– El profesor Gainswick es un hombre muy afable -constató Quentin mientras volvían caminando hacia el carruaje.
– Sí, lo es. Ya cuando era un estudiante, él fue siempre para mí algo más que un maestro. Aunque el profesor ha envejecido mucho en los últimos años.
– ¿Qué quieres decir?
– Por favor, Quentin… Toda esa historia de runas prohibidas y hermandades que influyeron incluso en la casa real escocesa…
– Pero podría ser, ¿verdad?
– No lo creo. La suposición de que esos rebeldes son los herederos de esa hermandad secreta y de que pueden seguir persiguiendo los mismos oscuros objetivos que sus antecesores me parece una quimera.
– Tal vez -admitió Quentin-. Pero deberíamos ser prudentes, tío. Estas cosas de que habla el profesor son realmente siniestras.
– ¿Otra vez te atormenta el miedo a los fantasmas, muchacho? Sea como sea, mañana iremos a la biblioteca e intentaremos encontrar ese fragmento de que ha hablado el profesor. Si tuviéramos en nuestras manos un indicio concreto, podríamos argumentar ante la administración y posiblemente conseguiríamos que actuaran de forma aún más decidida contra estos criminales; pero tal como están las cosas, no tenemos más que algunos rumores y suposiciones insostenibles, y yo, desde luego, no voy a dejarme amedrentar por eso.
Habían llegado al extremo del callejón, donde el coche ya les esperaba. El cochero bajó y abrió la puerta para que pudieran subir.
Perdido en sombrías meditaciones, Quentin se dejó caer en el asiento. Si hubiera podido ver las formas espectrales que se ocultaban en los oscuros entrantes de los muros y en las entradas de las casas y les observaban, sin duda su inquietud habría sido mucho mayor.
Y tal vez incluso sir Walter habría rectificado su opinión sobre Miltiades Gainswick.
Cuando Mary entró a la mañana siguiente en el salón del desayuno, enseguida se dio cuenta de que algo había cambiado.
Malcolm de Ruthven ya había salido de la casa; solo su madre estaba presente. Y la mirada con que Eleonore la recibió no prometía nada bueno.
– Una mañana muy agradable -la saludó Mary afablemente, e insinuó una reverencia-. ¿Ha descansado bien?
– En absoluto -gruñó Eleonore-, y no se me ocurre qué podría hacer que esta mañana fuera para mí siquiera pasablemente agradable. ¿Por qué abandonaste la recepción tan pronto?
Mary ocupó su lugar al otro extremo de la mesa. De modo que ese era el motivo de aquel recibimiento gélido, pensó. Su rápida despedida les había enojado.
– No me encontraba bien -informó a su futura suegra, mientras una sirvienta llegaba y le servía el té.
– De modo que no te sentías bien. -La mirada de Eleonore no era difícil de interpretar; en ella había ira y desprecio-. Esta recepción se había celebrado en tu honor. Toda la nobleza de la tierra alta se había reunido aquí para darte la bienvenida a tu nuevo hogar. No sé cómo se comporta la gente en Inglaterra, pero aquí, en el norte, se considera sumamente grosero que el huésped de honor se retire sin una palabra de disculpa. Has infringido la etiqueta y ofendido a nuestros invitados.
– Lo lamento -dijo Mary-, no era esa mi intención; pero no me sentía bien, como he dicho, y pensé que era mejor…
– Pero ¿te sentías suficientemente bien para participar en una fiesta en la casa de los sirvientes?
La voz de Eleonore era tan dura y amenazante que Mary dio un respingo. Asustada, miró a la señora del castillo.
– ¿Que creías, hija mía? ¿Pensaste realmente que tu pequeña escapada pasaría inadvertida? Yo me entero de todo lo que ocurre entre estos muros.
Mary bajó la mirada. No tenía sentido negarlo. Probablemente uno de los cocheros o alguno de los miembros del personal de servicio había hablado, y Mary tampoco podía reprochárselo. En ese lugar, todos temían a las personas a las que servían.
