Volvió la cabeza hacia la mirada de Maribel.
– Tarado… -sonrió su hermana.
– ¡Estúpida!
Los ojos de Maribel parecían una corriente de agua.
– No llores, Mari.
– No estoy llorando.
– Sí que me acordaba de la parcela. También me acuerdo de una falda que tenías, de cuadros…
– La del colegio.
La miró a los ojos, en los que no hacía pie.
– No llores tú, Toñín.
– SÍ son lágrimas de cocodrilo. Extendió las manos hacia ella.
Aunque no llegaron a tocarse, el charco de sangre de Antonio avanzó hasta mojar el cuerpo de Maribel.
– Me acuerdo de todo.
Fueron sus últimas palabras.
La Princesa abrazó a Maribel.
– No le haga caso. Sí que lloraba de verdad. Le conocí: él no tenía cocodrilo.
– Toñín siempre lloraba de verdad.
Se alejaron en silencio, cogidas de la mano, hacia el punto de fuga.
Era el comienzo de una hermosa amistad.
Torrecilla se quitó la camisa y la hizo jirones para vendar la cinematográfica herida que la inspectora tenía en el hombro.
– No es nada.
– Pero puede haber lesiones internas.
Sus rostros quedaron a muy poca distancia uno del otro.
– Jefe, ¿es que no piensa darme un beso?
– ¿Un beso? ¿Dónde? ¿Cómo?
La inspectora besó al comisario.
Sonó la música y, sobre los desenfocados rostros policíacos, apareció sobreimpresionada la palabra fin.
Mientras se sucedían en caracteres diminutos los títulos de crédito, se fueron encendiendo las luces de la sala.
Los que se llamaban a sí mismos cinefilos permanecieron sentados para leer los nombres y apellidos de los carpinteros y electricistas. Testarudos y enfurruñados, miraban con desaprobación a los que salían maniobrando con los brazos por encima de la cabeza para ponerse los abrigos.
Cuando alcanzaron el vestíbulo, Ortueta encendió un cigarrillo.
– ¿Qué?
– ¡Hijo mío de mi alma, casi me quedo dormida, te lo juro! -Aquí, tres cuartos de lo mismo. Desde luego, si esto no
ha acabado conmigo, es que no hay quien pueda. -Pues entonces tendrás que prolongarte.
– ¡Vamos anda!
En la calle hacía frío. Ortueta se subió el cuello de la cazadora y cogió a Paquita del brazo. -Anda, vamos -repitió a la inversa.
Norte de Madrid, nueve meses después. A trescientos sesenta metros de profundidad, los doce miembros del Directorio Secreto (DS) mantienen una reunión de urgencia. Bajo tierra, en el bunker acorazado, no hay nombres ni identidades: sólo números.
– Pedro Fonseca, caballeros, se ha convertido en un problema -expuso Number Seven.
– Tenía instrucciones de llevar a cabo una revolución que los volviera a todos protagonistas, para que se quedaran de una vez a gusto -recordó Number Five.
– ¿Sí, verdad? Pues ya ve usted, ha intentado matar a una Princesa por su cuenta.
– ¡Y ha desencadenado la guerra civil entre hertzios y ca-todios!
– Caballeros, que yo sepa, nunca hemos puesto reparos a una buena guerra…
– Sí, Five, sí; pero es que ésta es en su propio beneficio. -¡Eso es muy diferente!
– Habrá que eliminarle del reparto -propuso Number Two.
– No tan deprisa, señores, no tan deprisa -advirtió Number Three-. Conviene dejar que esos tipos se despedacen unos a otros…
Number One sonrió. Hubo gestos afirmativos. Se aprobó por unanimidad la prolongación del conflicto en Venezolandia. Había que dar tiempo al tiempo.
– Sólo entonces -prosiguió Number Three -, cuando nos interese, habrá una intervención. Y en ese momento Mr. Fonseca es hombre muerto.
– ¿Qué pasará con Venezolandia?
– Ha sido prematuro. Tenemos que volver a empezar y no puede repetirse nada parecido. Convertiremos los enclaves conjeturales en universidades de verano y restauraremos, como de costumbre, el juego democrático.
Se aprobó por unanimidad.
– ¿Y qué les ha ocurrido a esos desgraciados?
Number Eight consultó unas carpetas y ofreció un epílogo sinóptico. Caso resuelto: el asesino de la nobleza en Madrid era Carranza y estaba muerto. También el secuestrador, un problemista gordo. María Isabel Maroto acababa de ser nombrada directora del IVAM en Valencia. Bobby Fischer, en paradero desconocido. El club Gambito de Dama, disuelto. Rafael Ruiz había empezado a dirigir su primera película. Benito Vela y Francisco Ulizarna tenían un vídeo-club en Alicante. Reina Zenaida, en el Rúber, prácticamente restablecida de una nueva liposucción. El Príncipe Heredero, Alejandro A. William, exhausto, se había transformado en holograma y tenía domicilio ñjo en la carta de ajuste. La Princesa acababa de declararse diseñadora. ¿De qué? Pues diseñadora, ya sabes, hija: en general, según afirmaba. En la comisaría de Rafael Calvo se había celebrado un matrimonio policíaco, el enlace Torrecilla-Menéndez. Francisca Montoya había abierto un restaurante en la calle Eguilaz. Del pronosticado Ortueta nunca más se supo. Quizá consiguiera por fin hacerse desaparecer a sí mismo, como Houdini.
– ¡Menuda pandilla de anormales perdidos, ¿no?! -se asombró Number Six.
– Tarados todos.
– ¿Y entonces la dichosa formula Omega?
– -Habrá que resignarse: no existe.
Una carcajada retumbó en la habitación.
Number One miró uno por uno a sus compañeros, sonrió y dijo:
– No sean niños, caballeros. Por supuesto que existe. Miren, aquí la tengo.
Once cabezas se acercaron a la caja rectangular en el centro de la mesa.
Cuando se abrió, los once proyectiles teledirigidos hicieron impacto en sus blancos.
Solo en el subsuelo de Pitis, Number One rompió a reír.
Aún debe de seguir allí, riéndose de todos nosotros.