John Connolly - Los atormentados

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Daniel Clay, en otro tiempo un respetado psiquiatra infantil, desapareció al salir a la luz los abusos sufridos por varios niños que él atendía. Ahora, cinco años después, y cuando ya se le ha declarado muerto, su hija, Rebecca Clay, es acosada por un desconocido que pregunta por su padre. Ese desconocido, llamado Merrick, está obsesionado con descubrir la verdad sobre la desaparición de su propia hija, y Rebecca contrata al detective Charlie Parker para deshacerse de Merrick a toda costa. Parker no tarda en verse atrapado entre aquellos que quieren conocer la verdad sobre Daniel Clay y aquellos que quieren permanecer ocultos a toda costa, pues quizá no estaban del todo al margen de los abusos. Pero intervienen otras fuerzas. Alguien, un fantasma del pasado de Parker, financia la cacería de Merrick. Y las acciones de Merrick han inducido a otros a salir de las sombras: figuras semivislumbradas decididas a vengarse a su manera, pálidos espectros que vagan sin reposo. Han llegado los seres atormentados… Así arranca este nuevo y esperado caso del detective Charlie Parker, alias «Bird», en la que es la sexta novela de la serie policiaca escrita por John Connolly.

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Y lejos de allí, un coche se detuvo frente a una casa anodina en una tranquila carretera comarcal. Se abrió el maletero y de dentro sacaron a un hombre, que cayó al suelo antes de que lo pusieran en pie de un tirón, con los ojos vendados, amordazado, maniatado con un alambre que se le había hincado en las muñecas, con las manos manchadas por la sangre de las heridas, las piernas atadas del mismo modo por encima de los tobillos. Intentó permanecer de pie, pero casi se desplomó cuando la sangre empezó a correr por sus miembros débiles y acalambrados. Notó unas manos en las piernas, y que le cortaban el alambre para permitirle andar. De pronto se echó a correr, pero lo zancadillearon y una voz le dijo al oído una única palabra con olor a nicotina:

– No.

Lo pusieron en pie una vez más y lo llevaron al interior de la casa. Se abrió una puerta y lo hicieron bajar por unos peldaños de madera. Tocó con los pies un suelo de piedra. Caminó un poco, hasta que la misma voz le ordenó que se detuviera y lo obligó a arrodillarse. Oyó que se movía algo, como si levantaran una tabla delante de él. Le quitaron la venda de los ojos, también la mordaza, y vio que estaba en un sótano vacío, salvo por un viejo armario en un rincón, con las dos puertas abiertas para revelar los objetos del interior, aunque estaban demasiado lejos para que él los distinguiera en la penumbra.

En el suelo ante él había un hoyo, y le pareció que olía a sangre y carne pasada. El hoyo no era profundo, quizá de alrededor de dos metros, y el fondo estaba cubierto de piedras y rocas y fragmentos de pizarra. Parpadeó, y por un momento tuvo la impresión de que el hoyo era más profundo, como si el lecho de piedras de algún modo estuviese suspendido encima de un abismo mucho mayor. Notó unas manos en las muñecas, y le quitaron el reloj, su preciado Patek Philippe.

– ¡Ladrón! -gritó-. Usted no es más que un ladrón.

– No -contestó la voz-. Soy un coleccionista.

– Pues quédeselo -dijo Harmon. Tenía la voz ronca por la sed, y se sentía débil y mareado después del largo viaje en el maletero del coche-. Quédeselo y déjeme ir. También tengo dinero. Puedo pedir que le manden una transferencia a donde usted quiera. Puede retenerme hasta que lo tenga en sus manos, y le prometo que recibirá el doble cuando esté en libertad. Por favor, déjeme ir. No sé qué le he hecho, pero perdóneme.

La voz le habló otra vez junto al oído sano. Aún no había visto a aquel hombre. Había recibido el golpe por detrás cuando se dirigía a su coche y se había despertado después en el maletero. Le pareció que habían viajado muchas, muchas horas, y una sola vez se detuvieron para que el hombre llenara el depósito. Y eso ni siquiera lo habían hecho en una gasolinera, ya que no había oído el sonido del surtidor, ni el ruido de otros coches. Supuso que el secuestrador llevaba latas en el asiento trasero del vehículo para no tener que repostar en un lugar público y arriesgarse a que su cautivo alborotara y atrajera la atención.

Ahora estaba arrodillado en un sótano polvoriento, con la mirada fija en un hoyo en el suelo, que era a la vez poco profundo y muy profundo, y una voz le decía:

– Está condenado.

– No -contestó Harmon-. Se equivoca.

– Se le ha declarado en falta, y tendrá que pagarlo con su vida. Tendrá que pagarlo con su alma.

– No -repitió Harmon con voz más aguda-. ¡Es un error! Está cometiendo un error.

– No hay ningún error. Sé lo que ha hecho. Ellos lo saben.

Harmon fijó la vista en el hoyo y vio a cuatro figuras que lo miraban desde el fondo, sus ojos eran agujeros oscuros en contraste con la piel fina y apergaminada que cubría sus cráneos, sus bocas se veían negras y arrugadas y abiertas. Unos dedos fuertes lo agarraron por el pelo y lo obligaron a echar atrás la cabeza dejando el cuello expuesto. Sintió algo frío en la piel, y a continuación la hoja le cortó la garganta y una lluvia de sangre cayó en el suelo y en el hoyo, salpicando los rostros de los hombres abajo.

Y los Hombres Huecos levantaron los brazos hacia él y lo acogieron entre ellos.

John Connolly

Los atormentados - фото 2
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