Vuelves a mirarla y, aunque no te arrepientes de lo hecho, no estás muy seguro de si estás contemplando un ángel que te ha enseñado el camino de la felicidad y el placer o un demonio que te ha arrastrado a la perdición. El mundo, el demonio y la carne.
Por más que huyas no puedes alejarte del mundo, el mundo siempre sale a tu encuentro, lo sabes bien, lo has sufrido en tu propia carne y en la de los tuyos.
El demonio, pero ¿existe el demonio? Si existe Dios debe existir el Diablo, lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, el yin y el yang, como dicen los budistas, ya que siempre te ha interesado comparar la espiritualidad de otros pueblos con la de tu propia fe. Si piensas eso al final el problema no es la existencia de Satanás sino la de Dios, pero eso ya no te atreves a cuestionártelo, no puedes poner en almoneda aquello que, mejor o peor, ha dado sentido a tu vida.
Y como vértice último de esa trilogía maldita la carne, la ominosa y mitificada carne. Un eufemismo para referirse al sexo cuando en realidad si los eufemismos se usan para embellecer algo feo o sórdido, más sórdida aún es esa expresión. La carne. ¿Es de verdad tan peligrosa? Ahora no lo crees, aunque te has abandonado a ella, en cierto modo ha marcado el punto de no retorno de tu transgresión, de tu rebeldía en suma.
Vuelves a mirar su cuerpo desnudo, sus largos y negros cabellos que caen indolentemente sobre su pezón izquierdo, excitante incluso en el sueño, y recuerdas. ¡Hace ya tanto tiempo que te ordenaste y juraste tus votos! Obediencia, pobreza y castidad. Y ahora has roto los tres.
Obediencia, pero ¿lo has roto en realidad? ¿A qué debes más obediencia, a las normas de tu congregación o a tu propia conciencia? ¿A la rigidez del sistema en que se ha convertido la propia Iglesia o al mensaje de amor que nos legó Jesús de Nazaret? ¿Eres de verdad un auténtico transgresor o tan sólo estás redescubriendo los orígenes de tu propia religión? En el fondo tú siempre has sido obediente, primero a tu madre, a esa madre que enviudó de modo prematuro, a la que le arrebataron injusta y violentamente el marido, dejándote sin padre. Y obediente también a la memoria de ese padre al que apenas conociste y que, quizá por eso, te ha marcado tan profundamente, ese padre que apenas en contadas oportunidades ha podido jugar contigo y que se ha convertido en una figura que, de mítica, ha perdido su sentido familiar.
Pobreza, ya no eres pobre, aunque para ello hayas tenido que romper con otro de los diez mandamientos. «No hurtarás», aparecía escrito en las tablas que Moisés bajó del Sinaí, tras hablar con Yahvé, el Dios de los judíos, el Dios-Padre de los cristianos, pero tú has hurtado, has robado, aunque no te consideras un ladrón. El dinero que has cogido no es más que un medio necesario para conseguir tu objetivo, un objetivo del que no estás seguro del todo que sea divino, pero sí humano, profundamente humano. Es sólo un medio pero ¿el fin justifica los medios? Siempre has estado instalado en la duda, en esto como en muchas cosas más, quizá sea tu carácter intelectual o quizá un signo de debilidad, tampoco estás muy seguro, y a veces has pensado que sí y otras muchas que no. Si lo hubieras tenido claro desde el principio, tanto a favor como en contra, tu vida hubiera sido diferente. Por lo menos, equivocado o no, hubieras tenido una línea de conducta perfectamente trazada y definida, una vida más o menos coherente, pero con esa eterna duda no has hecho más que oscilar de un lado a otro, siempre añorando una base firme. Ahora mismo, lo que estás haciendo, no es consecuencia de una decisión meditada sino de uno de esos arrebatos que de vez en cuando te dan, de esas ráfagas imprevistas de decisión que te hacen saltar sin red y sin posibilidades de volver atrás. Si caes en blando bien pero si no, te estrellarás solo.
Castidad, ¿por qué es tan importante? Y aquí ya no tienes excusa. Quizá tengas buenas razones, o te las inventes, para romper con tus votos de obediencia y pobreza, pero el voto de castidad podría haberse mantenido sin problemas, ¿o quizá no? En realidad ella ha sido el detonante de tu actuación. Quizá sin ella la vida hubiera seguido igual para ti, o quizá hubieras encontrado otro acicate para actuar, pero eso son puras hipótesis. La única realidad es que ella está contigo ahí, en la cama, y que sin ella tú seguirías siendo el sacerdote, el religioso que eras antes, ocupado tan sólo en tus clases de religión a los alumnos de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, tus charlas y reuniones con las comunidades cristianas de base y con diversas organizaciones no gubernamentales y de apoyo a los marginados, actividades que piensas que tellenaban plenamente, pero no debía de ser así porque llegó ella y tu vida cambió. Si para bien o para mal aún no lo sabes, pero tu vida cambió.
