– Vaya -dijo en voz baja-. Solo han hecho falta un par de meses para que al polluelo que me trajeron le crecieran las alas. Y apenas ha aprendido a volar, ya se atreve a imponer normas a la vieja águila.
– Perdona, tío -dijo enseguida Quentin, que ya lamentaba haberse expresado con tanta crudeza-, no quería parecer arrogante. Solo pretendía…
– Está bien, muchacho. No me lo tomo a mal. Pero es una experiencia humillante oír hablar a la joven generación con la sabiduría y la sensatez que en realidad uno mismo debería aportar. Tienes toda la razón. En algún momento tengo que poner punto final a estos sucesos, o me perseguirán eternamente. Si la visita al profesor Gainswick no nos proporciona ningún resultado, dejaré correr este asunto, por duro que me resulte. ¿De acuerdo?
– De acuerdo -replicó Quentin. De pronto comprendió qué le había parecido tan extraño en la mirada que le había dirigido su tío: por primera vez el gran Walter Scott no había mirado ya a su sobrino como a un joven ignorante, sino como a un adulto. Un socio con igualdad de derechos comprometido en la búsqueda de la verdad.
Sir Walter conocía a Miltiades Gainswick desde hacía tiempo; durante sus estudios, el profesor, que había enseñado durante muchos años en la Universidad de Edimburgo, había sido para él un amigo sabio y un mentor, con el que había seguido manteniendo contacto durante todos esos años.
Aunque Gainswick no era un historiador en sentido estricto -en realidad, para el jurista la ciencia histórica constituía más bien un pasatiempo-, el profesor había alcanzado cierta fama en este campo y había publicado ya algunos artículos en la renombrada publicación periódica Scientia Scotia. Sus especialidades eran la historia celta y la historia temprana de Escocia, que parecían ejercer en el erudito nacido en Sussex una fascinación especial.
Ya desde Abbotsford, sir Walter había escrito una carta a Gainswick y le había comunicado que deseaba visitarle en Edimburgo. Y poco después de su llegada a la ciudad, el profesor le había informado, a través de un mensajero, de que le alegraría mucho recibir su visita.
Quentin, que después de sus titubeos iniciales se había declarado dispuesto a apoyar a su tío en las investigaciones, casi se arrepintió de su decisión al ver hacia dónde dirigía el carruaje el cochero: a High Street, que ascendía, en una pendiente primero suave y luego cada vez más empinada, hacia el castillo real, pasando ante la catedral de Saint Giles y el edificio del Parlamento, que sir Walter conocía muy bien, pues en él celebraba sesión, a intervalos regulares, el Tribunal de Justicia.
La razón del malestar de Quentin se debía a que High Street -o «la milla real», como se conocía popularmente- era también la calle en que, con diferencia, se encontraba el mayor número de casas encantadas. Aquí se desarrollaban todas las terroríficas historias con las que el viejo Max el Fantasma asustaba a los niños, y aunque naturalmente Quentin ya sabía que eran solo historias inventadas, al pensar en ello no podía evitar sentir un ligero escalofrío.
Cuando el coche llegó a su destino, ya había empezado a oscurecer. Vigilantes nocturnos con mantos oscuros estaban encendiendo los faroles de gas que bordeaban la calle hasta el castillo. Y aunque su pálida luz disipaba las tinieblas, a ojos de Quentin no contribuían a hacer menos siniestra la escena.
Las estrechas y altas fachadas de las lands, como llamaban a las casas que se sucedían a lo largo de High Street, se elevaban sombrías y lúgubres hacia el nublado cielo nocturno, y entre ellas se abrían estrechos callejones laterales rodeados de muros sin ventanas -llamados wynds-, que conducían a apartados patios traseros conocidos con el nombre, sin duda bien justificado, de closes. En días menos civilizados no era raro que algún confiado paseante fuera acechado en ellos y acabara con un cuchillo entre las costillas; según se decía, sus espíritus atormentados rondaban todavía por los callejones y los patios…
Cuando Quentin bajó del carruaje, parecía tan azorado que sir Walter no pudo reprimir una sonrisa.
