Rafael Reig - La Fórmula Omega

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En una teleserie, los personajes secundarios organizan una revolución que obliga a los protagonistas hertzianos y catodios a exiliarse al otro lado de la pantalla, en Madrid, donde tendrán que enfrentarse al universo opaco de los telespectadores españoles. Siguiendo las instrucciones secretas que Bobby Fischer envía al Maestro Carranza, una organización criminal pone en movimiento su comando armado, dirigido por un taxista y compositor de problemas (no sólo de ajedrez) que tiene un propósito imposible: salir de sí mismo y conseguir entrar fuera. Cuando aparecen los primeros cadáveres la novela se precipita en un laberinto de amores prohibidos y persecuciones implacables que desemboca en la reglamentaria ensalada de tiros.
A través del humor, La fórmula Omega se propone forzar las posibilidades del género para lograr una novela diferente. Y, al mismo tiempo, una de pensar. ¿Qué es la fórmula? ¿Hay una verdad oculta? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de lo real? Estas son las preguntas que se hacen unos personajes arrinconados entre la memoria y la esperanza.

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Amplificada por el megáfono, se oía la voz de Maribel. -Toñín, soy yo. Soy Mari. El helicóptero va a llegar…,

– Déle confianza -susurró Palmeras.

– De hecho, ahora mismo ya está volando. Lo que pasa es que hay vientos en contra. Vientos de ciento veinte nudos, Toni. Todavía puede tardar un rato.

– Correcto, señora. Ahora estimule su ego. Que se sienta el protagonista…

– Toni, ¡la que has montado! Tengo que reconocer que ha sido un buen trabajo. Por aquí todos lo andan diciendo, ¿verdad que sí?

– ¡Ya lo creo! -repetían uno a uno los policías asomando por turno las cabezas desde sus escondites en esquinas y tejados.

– Suficiente. Ahora hágale creer que es una víctima, ya sabe: la sociedad le ha hecho daño, le comprendemos… -sugirió Palmeras.

– A ti es que esta sociedad te ha hecho mucho de sufrir, Toni. Desde pequeños, te las has llevado siempre en el mismo carrillo…

– ¡Stop, señora, stop! -advirtió el psicólogo -. No vayamos ahora a provocar el rencor neurótico. Intente retrotraerle a su infancia…

– ¿Te acuerdas cuando éramos pequeños, Toñín? ¿Te acuerdas de la parcela? Di, ¿te acuerdas?

– Vamos bien, vamos bien…, pero, cuidado, le prevengo que puede reaccionar con una hipercompensación. Hay que intentar establecer contacto inmediato con su superego…

– Oiga, Palmeras, basta de pamplinas, ¿no le parece? -interrumpió Torrecilla-, Isabel, dile que suelte a la chica de una puta vez.

Maribel miró a los dos hombres como en un partido de tenis, empuñó el megáfono y gritó:

– ¡Escúchame, Antonio: suelta a la chica y no te pasará nada!

– ¡Ése no es el camino, señora! ¿Es que pretende provocar la contratransferencia?

– Que la sueltes ahora mismo -repitió Maribel. Torrecilla sonreía.

Transcurrieron varios minutos sin respuesta.

– Toni, no seas tarado. ¿Quieres soltarla ya?

– No la soltará -aseguró de pronto Fernando Armero.

– Claro que no. Se lo advertí -confirmó Palmeras-, Está bloqueado: acaban ustedes de provocar inhibición emocional anal aguda. En otras palabras: se ha cerrado en banda.

– Tonterías, Doc. No la soltará porque la chica está muerta. El sensor térmico sólo detecta dos cuerpos, uno de ellos con fiebre alta. Puesto que Alfa y Beta están vivos, ella está muerta, térmicamente hablando. Y tiene que llevar así, difunta, más de cuarenta y ocho horas, el tiempo para que un cadáver alcance la temperatura ambiente.

– ¡Hijos de la gran puta! ¡Los vamos a reventar!

Torrecilla se abrochó el chaleco antibalas.

– Me parece que llega el helicóptero. -Yo no oigo nada, Maestro.

Cuando se acercaron a la ventana, una detonación rompió el cristal. Cuerpo a tierra, oyeron la voz del comisario.

– ¡Se acabó el cuento! ¿Os rendís sí o no, cabrones?

– ¡Nunca! -respondió Carranza.

– ¡Jamás! -corroboró Antonio.

– ¡Perfecto! Si no salís antes de que cuente cinco, os vais a enterar. ¡Uno!

Las instrucciones del comisario eran claras: había que evitar a toda costa el derramamiento de sangre. La hermana de un secuestrador se encontraba presente y era amiga personal de Torrecilla.

