Michael Peinkofer - Trece Runas

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Escocia, siglo XIX, un secreto y una oscura hermandad pueden cambiar la historia de Inglaterra.
Con la muerte en extrañas circunstancias de un ayudante del escritor Walter Scott arranca una serie de sucesos inquietantes. Pero las pesquisas que emprende sir Walter chocan repetidamente contra muros de silencio. ¿Qué esconde el inspector llegado ex profeso de Londres? ¿Qué secreto protegen desde hace siglos los monjes de la abadía de Kelso? ¿Qué presagios encierra la espada marcada con una runa a la que conducen las investigaciones de sir Walter y su sobrino Quentin?
Pronto culminará una maquinación por el poder cuyo origen se remonta a la Edad Media, una trama enraizada en oscuras tradiciones druídicas, en el antiguo enfrentamiento entre los héroes escoceses William Wallace -más conocido como Braveheart-y el rey Roberto I de Escocia, y en la lucha de dos sectas centenarias por evitar o provocar el nuevo advenimiento de la edad de la magia

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– ¿De… de verdad? -preguntó Sean, atónito.

– Claro que no, milady -añadió Moira rápidamente-. ¿Qué podría tener en contra?

– Entonces que los músicos toquen algo -pidió Mary riendo-. Pero algo rápido, alegre, si es posible. Y por favor, sed indulgentes conmigo; me temo que no conozco vuestros bailes.

– Entonces se los enseñaremos con mucho gusto, milady -aseguró Sean, que, con un gesto, indicó a los tres músicos que volvieran a sus instrumentos.

Unos segundos más tarde, el ritmo palpitante del tambor y los alegres gorjeos de la flauta llenaban la habitación. El aprendiz de herrero inclinó la cabeza en un gesto de ánimo, tendió la mano a Mary, y un instante después la arrastró consigo a la pequeña pista de baile.

Al momento, los restantes invitados formaron un círculo en torno a ambos, dando palmadas y golpeando el suelo con los pies al ritmo de la música. Mary se echó a reír. Su risa resonó cristalina y aliviada, y tuvo la sensación de que se deshacía de una enorme carga. Liberada de las coerciones de la etiqueta, se sintió revivir, y por primera desde Abbotsford, tuvo de nuevo la sensación de ser una criatura viva, palpitante.

El joven Sean era un bailarín lleno de temperamento. Aunque Mary no dominaba ni uno solo de los pasos, la hizo girar sobre las tablas mientras ejecutaba divertidas cabriolas. Mary pronto descubrió que allí no había ningún ceremonial, ni figuras fijas ni reverencias a las que atenerse. Se dejó llevar sencillamente por la melodía y se movió al ritmo de la música. El miriñaque de su pesado vestido se balanceaba a un lado y a otro como una campana, lo que divirtió sobre todo a los niños, que lanzaron risas alborozadas.

– Ya has bailado bastante, jovencito -dijo muy animado un viejo escocés, en quien Mary reconoció al maduro encargado de los establos del castillo-. Tu novia te echa en falta. Ahora déjame a mí bailar con la dama.

– Como quieras, tío -respondió Sean con una sonrisa irónica.

El novio se retiró y el viejo sirviente se inclinó ante Mary.

– ¿Me concedería el honor, milady? -preguntó galantemente.

Mary tuvo que hacer un esfuerzo para contener la risa.

– ¿Cómo podría rechazar una invitación tan galante, señor? -replicó sonriendo divertida, y un instante después la habían sujetado del brazo y la hacía girar como una peonza.

Con una energía y una habilidad difíciles de imaginar en un hombre de su edad, el viejo encargado saltó sobre la pista de baile, elevándose en el aire y juntando los talones como si la fuerza de la gravedad no tuviera efecto sobre él. Mary giró en círculo al son de la música. Su pulso se aceleró y sus mejillas se tiñeron de carmín.

La pieza que tocaban los músicos llegó al final, pero antes de que Mary hubiera podido sentarse, empezó la siguiente melodía, más alegre y animada aún que las anteriores. Algunos de los niños se acercaron, cogieron a Mary de la mano y bailaron en corro con ella. Por un rato, la joven olvidó todas sus preocupaciones y temores.

Dejó de pensar en Malcolm de Ruthven y en el triste destino que la esperaba.

No era consciente del desastre que se cernía sobre ella.

8

Muy a su pesar, sir Walter había decidido seguir el consejo de Dellard y trasladarse a Edimburgo.

Aunque sabía que eso era lo mejor para los suyos, al señor de Abbotsford le costó un gran esfuerzo despedirse de su querida propiedad.

