Joseph Conrad - Nostromo

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Ella hizo un leve movimiento de cabeza, y murmuró: -Ha sido imposible.

– ¿Es que lo quería todo, o qué?

La joven le miraba ahora a la cara, de muy cerca e inmóvil en el profundo hueco de la ventana. Sus labios se movían con rapidez. Decoud, apoyada la espalda en el muro, escuchaba con los brazos cruzados, y medio cerrados los ojos. Bebía las inflexiones todas de su voz y observaba el movimiento agitado de su garganta, reflejo del oleaje emocional, que subía del corazón para salir al aire libre en sus palabras llenas de cordura.

El también tenía sus aspiraciones: anhelaba arrancarla de aquellas terribles futilidades de pronunciamientos y reformas. Todo ello era absurdo…, evidentemente absurdo; pero la joven le fascinaba. A veces la aguda sagacidad de una frase rompía el encanto y reemplazaba la fascinación por un involuntario estremecimiento de asombro. Ciertas mujeres (pensaba) se elevaban hasta tocar las regiones del genio. No necesitaba saber, pensar ni comprender. La pasión lo suplía todo. Al oírla expresar algunas observaciones profundas, alguna evaluación de caracteres, algún juicio sobre los acontecimientos, se inclinaba a creer en lo milagroso. En la Antonia mujer hecha veía con extraordinaria viveza la austera colegiala de días no lejanos. Le tenía absorto, pendiente de sus labios; a veces no podía reprimir un murmullo de asentimiento, o bien proponía con toda claridad una objeción. Poco a poco la plática degeneró en discusión, que sostuvieron medio ocultos a las miradas de las personas del salón por los pliegues de la cortina.

Había anochecido. De la profunda zanja sombría, abierta entre las casas, apenas iluminada por los faroles públicos, ascendía el silencio nocturno de Sulaco; el silencio de una ciudad en que sólo transitaban muy pocos carruajes, caballos sin herraduras, gente calzada de sandalias. Las ventanas de la casa Gould arrojaban sus brillantes paralelogramos sobre la de Avellanos. De cuando en cuando se oía ruido de pasos, acompañado del intermitente resplandor de un cigarrillo en la parte baja de los muros; y el aire de la noche, como si se hubiera filtrado por las nieves del Higuerota, refrescaba los rostros de los enamorados.

– "Nosotros, los occidentales -decía Martín Decoud empleando la denominación que a sí propios se daban los provincianos de Sulaco-, hemos vivido siempre separados y de un modo distinto de los demás. Mientras conservemos Cayta, nada puede llegar hasta nosotros. En la prolongada historia de nuestros disturbios no ha habido ejército que franqueara esas montañas. Cualquier revolución en las provincias centrales nos deja enteramente aislados. ¡Vea usted, si no, lo completo que es hoy nuestro aislamiento! La noticia de la expedición de Barrios se cablegrafiará a los Estados Unidos, y sólo por esa vía llegará A Santa Marta, siendo reexpedida por el cable del Atlántico.

"Poseemos las mayores riquezas, la mayor fertilidad, la mayor pureza de sangre en nuestras principales familias, la población más laboriosa. La provincia occidental debe tener gobierno independiente y aparte. El federalismo de otros días se amoldaba muy bien a nuestra situación y modo de ser. La unión, contra la que peleó don Enrique Gould, es la que abrió el camino a la tiranía; y desde entonces el resto de Costaguana pende de nuestros cuellos, como una rueda de molino. El territorio occidental es bastante extenso para constituir una nación capaz de satisfacer las más ambiciosas pretensiones. Además, ¡mire usted esas montañas! La misma Naturaleza nos está gritando: '¡Separaos!'"

Ella hizo un gesto enérgico de protesta, al que siguieron breves momentos de silencio.

– ¡Oh! No se me oculta que la separación es contraria a la doctrina expuesta en la Historia de Cincuenta Años de Desgobierno . Pero yo procuro colocarme en el terreno práctico, y lamento que mi buen sentido le dé a usted siempre motivo para ofenderse. ¿Le ha parecido a usted execrable una aspiración tan sensata?

