Rafael Reig - La Fórmula Omega

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En una teleserie, los personajes secundarios organizan una revolución que obliga a los protagonistas hertzianos y catodios a exiliarse al otro lado de la pantalla, en Madrid, donde tendrán que enfrentarse al universo opaco de los telespectadores españoles. Siguiendo las instrucciones secretas que Bobby Fischer envía al Maestro Carranza, una organización criminal pone en movimiento su comando armado, dirigido por un taxista y compositor de problemas (no sólo de ajedrez) que tiene un propósito imposible: salir de sí mismo y conseguir entrar fuera. Cuando aparecen los primeros cadáveres la novela se precipita en un laberinto de amores prohibidos y persecuciones implacables que desemboca en la reglamentaria ensalada de tiros.
A través del humor, La fórmula Omega se propone forzar las posibilidades del género para lograr una novela diferente. Y, al mismo tiempo, una de pensar. ¿Qué es la fórmula? ¿Hay una verdad oculta? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de lo real? Estas son las preguntas que se hacen unos personajes arrinconados entre la memoria y la esperanza.

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– Conque ajedrez… ¡Buen trabajo, Miguelito!

Fernando Armero, por su parte, acababa de terminar el análisis de las cintas.

– Hemos sometido las dos grabaciones a pruebas en la nueva máquina. Estamos seguros de que la primera llamada se trata de una mujer entre veinte y treinta años de edad. El oscilómetro no deja lugar a dudas: es una fumadora empedernida. Yo diría que de tabaco negro: puede que Ducados, puede que Coronas. A juzgar por las pruebas de resonancia, nos enfrentamos a una mujer alta, de más de ciento setenta centímetros, y con una caja torácica considerable. Dato curioso, jefe: el espectrógrafo indica que emitió el mensaje en posición horizontal. Acostada en la cama, por ejemplo. Tal vez a cuatro patas. No estaba de pie, de eso no cabe duda. Hemos estudiado a fondo la reverberación y casi puedo asegurar que hablaba a la intemperie, en una calle con mucho tráfico. Una vez desmagnetizada la cinta banda por banda, hemos podido aislar tres únicos sonidos agregados: el silbato de un tren, el ruido de la cisterna de un váter y automóviles pasando a gran velocidad. ¿Una autopista? Puede ser. Los tres sonidos están en un radio de medio kilómetro, así que, personalmente, apuesto por la M-30. También le hemos pasado la cinta a la brigada de sociolingüistas y están convencidos de que es una mujer que no ha pasado el graduado escolar. Sin educación formal de ninguna clase. Una intuitiva, según el gabinete psicológico. Dicen que es peligrosa, ya que se lo toma, o bien como juego abstracto, o bien con un fanatismo político concreto. O sea, para entendernos: o a pitorreo o demasiado en serio… ¡Dinamita, comisario! ¡Dinamita pura!

– Buen trabajo, Fernando. ¿Y el hombre de la segunda llamada?

– Aquí hemos tenido suerte. El nivel de metalización superflua indica que tiene que ser alguien acostumbrado a hablar por radio. Al principio pensamos en un radio-aficionado, un piloto o un locutor; pero las pruebas tetradimensionales de descomposición de cadencia de voz indican que se trata casi con seguridad de un conductor de radio-taxi: ¡sólo ellos arrastran las erres y aspiran así las jotas! Por lo demás, es un hombre de entre treinta y cuarenta, de clase media alta y con educación universitaria.

– Excelente, muchacho.

Las infatigables células grises del comisario comenzaron a trabajar. Recordaba que conocía a alguien en quien se unían el taxi y el tablero. Sí, ¿pero quién era?

Apareció en ese momento la inspectora Menéndez con una bolsa de Montreal 76.

– No se imagina lo que me ha costado, jefe. Como siempre, todos son culpables.

– Es uno de los aspectos más antipáticos de nuestro trabajo, Menéndez.

Carmen había descendido al metro en busca de la bolsa, pero cada vez que se identificaba como inspectora, provocaba la misma reacción en los pasajeros.

– ¡Lo sabía! -había gritado la mujer en el andén de Bilbao, tendiéndole las manos-. Póngame las esposas, señorita. Está muerto, ¿verdad?…' °~'

– ¿Quién?

– He sido yo. ¡Soy culpable!

– ¿De qué?

Entre sollozos, confesó que había confundido el matarratas con el pan rallado y se había puesto a empanar filetes. A la hora de la comida, a ella se le había quitado el hambre, mientras que su marido repetía de escalope envenenado.

– Cuando se fue a echar la siesta vi la calavera en el bote… Tras comprobar que la víctima lo era únicamente de ardor de estómago, pudo Carmen incautarse de la bolsa de deporte. Siempre lo mismo. Bajo tierra, empujándose, apretados los unos contra los otros, estaban esperando ser descubiertos en el momento menos pensado. Uno había robado en el cepillo de la iglesia, otro mataba a disgustos a su abuela, éste engañaba a su mujer con la cajera del súper, aquélla le había levantado la herencia a su prima-hermana María Teresa…

– Reclaman su castigo para quedarse por fin en paz – sintetizó Torrecilla.