Por lo demás, él actuaría en primera línea, la inspectora Menéndez se mantendría a cubierto tras la acacia y los Geos estrecharían el cerco y lanzarían bombas de humo para hacerles

En caso de fuerza mayor, si se veían obligados a disparar, apuntarían a los tobillos.

– Todos en sus marcas -ordenó por el sistema de radio. A continuación gritó por el megáfono:

– ¡Cuatro!

– ¡Regio! -pensó la Princesa, la cuerda había cedido.

Se arrancó el esparadrapo de la boca y pudo decir en voz alta:

– ¡ Supercrocanti!

Se desató los tobillos y se puso de pie. Le dolía todo el cuerpo y sentía la necesidad urgente de echarse agua de colonia en las manos. Alvarez Gómez, por favor, si puede ser.

Andaba con la vista en el cielo, para orientarse por la posición de las estrellas.

– Ahora sí que voy sin rumbo -se lamentó, al comprobar que ya era de día.

El Maestro le mostraba los dos puños cerrados. Antonio tocó el izquierdo.

Era el rey negro.

Le tocaba a Carranza la maniobra de diversión y a Antonio la misión imposible.

– Da igual, porque de todas formas yo ya estoy en Hache Ocho -Carranza señalaba la última y negra casilla del tablero.

– ¡Cuatro y medio!

– Intentaré entretenerles para que puedas alcanzar el taxi. -Maestro…

– No digas nada, hijo. Recuerda: Gens Una Sumus. Antonio tradujo el lema de la aborrecida FIDE:

– Somos una familia.

Con una pistola en cada mano, el Maestro Carranza von Thurns abrió la puerta.

– ¡Y cinco! Ahora sí que os la habéis cargado, cabrones -hizo una seña a sus hombres -. ¡Luz, cámara, acción!

Rodilla a tierra, el capitán de los Geos disparó una bomba de humo que entró por la ventana y se posó en el suelo, emitiendo un silbido característico al girar sobre sí misma.

En ese instante los Geos vieron con asombro a un anciano que se lanzaba hacia ellos disparando.

– ¡Banzái! -gritaba don Claudio.

Se detuvo en seco. Su cuerpo, elevado por las balas, se agitaba en el aire cual marioneta de trapo (vale decir pelele y también polichinela). En tres o cuatro fracciones de segundo recibió ciento treinta y cinco impactos. Cayó sobre el charco de su propia sangre y pensó dos cosas de inmediato. La primera, que debía pronunciar unas últimas palabras. La segunda, que era una suerte que hubiera caído boca abajo: su nuca quedaba al descubierto, lo que aún le permitiría recibir la revelación de la fórmula Omega. Necesitaba con cierta urgencia instrucciones detalladas para no morirse.

– ¡Buen trabajo, chicos: lo habéis dejado como un colador! – observó el capitán de los Geos mientras se ajustaba la máscara de gas -. Ahora vamos dentro a por el otro idiota.

Antonio no estaba en el interior. Había aprovechado el humo y la maniobra del Maestro para deslizarse hasta un arbusto.

La tierra comenzó a temblar a medida que el batallón de Geos marchaba al asalto. Entraron en el edificio abriendo fuego, a la vez que gritaban:

– ¡Alto-policía-alto-o-disparo!

Era su oportunidad. Tenía que llegar al taxi.

Al oír los disparos, la Princesa corrió hacia el tronco de una acacia.

– ¡Hostias, Alteza! -la reconoció Carmen-, Soy policía.

– ¡Regio!

– ¿Cómo se encuentra? -Agotada, chica, tú me dirás…

– ¿Qué puedo hacer por usted?

– Tutéame, anda…, y dame un abrazo muy fuerte. A veces necesito que alguien me abrace en el acto. Cualquiera vale.

Las dos mujeres se apretaron contra la corteza del árbol.

– Asunto concluido -Torrecilla se estaba quitando el chaleco antibalas.

– ¡Está fuera, jefe! ¡El gordo ha salido! Repito: el sujeto Beta está fuera y armado. Cambio -advirtió la inspectora.

– No te muevas. Cambio y corto -Torrecilla vio a Carmen correr hacia la casa. Otra mujer la seguía.

– ¡Que no quiero heroínas, cono!

Bajo el arbusto, Antonio vio acercarse a Torrecilla, seguido de una mujer pistola en mano, seguida de la Princesa, seguida de Maribel.

– ¡Diles que no me maten, Mari! Antonio abrió fuego.

El comisario se tiró al suelo y la bala hizo impacto en el hombro de la inspectora.

– ¡Jolines! -acertó a decir la Princesa, antes de tirarse al suelo.

– Todo encaja…, ¡click!

Antonio recogió las últimas palabras del Maestro y cerró los ojos en el instante en que el comisario le disparaba.

Estaba de rodillas. La bala explosiva le destrozó el pecho y le tumbó hacia atrás.

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