Vuelves a mirarla, sí, está ahí, junto a ti en la cama, durmiendo semidesnuda, con una apacible sonrisa en su cara, más hermosa que las vírgenes de Botticelli, sensual y deseable. Sí, deseable del todo. Sabes que ante ella no puedes resistirte y haces lo único que puedes hacer, lo que quieres hacer. Acercas tus labios a los suyos y le tocas un pecho, mientras observas su reacción. Quizá no estaba del todo dormida porque abre los ojos y te sonríe, con una sonrisa capaz de iluminar toda la habitación, mientras se quita de un golpe el camisón y empieza a arrebatarte la ropa que llevas puesta. En pocos segundos estáis los dos desnudos, solos en esa cama tan pequeña que os obliga a permanecer juntos, muy, muy juntos.
En un primer momento nadie se preocupó en el colegio por la ausencia del padre Gajate. Aunque sus clases comenzaban a las nueve de la mañana no era raro que no pudiera acudir, ya que sus otras ocupaciones pastorales impedían a menudo que asistiera a las aulas con normalidad. Cuando ello ocurría se solía personar un sustituto para dar la clase del día y el tema quedaba zanjado. Pese a tratarse de un colegio confesionalmente católico, dirigido por religiosos, la asignatura de religión, por lo menos a efectos curriculares, no era la más importante ni la más conflictiva. Ningún padre se quejaba nunca por esa situación, como se hubiera quejado si esos cambios continuos de profesor se produjeran, por ejemplo, en la clase de matemáticas. Y por eso mismo el padre Gajate tenía cierta bula para no asistir a clase o hacerlo con retraso.
Lo que sí parecía más raro era que no lo hubiera avisado con anticipación, como hacía habitualmente, pero se achacó a una posible urgencia que le habría impedido ponerse en contacto con el propio colegio. Aunque el centro era regido por una orden religiosa, muchos de sus sacerdotes, sobre todo los más jóvenes, no residían en su interior sino en pisos comunitarios ubicados, generalmente, en barrios y zonas marginales de Bilbao, en parte por un prurito de independencia y en parte por integrarse más a fondo en las vivencias de la diócesis. El padre Gajate vivía en un piso situado en el barrio de El Peñascal, un piso de apenas sesenta metros cuadrados que compartía con otros tres sacerdotes. Curiosamente, y pese a estar dotado de teléfono, a nadie se le ocurrió llamar para preguntar por él. Fue por tanto al día siguiente cuando de verdad empezaron a preocuparse sus hermanos de congregación, tanto los que residían en el colegio como en el piso, y poco a poco tuvieron que hacerse a la idea de su desaparición.
Al tercer día vieron que era necesario tomar una determinación, por eso el rector del colegio llamó a su despacho a uno de los religiosos que vivía en el centro educativo, el padre Vázquez. Era éste un hombre que se había ordenado ya mayor, después de haber pasado la mayor parte de su vida trabajando en el Cuerpo Nacional de Policía. Sus antecedentes como ex miembro de la Brigada Político Social en tiempos del régimen franquista así como su ligazón a los servicios de información dependientes de quien era mano derecha del dictador, el almirante Carrero Blanco, habían originado una evidente marginación del padre Vázquez en la comunidad religiosa, motivo por el que residía en el interior del colegio en lugar de en un piso. Era cierto y conocido que el ex comisario Vázquez había profesado las órdenes religiosas como un modo de expiar los pecados -más bien, en opinión de muchos, atrocidades- cometidos cuando era un policía temido entre los sectores de oposición al antiguo régimen dictatorial. También se admitía, de otro modo no le hubieran permitido profesar, que su conversión era sincera pero pese a ello para muchos de sus hermanos de fe y congregación era extremadamente duro convivir con él. El padre Vázquez aceptaba eso como parte de su penitencia, la corona de espinas que según él había asumido desde que se cayó del caballo en su particular camino de Damasco, pero no podía evitar el sentir cierto amargor cada vez que se quedaba solo en el interior de su celda, sin más compañía que un ejemplar de la Biblia y un misal. No obstante, uno de los votos que había jurado mantener era el de obediencia; por eso, cuando su superior jerárquico en la comunidad le citó en su despacho, acudió sin demora.
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