– ¡Pero si son inocentes! -Algo habrán hecho… El comisario meditaba.

De pronto, se dio una palmada en la frente.

– ¡El hermano de Isa!

Había recordado que Isabel tenía un hermano que era taxista y jugador de ajedrez. Él podría ayudarles.

– Carmen y Miguelito: al amigo Carranza lo quiero vigilado veinticuatro horas al día.

Esa noche invitó a cenar a su amiga María Isabel Maroto. Le dejó escuchar la cinta.

A las diez de la noche Torrecilla ya tenía el nombre y apellidos del secuestrador: Antonio Maroto Martínez.

– Lo siento. De verdad, Isa.

– No tiene importancia. Tenía que acabar así. Es un tarado.

– Vamos a necesitar tu colaboración.

Capítulo 30 La servidumbre voluntaria

Caissa parecía contenta, pero tenía la mirada parcialmente nubosa, brazos de evolución diurna, inestabilidad en la vertiente norte de los pómulos y una mirada de pupilas anticiclónicas que hacía temer un pronóstico reservado para las próximas horas, con riesgo de precipitaciones que serían de nieve por encima de los 1 500 metros.

Con el delantal puesto, estaba friendo huevos para el desayuno.

Antonio escuchaba el parte meteorológico en la tele.

– Buenos días, Señor -apareció Ortueta con una toalla anudada a la cintura.

– ¡Si estás chorreando! ¡Anda a vestirte, que te vas a coger la muerte así descalzo!

Sin atender a Paquita, miraba con gesto suplicante a Antonio.

– Tengo lo que necesitas, Vulcano, tranquilízate. Después del desayuno te lo doy.

– Prefiero al contrario, Señor, si no es molestia.

– ¿Con el estómago vacío?

– Lo prefiero, Señor.

– ¡Pues no faltaba más! -intervino Paquita-. Primero, almuerzas algo, no te vaya a caer mal.

– ¡Qué más dará que le caiga mal, Paqui! ¿Es que no te das cuenta de que es heroína?

– Por mí, como si es Maizena. Que tome un bocado y luego se pone todas las inyecciones que le dé la gana.

– De acuerdo, Paca. Vulcano: vístete y desayuna.

A los escasos segundos reapareció Ortueta. Llevaba vaqueros y la cabeza cubierta por el niki que estaba poniéndose. Bebió una taza de café y se tomó un huevo frito de un solo bocado.

– ¡Jolínes, qué ansia! ¡Hijo mío! -Listo.

Antonio le entregó la papelina.

– No, si éste, con tal de autodestrozarse a sí propio, es capaz de cualquier barbaridad. El día menos pensado nos va a dar un buen susto.

– ¿Y qué quieres que le haga, Paca, tía, si estoy pronosticado?

Cuando Paquita volvió de recoger la bandeja de la secuestrada, estalló la tormenta.

Antonio intentaba hacerles entrar en razón. Lo primero, que no estaban privando a una persona de «un bien tan preciado como la vida misma» (esto es: la libertad, según Paquita), sino todo lo contrario: le estaban proporcionando el inolvidable sabor de la aventura, algo que contar, la oportunidad de salir por la tele y una buena razón para cambiar de costumbres sin tener que dar explicaciones… ¿Qué más querían, jcoño!? Como término medio, ¿qué podía durar un secuestro? ¿Cinco días, seis? ¿Una semana en chándal, con una dieta equilibrada, ejercicios gimnásticos y tiempo libre para reencontrarse con uno mismo y pensar en las cosas que realmente importen en esta vida? ¿Qué daño podía hacerle a nadie? Bien mirado, ¿no era incluso preferible a las típicas vacaciones en la Manga del Mar Menor?

– Pues ni le sale la voz -cabeceaba Paquita-. Deberías ir a verla, Señor.

– Le estamos haciendo mucho daño.

– ¡Ortueta, joder! No me seas simple, por favor. Desde luego, ¡cómo se nota que estás drogadicto perdido! ¡Mira las estadísticas, tronco! Después de un secuestro, en el noventa y nueve por ciento de los casos, los prisioneros vuelven a casa convertidos en mejores personas. ¿Sabías tú eso? Pues vete enterando. Números cantan, Vulcano: es una experiencia positiva. Se vuelven menos egoístas. Aprenden a valorar lo que tienen. Se hacen medio filántropos y dejan de pensar todo el tiempo en sí mismos. Hay empresarios que, tras un secuestro de tres o cuatro días, le suben el sueldo a los obreros…, ¡y estamos hablando de aumentos lineales de cien mil pesetas, Vulcano! Hay maridos que dejan de pegársela a su señora. Hay ejecutivos que lo abandonan todo para irse a vivir en contacto con la naturaleza y dedicar más tiempo a su familia. ¿Sabías tú que un gran porcentaje, más del ochenta por ciento, me parece, acaba dedicándose a actividades creativas? No lo sabías, ¿verdad? Pues sí, mira tú por dónde. Escriben poesías, hacen collages con las manos, aprenden a tocar un instrumento musical…

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