– No fue algo planeado -dijo Mary, recalcando cada palabra-. Salí para respirar un poco de aire fresco. Entonces oí música y quise saber de dónde venía. Y una cosa llevó a la otra.
– Oír esto de tu boca suena realmente inocente si se piensa que al final bailaste con el aprendiz del herrero y te entregaste a prácticas rústicas y primitivas…
– Perdone -replicó Mary, que no pudo evitar que su voz sonara sarcástica-, no sabía que estuviera prohibido.
– ¡Todo te está prohibido! -gritó Eleonore, soltando un gallo. Sus ojos echaban chispas, y el aura amenazadora que la rodeaba llegó incluso a inspirar miedo a Mary-. Todo lo que perjudique a la fama y a la reputación del laird de Ruthven -añadió la señora del castillo, moderando un poco el tono.
– ¿Perjudica a la fama y a la reputación del laird que acuda a un banquete de boda de sus sirvientes y felicite a los novios?
– No es propio de una lady practicar costumbres campesinas y felicitar al pueblo bajo.
– ¿El pueblo bajo? Estas personas son nuestros subordinados. Están a nuestro servicio y se encuentran bajo nuestra protección.
– En primer lugar y por encima de todo -rectificó Eleonore, con una voz que temblaba de indignación-, estas personas tienen que someterse a nosotros y servirnos. Su sangre no tiene el mismo color que la nuestra, son gente impura y de baja estofa. Para una dama no es adecuado tratar con ellos más de lo debido.
Mary asintió.
– Poco a poco voy comprendiendo de dónde ha sacado Malcolm sus puntos de vista.
– Por tu situación no te corresponde ser impertinente o criticar al laird o a mí de ningún modo. Tu tarea se limita a ser una buena y obediente esposa para tu marido y a representar a la casa de Ruthven de la mejor manera posible. Esto y nada más es lo que se exige de ti. ¿Te sientes en situación de cumplirlo?
Mary bajó la mirada. Por un momento quiso asentir y rendirse, inclinarse ante la mayor edad y posición de su interlocutora, como le habían enseñado desde pequeña. Pero enseguida cambió de parecer; no podía dejar de lado unos valores en los que creía de forma incontestable y que en el castillo de Ruthven no parecían tener ninguna validez. No podía, no quería, soportar aquello calladamente.
– Depende -dijo finalmente en voz baja.
– ¿De qué?
La mirada de Eleonore tenía de nuevo aquel aire de ave de presa que, ya en el día de su llegada, había asustado a Mary.
– De si no me avergüenzo de representar a la casa de Ruthven.
– ¿Avergonzarte, tú…? -La señora del castillo jadeó, y por un instante pareció que efectivamente no conseguía respirar. La mujer agitó los brazos en el aire, impotente. Necesitó unos segundos para tranquilizarse-. Pero ¿sabes lo que estás diciendo, necia criatura? -soltó luego.
– Eso creo -le aseguró Mary-, y pienso también que no soy ninguna necia. Estoy profundamente convencida, milady, de que no se puede tratar con desprecio a las personas por humilde que sea su origen. Dios dotó a todos los hombres con los mismos derechos y privilegios. El hecho de que no todos hayan tenido la suerte de nacer en un ambiente acomodado no debería incitarnos a mirarlos con desprecio.
– Lo que faltaba -gimió Eleonore con desprecio-. ¡Desatinos revolucionarios!
– Tal vez. Pero he mirado en los ojos de las personas que trabajan para usted, y en ellos he visto miedo. Los criados la temen, milady, igual que a su hijo.
– ¿Y eso no te agrada?
– En absoluto, porque soy de la opinión de que los subordinados deberían amar a sus señores y sentir fidelidad hacia ellos en lugar de temerlos.
Por un momento Eleonore permaneció inmóvil, sin que Mary pudiera imaginar qué pasaba por su mente. Luego estalló en una carcajada.
– ¿Es esa la razón de tu escapada nocturna? -quiso saber-. ¿Quieres ganarte la estima de los mozos y las criadas?
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