Murió camino del hospital. No habló mientras los auxiliares sanitarios luchaban por salvarle la vida, y nada se averiguó por mediación de él. Le quitaron la camisa cuando lo tendieron en la camilla, y vi que no tenía tatuajes en los brazos.
Raymon Lang iba desarmado. Por lo visto no tenía motivo para echarse la mano a la espalda, no tenía motivo para obligar a disparar a Carrier. Sin embargo, pienso, al final simplemente no quería ir a la cárcel, quizá por cobardía, o quizá porque no resistía la idea de verse alejado de los niños por el resto de sus días.
Sexta parte
Y cuando mejor me comporto
soy realmente como él.
Buscad bajo las tablas del suelo
los secretos que escondí.
Sufjan Stevens, John Wayne Gacy Jr.
Toqué el timbre en casa de Rebecca Clay. Oía cómo rompían las olas en la oscuridad. Ahora que Merrick había muerto, Jackie Garner y los Fulci ya no estaban allí. Yo la había informado por teléfono de lo sucedido. Me dijo que la policía la había llamado después de admitir yo que les había mentido sobre Jerry Legere, y ella había identificado oficialmente el cadáver horas antes ese día. La habían interrogado sobre la muerte de su ex marido, pero poco más pudo añadir a lo que ya sabían. Legere y ella no mantenían el menor contacto, y no lo había visto ni tenido noticias de él desde hacía mucho tiempo hasta que, cuando yo empecé a hacer preguntas, él la llamó borracho un par de noches antes de morir, exigiendo saber cómo se atrevía a mandarle a un detective privado. Ella le colgó y él ya no volvió a llamar.
Abrió la puerta vestida con un suéter viejo y unos vaqueros holgados. Iba descalza. Oí el televisor en la sala de estar, y por la puerta abierta avisté a Jenna sentada en el suelo, viendo una película de dibujos animados. Levantó la mirada para ver quién había entrado, decidió que por mí no merecía la pena perderse nada y continuó atenta a la pantalla.
Seguí a Rebecca a la cocina. Me ofreció café o una copa, pero rechacé tanto lo uno como lo otro. Legere, me explicó, sería entregado para su entierro al día siguiente. Al parecer tenía un hermanastro en Dakota del Norte que estaba a punto de llegar para ocuparse de los preparativos. Me dijo que pensaba asistir al funeral por el hermanastro, pero que no iba a llevar a su hija.
– No es algo que necesite ver. -Se sentó a la mesa de la cocina-. Ya se ha acabado todo, pues.
– En cierto modo. Frank Merrick está muerto. Su ex marido está muerto. Ricky Demarcian y Raymon Lang están muertos. Otis Caswell está muerto. Mason Dubus está muerto. El departamento del sheriff del condado de Somerset y la oficina del forense están exhumando los restos de Lucy Merrick y Jim Poole en Galaad. Son muchos muertos. Pero supongo que tiene usted razón: para ellos ya se ha acabado todo.
– Parece cansado de este asunto.
Lo estaba. Había querido respuestas y la verdad sobre lo que les había sucedido a Lucy Merrick, a Andy Kellog y a los demás niños que habían sido víctimas de abusos a manos de hombres con máscaras de pájaros. En lugar de eso me había quedado con la sensación de que, salvo por la niña llamada Anya, y la eliminación de un poco de mal en el mundo, todo aquello no había servido para nada. Tenía pocas respuestas, y al menos uno de los autores de los abusos todavía andaba suelto: el hombre con el tatuaje del águila. También sabía que me habían mentido desde el principio. Me había mentido, en concreto, la mujer que ahora se hallaba sentada delante de mí, y sin embargo no me sentía capaz de culparla.
Metí la mano en el bolsillo y extraje la foto que me había llevado del álbum de Raymon Lang. La cara de la niña quedaba casi oculta por el cuerpo del hombre arrodillado sobre ella en la cama, y a él mismo sólo se le veía de cuello para abajo. Tenía el cuerpo casi absurdamente delgado, los huesos se le marcaban en la piel de los brazos y las piernas dibujándose en él cada músculo y tendón. A juzgar por la edad de la niña, la foto se había tomado hacía más de un cuarto de siglo. No debía de tener más de seis o siete años. A su lado, entre dos almohadas, había una muñeca de pelo rojo y largo, vestida con un pichi azul. Era la misma muñeca con la que la hija de Rebecca Clay iba ahora de un lado para otro, una muñeca heredada de su madre, una muñeca que había dado consuelo a Rebecca durante los años en que fue víctima de abusos sexuales.
