Rafael Reig - La Fórmula Omega

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En una teleserie, los personajes secundarios organizan una revolución que obliga a los protagonistas hertzianos y catodios a exiliarse al otro lado de la pantalla, en Madrid, donde tendrán que enfrentarse al universo opaco de los telespectadores españoles. Siguiendo las instrucciones secretas que Bobby Fischer envía al Maestro Carranza, una organización criminal pone en movimiento su comando armado, dirigido por un taxista y compositor de problemas (no sólo de ajedrez) que tiene un propósito imposible: salir de sí mismo y conseguir entrar fuera. Cuando aparecen los primeros cadáveres la novela se precipita en un laberinto de amores prohibidos y persecuciones implacables que desemboca en la reglamentaria ensalada de tiros.
A través del humor, La fórmula Omega se propone forzar las posibilidades del género para lograr una novela diferente. Y, al mismo tiempo, una de pensar. ¿Qué es la fórmula? ¿Hay una verdad oculta? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de lo real? Estas son las preguntas que se hacen unos personajes arrinconados entre la memoria y la esperanza.

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Seguían bebiendo en exceso, fumando Ducados, pensando que ver la televisión hacía daño al alma, comprando cerámica popular, artesanía popular, marionetas populares, buscando al pueblo por las calles de la ciudad, llenos de buenas intenciones y esperanzas diminutivas: ¡cientos de miles de docentes castigados de cara a la pared!

Y el pueblo popular sin aparecer, la hora que era.

Bueno, ¿y él? ¿A él qué le habían hecho? ¿Quién le había hecho tanto daño? ¿Quién le había empujado contra la esquina?

Se miró a hurtadillas en el retrovisor. ¿A quién le echaba él la culpa?

A mi edad, con este cuerpo y metido a terrorista.

¿Cuánto tiempo vamos a seguir aquí, esperando lo que no se nos debe, compañero? ¿Con qué fórmula Omega voy a desatar ese nudo que me sujeta a mí mismo? ¿Cómo voy a lograr por fin entrar fuera?

¿Quién me ha hecho esto?

¡Nadie!, se dijo subiendo por Menéndez Pelayo. ¡Nadie! ¡Precisamente por eso!

A los doce años sus padres descubrieron que se pasaba las noches sin dormir, estudiando partidas. ¿Qué sucedió? ¿Castigos, amenazas, insistencia para que abandonara el tablero y se concentrara en los estudios? ¡Todo lo contrario! Apoyo y comprensión, kilos de. Nunca consiguió sentirse maltratado y jamás se le pasó por la cabeza que sus padres no le entendieran.

Por eso mismo, hacia Mariano de Cavia, a la vista del Retiro, se sentía tan desdichado.

Había que imaginárselo. Por supuesto que no había sido feliz, como cualquiera, pero su caso era más grave, porque sus padres habían puesto a su alcance todo lo necesario. ¿No querías arroz? ¡Dos tazas! Una, por no ser feliz. La segunda, porque además era culpa suya. Cada tarde de domingo triste – ¡encima!- estaba decepcionando a sus padres y desaprovechando aquellas cantidades abrumadoras de cariño y comprensión.

Tuvo que aprender a disimular. Llegaba a casa del colegio con lágrimas, pero nada más bajar de la ruta ponía una sonrisa de oreja a oreja, para no levantar sospechas.

Mientras tanto, Maribel entraba con la cara hasta el suelo y se encerraba de un portazo en su habitación, sin dar explicaciones. A veces despotricaba contra papá y mamá, la Dictadura, la Universidad Anquilosada, la Sociedad Burgue sa…, siempre tenía algo a mano.

A él no le quedaba más remedio que echarse la culpa a sí mismo.

Se encerraba en su camarote para lamerse las heridas, pero sólo encontraba huellas de su propia dentadura.

Que no le hubieran comprendido tanto, que no le hubieran dado apoyo, que hubieran tratado de impedir su verdadera vocación: ¡vengan castigos y sopapos! ¡Bienvenidos señores traumas y acomplejamientos! ¡A mí, doñas represiones y cortapisas! Pero sí ése era, precisamente, el camino más fácil, la ley del mínimo esfuerzo.

Por lo menos, así tendría a quién echarle la culpa.

Lo que le había sucedido, el ser tan infeliz a pesar de tanto cariño y tanta comprensión, eso sí que era un cargo. de conciencia. ¡Esto tenía delito, compañero!

¡Para no hablar de los efectos secundarios!

Devastadores, o sea, sencillamente devastadores.

