Mientras ella esperaba en mi coche, absorta en sus pensamientos, examiné el álbum fotográfico de Raymon Lang. Algunas imágenes eran muy recientes. Anya estaba entre los niños fotografiados, flanqueada por hombres con máscaras. Observé con atención una de las imágenes y me pareció ver, en el brazo del hombre de la derecha, lo que parecía el pico amarillo de un ave. Retrocedí y volví a mirar las anteriores, advirtiendo que el tono y los colores variaban conforme aumentaba la antigüedad de las fotografías; las imágenes por ordenador daban paso a Polaroids, y éstas a su vez a las más antiguas: fotografías en blanco y negro, reveladas probablemente por el propio Lang en un cuarto oscuro doméstico. Había niños y niñas, a veces fotografiados solos y otras con hombres, ocultas las identidades de éstos con máscaras de pájaros. Era una historia de abusos sexuales que se remontaba a muchos años atrás, probablemente décadas.
Las imágenes más antiguas del álbum eran fotocopias de mala calidad. Mostraban a una niña en una cama, y dos hombres abusaban de ella por turno, aunque no se veían sus cabezas porque las fotos habían sido recortadas. En una de ellas vi un tatuaje en el brazo de uno de los hombres. Estaba borroso. Imaginé que podía conseguirse una imagen más nítida, y entonces revelaría un águila.
Pero una de las fotos era distinta de las demás. La miré durante un largo rato; luego la saqué de la funda de plástico y redistribuí cuidadosamente las otras imágenes para disimular su ausencia. Metí la foto debajo de la alfombrilla de goma del coche y luego me senté en la grava dura y fría con la cabeza entre las manos, esperando a la policía.
Llegaron de paisano y en un par de coches sin distintivos. Anya los vio aparecer y se encogió en posición fetal, repitiendo una única palabra una y otra vez en un idioma que no reconocí. Sólo cuando se abrieron las puertas del primer coche y salieron un par de mujeres, Anya empezó a creer que quizás estaba a salvo. Las dos mujeres se acercaron. La puerta del acompañante de mi coche estaba abierta, y podían ver a la niña del mismo modo que la niña podía verlas a ellas. Yo la había dejado así para que Anya no tuviera la sensación de que la habían sacado de una celda para meterla en otra.
La primera mujer policía se agachó ante ella. Era esbelta, de pelo rojo recogido en la nuca. Me recordó a Rachel.
– Hola -saludó-. Me llamo Jill. Tú eres Anya, ¿no?
Anya asintió, reconociendo al menos su nombre. Los rasgos de su cara empezaron a suavizarse. Sus labios se arquearon con las comisuras hacia abajo y se echó a llorar. Ésa no era la reacción animal con la que había recibido a Ángel. Era otra cosa.
Jill abrió los brazos a la niña y ésta se abalanzó hacia ella, escondiendo la cara en su cuello y dando sacudidas por la fuerza de los sollozos. Jill me miró por encima del hombro de Anya y me hizo una seña con la cabeza. Me volví y las dejé solas.
Visto desde el mar, Bath no es un pueblo muy bonito, como rara vez lo son la mayoría de las localidades que dependen de algún tipo de industria pesada, y nunca nadie ha diseñado unos astilleros teniendo en cuenta la estética. Así y todo, había algo de majestuoso en sus enormes grúas y en los grandes buques que aún se construían allí en una época en que la mayoría de los astilleros habían cerrado o se habían convertido en una sombra de su anterior grandeza. Aunque puede que los astilleros fuesen feos, la suya era una fealdad surgida no de la decadencia, sino del crecimiento, con cuatrocientos años de historia a sus espaldas, cuatro siglos de ruido y vapor y chispas, de madera sustituida por el acero, de hijos tras los pasos de sus padres en oficios que se transmitían a lo largo de generaciones. El destino de Bath y el destino de los astilleros se habían unido para siempre forjando un lazo que jamás se rompería.