La interrogada negó con un movimiento de cabeza. No, no le parecía execrable, pero el proyecto hería las convicciones de toda su vida. Su patriotismo era más amplio y no admitía la posibilidad de la separación.

– Pues pudiera muy bien ser el único medio de salvar algunas de sus convicciones -repuso él proféticamente.

Antonia no respondió: parecía fatigada. Los dos jóvenes permanecieron apoyados sobre el antepecho del balcón, uno junto a otro, muy amigablemente, después de agotar el tema político, entregándose a saborear el silencioso sentimiento de su proximidad en una de esas profundas pausas que sobrevienen en el ritmo de la pasión. Al extremo de la calle, contigua a la plaza, las vendedoras del mercado preparaban sus cenas en braseros encendidos, que proyectaban un resplandor rojo sobre el borde de la acera. Un hombre pasó calladamente por el círculo iluminado de un farol, mostrando el triángulo coloreado e invertido de su ribeteado poncho, que caía recto de sus hombros hasta debajo de las rodillas. De la parte del puerto y por la calle que a él conducía se acercaba un desconocido caballero en una montura de andar silencioso y pelo plateado que brillaba a la luz de cada farol bajo de la negra silueta del jinete.

– Aquí tenemos al ilustre capataz de cargadores, que viene muy ufano después de terminar su labor -dijo Decoud a media voz-. El segundo personaje de Sulaco después de Carlos Gould. Pero es un bello sujeto, que se ha dignado admitirme a su amistad.

– ¿De veras? -preguntó Antonia-. Y ¿a propósito de qué?

– Un periodista necesita tener puesto el dedo en el pulso de la multitud, y este hombre es uno de los jefes del populacho. El que escribe para el público debe conocer a los hombres de gran relieve, y el capataz lo es a su modo.

– ¡Ah!, sí -asintió Antonia, pensativa-. Dicen que ese italiano goza de mucho ascendiente.

El jinete había pasado por debajo de ellos; y los anchos lomos de la yegua gris, el brillante y enorme estribo del que salía la gran espuela plateada reflejaron un instante la débil luz del farol más cercano; pero aquel amarillento resplandor tan fugaz fue impotente para desvanecer el misterio de la sombría figura, cuyo rostro quedaba oculto por el gran sombrero.

Decoud y Antonia continuaron inclinados sobre el balcón muy cerca uno de otro, tocándose los codos, con las miradas hundidas en la oscuridad de la calle, y las espaldas vueltas a la brillante iluminación de la sala. Era un tête-à-tête sumamente indecoroso, que en toda la República no se hubiera permitido nadie más que la singular Antonia -la pobre muchacha, huérfana de madre, nunca acompañada por un padre descuidado, ¡que sólo había pensado en hacerla una sabia!

El mismo Decoud comprendió que no podía prometerse una intimidad más completa hasta que, terminada la revolución, se la llevara consigo a Europa, lejos de las interminables guerras civiles, cuya insensatez le parecía más insoportable que su ignominia. Después de un Montero vendría otro, y a éste seguiría la anarquía de un populacho de todos los colores y razas, la barbarie y de nuevo una tiranía necesaria. "América es ingobernable", como había dicho Bolívar con profunda amargura. "Los que han luchado por su independencia han perdido el tiempo lastimosa mente, han machacado en hierro frío." Pero a él no se le daba un ardite de eso -declaró sin rodeos, y aprovechó todas las ocasiones para decir a su amada que, si bien había logrado hacer de él un periodista del partido blanco, pero no un patriota. En primer lugar, la palabra no tenía ningún sentido para toda persona verdaderamente ilustrada, y, como tal, escéptica; y, en segundo lugar, el uso que del vocablo se había hecho en la serie de trastornos de aquel desdichado país le había despojado de toda dignidad. El patriotismo se había utilizado como grito de reclutamiento para la barbarie, como mando de la ilegalidad, del crimen, de la rapacidad, del pillaje.

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