros, que le miraban de hito en hito desde la oscuridad del rincón.
– ¿Tenéis miedo de mí? -preguntó Decoud.
– No -respondió Linda-; no tenemos miedo de usted, porque ha venido aquí con Gian Battista.
– ¿Quieres decir Nostromo?
– Los ingleses le llaman así, pero ese nombre no es de persona ni de animal -dijo la muchacha pasando suavemente la mano sobre la cabellera de su hermana.
– Pero él deja que todos se lo den -repuso Decoud.
– No en esta casa.
– ¡Ah!, bien, entonces le llamaré el capataz.
Decoud no prosiguió, y luego de escribir un rato, se volvió de nuevo.
– ¿Cuándo crees que regresará? -preguntó.
– Después de traerle a usted aquí, marchó con la yegua a la ciudad en busca del médico para la madre. No tardará en venir.
– Corre bastante peligro de que le maten de un tiro en el camino -murmuró Decoud para sí en tono perceptible.
Linda declaró con su voz de contralto:
– No hay quien se atreva a disparar un tiro a Gian Battista.
– ¿Lo crees tú así? -interrogó Decoud.
– Estoy cierta de ello -respondió la muchacha con gran convicción.
– No se requiere mucho valor para disparar un fusil detrás de un arbusto -se dijo Decoud entre dientes-. Por fortuna la noche es oscura, pues en otro caso, habría pocas probabilidades de salvar la plata de la mina.
Por tercera vez se dispuso a escribir en su cuaderno, echó un vistazo a las páginas escritas y empezó a mover el lapicero:
"Tal era la situación ayer, después de zarpar el Minerva llevándose al fugitivo Presidente, y después de haber sido rechazados los revolucionarios a los callejones de la ciudad. He enviado un cablegrama al extranjero dando noticia de lo que ocurre, y luego fui a sentarme con Nostromo en las escaleras de la catedral. ¡Cosa extraña! Las oficinas de la Compañía del Cable están en el mismo edificio que El Porvenir , y, no obstante eso, la multitud que ha arrojado mis prensas por la ventana y esparcido los tipos de imprenta por toda la plaza, ha respetado los aparatos del cable, instalados en el ala opuesta del patio. Mientras continuaba sentado con Nostromo, salió Bernardo, el telegrafista, de las Arcadas con una cinta de papel en la mano. El enano empleadillo se había atado a un enorme espadón y colgado al cinto una porción de revólveres. Es una figura ridícula, pero a la vez el alemán de su talla más valiente que manejó jamás un transistor Morse. Habrá recibido de Cayta el despacho comunicando que acaban de entrar en el puerto los transportes con el ejército de Barrios y acabando con las palabras: "Prevalece el mayor entusiasmo". Me alargué a la fuente para beber un trago de agua, y desde la Alameda se me disparó un tiro por alguien oculto detrás de un árbol. Pero bebí y no hice caso; con Barrios en Cayta y la gran Cordillera entre nosotros y el victorioso ejército de Montero, me pareció tener metido en el puño el nuevo Estado, a pesar de los señores Camacho y Fuentes. Sentí ganas de dormir, pero, en llegando a la casa Gould, hallé el patio lleno de heridos, acostados sobre paja. Las luces estaban encendidas-, y como la noche era calurosa y el patio forma un recinto cerrado, en el ambiente se notaba un débil olor de cloroformo y sangre. En un extremo, el doctor Monygham, el médico de la población minera, se ocupaba en vendar heridas; y en el otro, cerca de las escaleras, el padre Corbelán, arrodillado, oía en confesión a un cargador moribundo. La señora de Gould iba de una parte a otra, cargada con una gran botella y un paquete de algodón hidrófilo. Me vio entrar, y no me hizo la menor señal. Seguíala su camarera con otra botella, sollozando en silencio.
"He trabajado un rato sacando de la cisterna agua para los heridos. Tras esto, subí al primer piso, y allí me encontré a las principales señoritas de Sulaco, más pálidas que nunca, ocupadas en servir vendajes. No todas habían huido a los barcos, y buen número se refugiaron durante el día en la casa Gould. En el descansillo una joven con el cabello medio suelto estaba arrodillada junto a la pared, bajo el nicho de la Madona con veste azul y corona dorada. Creo que era la mayor de las señoritas López; no pude verle la cara, y recuerdo que me quedé mirando el alto talón francés su diminuto zapato. No hacía ruido alguno, ni se movía, ni sollozaba: permanecía rígida, semejando la estatua de la piedad ferviente, toda enlutada contra el blanco muro. Seguramente estaba tan serena como las otras señoritas pálidas, que vi llevando vendajes al doctor. Una de ellas, joven esposa de un anciano rico de la ciudad, sentada en lo alto de la escalera, desgarraba muy afanosa en tiras una pieza de lienzo. Interrumpióse para contestar moviendo la mano a mi inclinación, como si estuviera en su carruaje paseando por la Alameda.
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