Como cualquier pueblo al que se trasladaba gran número de gente para trabajar al servicio de una sola empresa, el estacionamiento era un problema, y el amplio aparcamiento de King Street, justo en el cruce con Commercial y cerca del principal acceso a los astilleros por el lado norte, estaba abarrotado de coches. El primer turno estaba a punto de acabar y no muy lejos los autobuses esperaban al ralentí para transportar a quienes no vivían en el pueblo y preferían ahorrarse los agobios del aparcamiento prescindiendo del coche por completo o dejándolo en las afueras. Un cartel advertía que la Fundición de Bath era contratista de la Secretaría de Defensa y que estaban prohibidas las fotografías. Encima de la entrada de los empleados se leía otro letrero: POR ESTAS PUERTAS PASAN LOS MEJORES CONSTRUCTORES DE BARCOS DEL MUNDO.
La policía se había reunido en el club deportivo de Riverside. Eran una docena en total, una mezcla de agentes del Departamento de Policía de Bath y la policía del estado, todos de paisano. Además, dos coches patrulla permanecían ocultos. Se había notificado la inminente detención al servicio de seguridad de los astilleros, y a petición de éste se había decidido abordar a Raymon Lang cuando llegase al aparcamiento. Permanecía bajo vigilancia continua, y el jefe de seguridad de los astilleros estaba en contacto directo con Jill Carrier, la inspectora de la policía del estado que había tomado entre sus brazos a Anya y estaba al frente de la detención de Lang. Yo me encontraba en el aparcamiento, dentro del coche, con una vista clara de las puertas. Me habían permitido estar presente a condición de que no me dejase ver ni interviniese en lo que iba a ocurrir. Había contado a la policía toda una historia para explicarles cómo había descubierto a la niña en la caravana de Lang, y por qué me hallaba allí, pero al final tuve que admitir que había mentido al ver el cadáver de Legere. Estaba metido en un lío, pero Carrier había tenido la amabilidad de permitirme presenciar la detención de Lang, por más que una de sus condiciones fuese que un agente de paisano permaneciese sentado junto a mí en el coche en todo momento. Se llamaba Weintraub, y no hablaba mucho, lo cual ya me parecía bien.
A las tres y media de la tarde se abrieron las verjas con un retumbo y los hombres empezaron a salir, todos vestidos prácticamente igual, con gorras de béisbol y vaqueros y camisas de leñador desabrochadas sobre camisetas, cada uno con su petaca y su fiambrera. Vi a Carrier hablar por su móvil, y a media docena de policías separarse del grupo principal, con Carrier al frente, y empezar a abrirse paso entre la muchedumbre. Por un molinete a la derecha apareció Raymon Lang con su alargada caja de herramientas metálica. Vestía igual que los obreros del astillero y fumaba un cigarrillo casi consumido. Justo cuando aspiraba la última calada y se disponía a tirar la colilla al suelo, vio acercarse a Carrier y a los otros y supo en el acto quiénes eran y por qué estaban allí, un depredador detectando al instante la presencia de otros depredadores más poderosos que se abatían sobre él. Soltó la caja de herramientas y se echó a correr, huyendo de sus perseguidores en dirección este, pero un coche patrulla del Departamento de Policía de Bath interceptó de inmediato la salida del aparcamiento. Long cambió de rumbo, zigzagueando entre los coches, y entonces se aproximó el segundo coche patrulla y unos agentes uniformados avanzaron hacia él. Carrier ya se acercaba, más rápida y ágil que los hombres que la acompañaban. Empuñaba su arma. Ordenó a Lang que se detuviera.
Lang se dio media vuelta y se llevó la mano a la espalda, buscando algo bajo la camisa. Oí a Carrier lanzar una última advertencia para que levantase las manos, pero él no obedeció. Vi el culatazo de la pistola de Carrier y oí la detonación al tiempo que Lang se daba la vuelta y caía al suelo.
Читать дальше