– ¿Qué te ocurre, muchacho? ¿No habrás visto a un fantasma?
Quentin se estremeció.
– No, tío, claro que no. Pero, de todos modos, no me gusta este lugar.
– Aun a riesgo de decepcionarte, te diré que, según mis informaciones, no se ha avistado ningún fantasma en High Street en los últimos años; de manera que puedes estar tranquilo.
– Te burlas de mí.
– Solo un poco -dijo riendo sir Walter-. Perdona, pero es divertido ver con qué obstinación se impone la superstición entre nuestro pueblo a pesar de la ilustración. Posiblemente no nos diferenciemos tanto de nuestros antepasados como nos gustaría suponer.
– ¿Dónde vive el profesor Gainswick? -preguntó Quentin para cambiar de tema.
– Al final de este callejón -replicó sir Walter, señalando hacia uno de los winds, y deliberadamente pasó por alto la expresión avinagrada que puso Quentin al escucharlo.
Sir Walter pidió al cochero que esperara y se dirigieron caminando hacia la casa del profesor, que efectivamente se encontraba al extremo del wind, al otro lado de un estrecho patio trasero. Quentin no se sintió muy satisfecho ante la perspectiva de pasar la velada en compañía de un viejo erudito en aquel edificio de fachada oscura, altas ventanas y frontón puntiagudo, que tenía exactamente el aspecto de las casas encantadas de las antiguas historias.
Sin embargo, en cuanto vio al profesor Gainswick, sus prejuicios se desvanecieron. El erudito, que desde hacía algunos años estaba jubilado, era un tipo jovial; no un británico seco y ascético, sino un hombre con una pronunciada barriga, que revelaba un estilo de vida hedonista. Aunque estaba casi calvo, una barba gris que le llegaba hasta las mejillas enmarcaba su rostro, y bajo las espesas cejas brillaban unos ojos pequeños y astutos. Su cara sonrosada dejaba entrever que, junto a los numerosos atractivos que ofrecía Escocia, el profesor sabía apreciar también el scotch. Su cuerpo rechoncho estaba embutido en un manto señorial de cuadros escoceses y calzaba unas zapatillas a juego.
– ¡Walter, amigo mío! -exclamó alegremente desde el gran sillón de cuero en que se encontraba sentado junto a la chimenea, cuando sir Walter y Quentin entraron en la acogedora sala de estar.
El saludo fue cordial; Gainswick abrazó a su antiguo alumno, que le hacía sentirse, según dijo, «tan orgulloso y honrado», y saludó también a Quentin con gran efusividad. Les ofreció un lugar junto al fuego y les sirvió un whisky, que calificó de auténtica delicia. Luego brindó a la salud de su famoso pupilo, y los tres vaciaron los vasos conforme a la antigua tradición.
Aquel líquido ambarino de apariencia inofensiva produjo en el sobrino de sir Walter, que no solía beber whisky, un efecto devastador. El brebaje no solo le quemó como fuego en la garganta, sino que, a continuación, Quentin tuvo la sensación de que alguien había puesto boca abajo la casa del profesor Gainswick. Con la cara roja como un pimiento, volvió a dejar el vaso, y respirando regularmente y abanicándose con la mano, se esforzó en conservar al menos la dignidad y no caerse de la silla.
En su entusiasmo, Gainswick no se dio cuenta de nada, y si sir Walter lo notó, no lo dejó ver. También él parecía muy contento de volver a encontrarse con su antiguo mentor después de tanto tiempo. Los dos hombres intercambiaron recuerdos emocionados antes de llegar finalmente al verdadero motivo de la visita.
– Walter, mi querido muchacho -dijo el profesor-, por más que me alegre de que su camino le haya conducido de nuevo a mi modesta casa, me pregunto cuál puede haber sido la razón. Sé que es usted un hombre muy ocupado, de modo que supongo que no ha sido solo la nostalgia de los viejos tiempos. -Y dirigió a su antiguo alumno una mirada escrutadora.
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