Rebecca miró la fotografía pero no la tocó. Se le vidriaron los ojos; luego se le humedecieron al contemplar a la niña que fue en otro tiempo.
– ¿Dónde la ha encontrado? -preguntó.
– En la caravana de Raymon Lang.
– ¿Había más?
– Sí, pero ninguna como ésta. Ésta era la única donde se veía la muñeca.
Apretó la foto con la mano, cubriendo la forma del hombre que se alzaba sobre ella de niña, tapando el cuerpo desnudo de Daniel Clay.
– Rebecca -pregunté-, ¿dónde está su padre?
Se levantó y se dirigió a la puerta detrás de la mesa de la cocina. La abrió y pulsó un interruptor. La luz iluminó unos peldaños de madera que descendían al sótano. Sin mirar hacia atrás, empezó a bajar, y yo la seguí.
El sótano se empleaba como trastero. Había una bicicleta, ya demasiado pequeña para su hija, y diversos tipos de cajas, pero todo parecía intacto e inmóvil desde hacía mucho tiempo. Olía a polvo, y el suelo de cemento había empezado a agrietarse en algunos lugares, largas líneas oscuras que se extendían como venas desde un punto en el centro. Rebecca Clay estiró un pie descalzo y señaló el suelo con los dedos de los pies.
– Está ahí abajo -dijo-. Ahí lo dejé.
Ese viernes, ella había estado trabajando en Saco, y cuando volvió a su apartamento se encontró con un mensaje en el contestador. Su canguro, Ellen, que cuidaba a tres o cuatro niños cada día, había tenido que ir al hospital tras una amenaza de infarto, y el marido de Ellen había llamado para decir que, obviamente, no podría recoger a ninguno de los niños en el colegio. Rebecca comprobó su móvil y advirtió que se había quedado sin batería mientras estaba en Saco. En su ajetreo diario, no se había dado cuenta. Por un momento sintió pánico. ¿Dónde estaba Jenna? Telefoneó al colegio, pero todo el mundo se había marchado. Después llamó al marido de Ellen, pero no sabía quién se había llevado a Jenna del colegio. Él le sugirió que se pusiera en contacto con el director, o la secretaria del colegio, ya que habían informado a ambos de que ese día no irían a recoger a Jenna. En lugar de eso, Rebecca telefoneó a su mejor amiga, April, cuya hija, Carole, iba a la misma clase que Jenna. Tampoco ella tenía a Jenna, pero sabía dónde estaba.
– La ha recogido tu padre -dijo-. Por lo visto, la escuela ha encontrado su número en el listín y lo ha llamado al enterarse de lo de Ellen y no poder localizarte a ti. Él se ha presentado y se la ha llevado a su casa. Lo he visto en la escuela cuando ha ido a buscarla. Tu hija está bien, Rebecca.
Pero Rebecca pensó que ya nada volvería a estar bien. Sintió tal pavor que vomitó camino del coche, y vomitó otra vez cuando iba a casa de su padre, arrojando pan y bilis en una bolsa de supermercado mientras esperaba en un semáforo. Cuando llegó a la casa, su padre rastrillaba hojas muertas en el jardín, y la puerta de entrada estaba abierta. Apresuradamente pasó ante él sin dirigirle la palabra y encontró a su hija en la sala de estar, haciendo lo mismo que hacía en ese momento: ver la televisión desde el suelo y comer un helado. No entendía por qué su madre estaba tan alterada, por qué la abrazaba y lloraba y la reñía por estar con su abuelo. Al fin y al cabo, ya había estado otras veces con él, aunque nunca sola, siempre con su madre. Era el abuelo. Él le había comprado patatas fritas y un perrito caliente y un refresco. La había llevado a la playa y habían cogido conchas. Luego le había dado un cuenco enorme de helado de chocolate y la había dejado ver la tele. Había pasado un día agradable, dijo a su madre, aunque habría sido mejor aún si su madre hubiese estado allí con ella.
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