Joseph Conrad - Nostromo
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– No hay nada; no hay nada que ver -repetía impaciente.
Así era: no había nada. Y, cuando el piquete destacado en los bosques cerca de la casa Viola recibió orden de retroceder para incorporarse al cuerpo principal, no se notaba el menor movimiento de vida en la faja de terreno polvoriento y árido comprendido entre la ciudad y las aguas del puerto. Pero, ya bastante avanzada la tarde, apareció un jinete saliendo por la puerta de la ciudad y avanzando intrépidamente en dirección a la Aduana. Era un emisario del señor Fuentes. Como venía solo se le permitió acercarse. Desmontó a la entrada del edificio, saludó con jovial impudencia a los circunstantes y pidió ser presentado inmediatamente al muy valiente coronel.
El señor Fuentes, al entrar en sus funciones de jefe político, había dirigido sus talentos diplomáticos a obtener el dominio del puerto y de la mina. El hombre elegido para negociar con Sotillo era un notario publico, a quien la revolución había sorprendido languideciendo en la cárcel común, acusado de falsificar documentos. Libertado por las turbas, junto con las demás "víctimas de la tiranía de los blancos", se había apresurado a ofrecer sus servicios al nuevo gobierno.
Había partido resuelto a desplegar el mayor celo y elocuencia posibles para inducir a Sotillo a entrar solo en la ciudad y celebrar una conferencia con Pedrito Montero. Nada estaba más lejos de las intenciones del coronel. La mera idea de ponerse en manos del famoso Pedrito le había causado varias veces hondo malestar. Eso, ni pensarlo: era una locura. Y también lo era declararse en franca hostilidad. Haría imposible la búsqueda sistemática del tesoro, de aquella enorme cantidad de plata que le parecía sentir en las inmediaciones, olfatear en un lugar cercano. Pero ¿dónde? ¡Cielos! ¿Dónde? ¡Oh! ¿Por qué había dejado partir al doctor? ¡Qué estupidez la suya! Pero, no: era lo único que se debía hacer, pensaba febrilmente, mientras el mensajero aguardaba abajo en agradable charla con los oficiales. En el verdadero interés de aquel canalla de doctor estaba el regresar con noticias positivas. ¿Y si había algo que se lo impidiera, como, por ejemplo, una prohibición general de dejar la ciudad? Tal vez hubiera patrullas.
El coronel, cogiéndose la cabeza con las manos, giraba sobre sus pasos, como herido de vértigo. Un relámpago de cobarde inspiración le sugirió un arbitrio, no desconocido de los estadistas europeos cuando desean aplazar una negociación difícil. Con botas y espuelas se acomodó en la hamaca con un apresuramiento que no se avenía bien con su dignidad. Con la tensión nerviosa producida por sus graves cuidados, se le había puesto amarillo el bien proporcionado rostro, y afilado el caballete de la correcta nariz, cuyos audaces orificios aparecían empequeñecidos y pellizcados. La mirada acariciadora y suave de sus bellos ojos se había apagado y aun descompuesto, porque los globos lánguidos, en forma de almendra, estaban inyectados de sangre a consecuencia de prolongados y siniestros insomnios. Habló al sorprendido mensajero del señor Fuentes con voz sorda y agotada, que salía con debilidad conmovedora de la espesa cubierta de ponchos tendida sobre su elegante figura hasta los negros bigotes, caídos, lacios, indicando postración física e incapacidad mental.
La fiebre, una fiebre grave, tenía abatido al muy valiente coronel. Una mirada extraviada y vagarosa, causada por los pasajeros espasmos de un ligero cólico que se había declarado de pronto, y el castañeo de los dientes, originado del terror reprimido, presentaban un aspecto tan vivo y real, que impresionaron al emisario. Eran los calofríos de la fiebre. El coronel manifestó que le era imposible pensar, atender ni hablar. Fingiendo un esfuerzo sobrehumano, balbució que no se hallaba en estado de dar una respuesta adecuada, ni de cumplir ninguna orden de Su Excelencia. Pero ¡mañana!, ¡mañana! ¡Ah!, ¡mañana! Que Su Excelencia don Pedro estuviera tranquilo. El bravo regimiento de Esmeralda ocupaba el puerto…, ocupaba… Y, cerrando los ojos, volvió a un lado y otro la dolorida cabeza, como un enfermo medio delirante, ante la escudriñadora mirada del enviado, que tuvo necesidad de inclinarse sobre la hamaca para recoger las penosas y entrecortadas frases del enfermo.