La personalidad, según suponía Antonio, sólo se desarrollaba en contra de algo. Oponiéndose a un padre tiránico o a una madre posesiva era como uno se construía una identidad propia. Como Maribel, por el camino más fácil. Había que imaginarse, en cambio, a un muchacho que llegó a cumplir los veinte sin que apenas le hubieran llevado la contraria en nada importante; un pobre ser humano al que habían ido lenta, calculadamente, anulando en hectolitros de buenos sentimientos, abrumado por quintales de afecto, atosigado por toneladas de ternura; un joven sin voluntad, por falta de obstáculos contra los que ejercitarla; sin carácter, por ausencia de oposición; un auténtico piernas, un pobre tipo al que sistemáticamente le habían impedido sentirse alguien; un sujeto deshecho por el apoyo, masacrado de amor, gastado por los besos, como el esqueleto reluciente de aquellos dos, una mujer y un hombre, devueltos por el mar.

A la altura de Florida Park vio luz encendida en casa y distinguió dos coches en doble fila a la puerta del Jute.

Eran catorce-treintas destartalados y, como cualquier taxista, Antonio los reconoció sin dificultad: ¡coches-K de la policía secreta!

Sólo Mari tenía otra llave de la casa.

¡Traición!

Le había entregado a su amigo comisario, el tal Torrecilla.

Antonio dio media vuelta y volvió al piso franco de la calle Sicilia.

Bebió una ginebra.

Quizá dos o tres, no recordaba bien.

En la cocina, apartó el calendario y pegó el ojo a la perforación. Al otro lado de la pared, su pupila reemplazó a la de Lenin en la estación Finlandia.

Capítulo 33 EJECUCIÓN

Pedro Fonseca, en la soledad del poder, dictaba leyes de aleación de hierro.

Releyó el borrador del título VII de la nueva Constitución («De los cuerpos celestes, entidades trascendentes y vidrios rotos»):

Artículo 5. Queda prohibida la señal de la cruz.

5.1. Queda prohibido ensimismarse en presencia de terceras personas.

5.2. Queda terminantemente prohibido el avistamiento de ovnis en las áreas rurales.

5.3. Se garantizará, no obstante, el derecho al recuento recreativo de entidades siderales.

Reflexionó, empuñó el bolígrafo, cambió un «queda prohibido» por «se perseguirá», tachó «entidades siderales» y escribió encima «cualesquiera constelaciones fijas». Mordisqueó el capuchón y añadió con pulso febril:

5.4. Los poderes públicos promoverán por todos los medios a su alcance la instalación de luz propia en planetas y satélites, así como garantizarán el acceso de todos a los interruptores para encender y apagar a voluntad dichos cuerpos celestes.

No lograba concentrarse. Consideraba una y otra vez el valor simbólico de la Princesa en su poder. ¿Qué habría hecho Lenin? Lenin habría hecho lo que había que hacer, por supuesto.

¡Él no iba a ser menos que el amigo Vladimir!

Bajó de dos en dos las escaleras hacia el sótano.

– ¡Corrige trayectoria! -le ordenó al encéfalo-artillero de guardia-. Las nuevas coordenadas son 40, 25', 33" Norte y 3, 45', 23" Oeste.

– ¡Eso es Madrid, España! -acertó el soldado.

Se trataba de la situación exacta del cogote de Claudio Carranza. No era posible localizar a Bobby Fischer, que de nuevo se encontraba en paradero desconocido, pero don Pedrito confiaba en que Carranza obedecería órdenes directas, aunque no fueran dictadas con la voz del ex campeón del mundo.

– Sin pérdida de tiempo, ejecutarás a una Princesa de este modo… -iba diciendo don Pedrito, detallando paso a paso el nuevo plan que desafiaba las instrucciones de Pitis.

Capítulo 34 LOS AMORES RECREATIVOS

Tenía ojos de estar extasiada, con esa cara que se les queda a ¡os que llevan un walk-man y creen que el resto del mundo también está oyendo la misma música.

A imitación de los espectadores, encendió un Marlboro antes de hacer la pregunta.

– ¿Te habrías imaginado alguna vez que acabaríamos así?

¿Así cómo? ¿Contándose el uno al otro más de lo que ellos sabían sobre sí mismos? ¿Desnudos? ¿Poniendo en práctica las nociones que la Princesa había aprendido de su madre y las que a Antonio no había querido enseñarle su hermana? ¿Compartiendo un cucurucho de violetas imperiales?

Si se refería a que acabarían sobre el estrecho colchón del Frigorífico, la respuesta era afirmativa.

Por imaginar, Antonio se lo había imaginado a cámara lenta desde que la vio a través de las pupilas asiáticas de Vladimir Íllich Uliánov.

– Nunca -mintió-. ¿Quién nos lo iba a decir?

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