Únicamente el viejo Mortimer, los jardineros y los artesanos permanecerían en el lugar para vigilar la casa, mientras que los demás sirvientes habían sido liberados de sus obligaciones por lady Charlotte. Solo los criados y las doncellas acompañarían a la familia a Edimburgo.

Finalmente, partieron de Abbotsford un viernes, que, en opinión de sir Walter, no habría podido ofrecer un tiempo más adecuado para la despedida. El cielo estaba gris y cubierto de nubes, y llovía a cántaros. La carretera estaba tan blanda que el carruaje se veía forzado a avanzar muy lentamente.

Durante todo el viaje a Edimburgo sir Walter apenas abrió la boca. Podía adivinarse por su expresión que consideraba la retirada de Abbotsford una derrota personal, y que si hubiera sido por él nunca habría cedido.

También Quentin, que viajaba en el carruaje con los Scott, se encontraba de un humor sombrío. Aunque no tenía nada en contra de dejar Abbotsford y encontrarse así fuera del alcance de los rebeldes enmascarados, no le agradaba en absoluto la idea de volver a Edimburgo con su familia. En el breve tiempo que había pasado al servicio de su tío, había empezado a descubrir las posibilidades que se ocultaban en su interior. Si ahora regresaba a casa de una forma tan repentina, no tardaría en volver a ser el hombre que había partido de ella: un don nadie, que, a ojos de su familia, no era capaz de hacer nada de provecho.

Debido al mal tiempo, el viaje fue fatigoso y duró más de lo previsto. Sir Walter y los suyos no llegaron a Edimburgo hasta el domingo. La casa que la familia Scott había adquirido estaba situada en Castle Street, en el corazón de la ciudad antigua, al pie de la montaña coronada por el majestuoso castillo real.

Quentin sintió un peso en el corazón cuando el carruaje se detuvo ante la casa de los Scott. El viaje había llegado inevitablemente al final, y con ello también la aventura que había vivido junto a sir Walter. Un profundo suspiro escapó de su garganta cuando el cochero abrió la puerta y abatió el estribo.

– ¿Qué te ocurre, querido muchacho? -preguntó lady Charlotte a su modo tierno y compasivo-. ¿No te ha sentado bien el viaje?

– No, tía, no es eso.

– Estás muy pálido y tienes la frente sudada.

– Estoy bien -le aseguró Quentin-. Por favor, no te preocupes. Es solo que…

– Creo que ya sé lo que le ocurre a nuestro joven aprendiz, querida -dijo sir Walter, y una vez más hizo honor a su fama de buen conocedor de la psicología humana-: creo que no quiere volver a casa porque aún no ha descubierto lo que busca, ¿no es eso?

Quentin no respondió; el joven bajó la mirada, cohibido, y se limitó a asentir con la cabeza.

– Bien, muchacho, me parece que puedo ayudarte. Como he despedido a mis estudiantes, y sin embargo tengo la intención de proseguir mi trabajo aquí, en Edimburgo, me será imprescindible la ayuda de un colaborador diligente.

– ¿Quieres decir… que puedo quedarme?

– Nunca he dicho que tuvieras que irte, muchacho -replicó sir Walter sonriendo-. Escribiremos una carta a tu familia diciéndoles que estás de nuevo en la ciudad. Además, les informaré de que estoy muy satisfecho con tus servicios y de que sigo necesitando tu ayuda.

– ¿Harías esto por mí?

– Naturalmente, muchacho. Además, no puede decirse que sea una mentira; porque en efecto hay algunas cosas que tengo intención de hacer aquí para las que me será útil contar con un poco de ayuda.

Sir Walter había bajado la voz hasta convertirla en un misterioso susurro, y su mujer frunció el ceño, preocupada.

– No te inquietes, querida -continuó Scott en voz alta-. Aquí, en Edimburgo, estamos seguros. No puede sucedernos nada.

– Eso espero, querido. Ojalá sea así.

Los viajeros descendieron del carruaje y entraron en la casa, que ya habían preparado los sirvientes que habían enviado por delante. Un cálido fuego chisporroteaba en las chimeneas de los aposentos y en el aire flotaba el aroma de té y de pastas recién hechas.

Lady Charlotte, agotada por el fatigoso viaje, se retiró pronto a sus aposentos, mientras sir Walter echaba una ojeada al cuarto de trabajo que mantenía también en la ciudad. En comparación con el gran estudio de Abbotsford, el despacho era, sin embargo, de una austeridad casi espartana; un secreter y un armario con puertas de vidrio constituían el único mobiliario, y tampoco había una amplia biblioteca de consulta como en Abbotsford.

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