Entretanto el coronel Sotillo confiaba en que los sentimientos humanitarios de Su Excelencia permitieran regresar de la ciudad al doctor, al doctor inglés con su caja de medicinas extranjeras, para asistirle. Rogaba con encarecimiento a su merced, el caballero allí presente, que le hiciera el favor de preguntar en la casa Gould, al pasar por ella, si estaba allí el doctor inglés, como era probable, y decirle que el coronel Sotillo, enfermo de fiebre en la Aduana, demandaba sus servicios inmediatos. "Se le necesitaba sin demora, con la mayor urgencia: se le aguardaba con impaciencia extrema. ¡Y un millón de gracias por todo!"
Cerró los ojos fatigado y no quiso volverlos a abrir, permaneciendo inmóvil, sordo, mudo, insensible, abrumado, vencido, postrado, aniquilado por la terrible enfermedad.
Pero no bien el otro hubo cenado tras sí la puerta y salido al descansillo, el coronel saltó con ambos pies sobre un montón de cubiertas de lana. Enredáronsele las espuelas en un rebujón de ponchos y estuvo a punto de caer de cabeza, no logrando recobrar el equilibrio hasta que estuvo en medio de la habitación. Luego se ocultó tras unas celosías medio cerradas y se puso a escuchar lo que pasaba abajo.
El emisario había montado ya, y volviéndose a los oficiales ociosos que ocupaban la entrada principal, se quitó el sombrero ceremoniosamente.
– Caballeros -dijo en voz muy alta-, permítanme ustedes recomendarles que cuiden mucho a su coronel. De gran honra y satisfacción me ha servido ver en ustedes una excelente compañía de hombres que practican la virtud militar de la paciencia, permaneciendo en este lugar tan ingrato, con exceso de sol y sin agua que beber, mientras una ciudad, abundante en vino y mujeres hermosas, tiende sus brazos para recibir a unos valientes, como ustedes. Caballeros, tengo el honor de saludarlos. Esta noche se bailará mucho en Sulaco. ¡Adiós!
Pero refrenó el caballo e inclinó la cabeza a un lado al ver avanzar al viejo comandante. Muy alto y seco, metido en una especie de casacón estrecho que le llegaba a los tobillos, parecía el asta de la bandera del regimiento con la tela enrollada.
El inteligente veterano, después de enunciar en tono dogmático la proposición general de que "el mundo estaba lleno de traidores", siguió pronunciando con calor el panegírico de Sotillo. Extendióse enfáticamente en atribuirle todas las virtudes imaginables, y resumió sus elogios en la expresiva frase, común entre la clase baja de los occidentales (especialmente en los alrededores de Esmeralda):
– Y es -concluyó alzando de improviso la voz-, y es un hombre de muchos dientes . Sí, señor. En cuanto a nosotros -prosiguió portentoso y grave- su merced está contemplando el mejor cuadro de oficiales de la República, hombres de sin igual valor e inteligencia, y " hombres de muchos dientes ".
– ¿De veras? ¿Todos ellos? -inquirió el maligno mensajero del señor Fuentes con un asomo de risa socarrona.
– Todos, sí, señor -afirmó solemnemente el comandante con convicción. -Hombres de muchos dientes.
El otro hizo girar su caballo poniéndole frente al portal, que parecía la entrada de una casa de labor abandonada. Se alzó sobre los estribos y extendió un brazo. Era un granuja bromista, nacido en las provincias centrales, y que por lo mismo tenía en poco a los habitantes de la provincia occidental. La tontería de los esmeraldinos provocaba de un modo especial sus despectivas chacotas. Empezó a pronunciar un discurso sobre Pedro Montero con serio y aparatoso continente. Gesticulaba como si intentara reproducir ante ellos la imagen del caudillo. Y cuando vio que todos los rostros estaban atentos, y todas las miradas pendientes de sus labios, enumeró en voz alta una lista de perfecciones:
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