– No sé de qué me habla.
– No, supongo que no. Esta vez ha cometido descuidos: ha tropezado con sus propias mentiras. Una fuerza crecía contra usted y ahora las consecuencias son evidentes. Usted es un hombre curioso, con empatía, que se ha visto privado de su licencia para hacer lo que se le da mejor, un individuo violento a quien le han quitado los juguetes. ¿Quién sabe qué será de usted ahora?
– No me diga que es usted uno de esos «amigos secretos», porque si es así tengo más problemas de los que pensaba.
– No, no soy su amigo ni su enemigo, y rindo cuentas a una instancia superior.
– Se engaña.
– ¿Ah, sí? Muy bien, entonces es un engaño que los dos compartimos. Acabo de hacerle un favor del que ni siquiera se ha enterado. Ahora le prestaré un último servicio. Lleva años pasando de la luz a las sombras y de nuevo a la luz, desplazándose entre ellas en su búsqueda de respuestas, pero cuanto más tiempo esté en la oscuridad, mayor es la posibilidad de que la presencia en ella tome conciencia de usted, y actúe contra usted. Pronto llegará.
– Ya he encontrado cosas en la oscuridad antes. Se han ido, y yo estoy aquí.
– Esto no es una «cosa» en la oscuridad -contestó-. Esto es la propia oscuridad. Y ahora hemos acabado.
Se dio media vuelta para marcharse, lanzando otro cigarrillo moribundo detrás del primero. Hice ademán de detenerlo. Quería más. Le agarré del hombro y rocé su piel con la mano…
Y tuve una visi ó n de figuras retorci é ndose en su tormento, de otras solas en lugares desiertos llorando por aquello que las hab í a abandonado. Y vi a los Hombres Huecos, y en ese instante supe qu é eran realmente.
El Coleccionista hizo una pirueta propia de un bailarín. Sé zafó de mi mano con un movimiento del brazo, y de pronto me encontré contra la pared, con sus dedos en mi cuello y mis pies elevándose lentamente del suelo por efecto de su fuerza. Intenté asestarle un puntapié y él redujo la distancia entre nosotros a la vez que aumentaba la presión en mi cuello asfixiándome.
– No me toque nunca -dijo-. A mí nadie me toca.
Me soltó, y resbalé por la pared hasta caer de rodillas, aspirando dolorosamente bocanadas de aire entre los labios separados. Me escocía y picaba la piel allí donde sus dedos me habían apretado, y percibía en mí el olor a nicotina y descomposición.
– Mírese -dijo, y sus palabras rezumaron lástima y desprecio-. Un hombre atormentado por preguntas sin respuesta, un hombre sin padre, sin madre, un hombre que ha permitido que dos familias se le escurran entre los dedos.
– Tuve un padre -dije-. Tuve una madre, y todavía tengo a mi familia.
– ¿Ah, sí? No por mucho tiempo. -Una mueca cruel transformó sus facciones, como si fuera un niño que ve la oportunidad de seguir atormentando a un animal estúpido-. Y en cuanto al padre y la madre, contésteme a esto: su tipo sanguíneo es B. ¿Ve qué cosas sé sobre usted? Ahora bien, hay un problema. -Se inclinó hacia mí-. ¿Cómo es posible que un niño con sangre del tipo B tenga un padre que era de tipo A y una madre que era de tipo O? Es todo un misterio.
– Miente.
– ¿Usted cree? Será eso.
Se alejó de mí.
– Pero tal vez tenga otras cosas de las que ocuparse: cosas medio vistas, cosas muertas, una niña que susurra en la noche y una madre que enloquece de rabia en la oscuridad. Quédese con ellas si lo desea. Viva con ellas en el lugar donde esperan.
– ¿Dónde están mi mujer y mi hija? -Las palabras me despellejaron la garganta dolorida, y me odié a mí mismo por buscar respuestas en aquella criatura vil-. Ha hablado de seres apartados de la divinidad. Sabía lo de las letras trazadas en el polvo. Usted lo sabe. Dígame, ¿son eso almas perdidas? ¿Eso soy yo?
– ¿Acaso tiene usted alma? -susurró-. En cuanto al paradero de su mujer y su hija, están allí donde usted las deja.
Se agachó ante mí y me envolvió con su hedor al pronunciar sus palabras finales.
– Lo eliminé mientras usted estaba en la cena para que tuviese una coartada. Ése es mi último regalo a usted, señor Parker, y mi última indulgencia.
Se levantó y se marchó, y cuando yo me puse en pie, él ya no estaba. Me fui a mi coche y volví a casa, y pensé en lo que había dicho.
Joel Harmon desapareció esa noche. Todd estaba enfermo y Harmon había ido solo en coche a una reunión municipal en Falmouth, donde entregó un talón por veinticinco mil dólares como parte de una campaña destinada a comprar minibuses para una escuela local. Su coche apareció abandonado en Wildwood Park, y nunca se le volvió a ver.
Poco después de las nueve de la mañana del día siguiente recibí una llamada. La persona al otro lado de la línea no se identificó, pero me comunicó que el juez Hight acababa de firmar una orden de registro de mi propiedad, que autorizaba a la policía del estado a buscar cualquier arma de fuego sin licencia. Llegarían a mi casa en menos de una hora.
Cuando llegaron, con Hansen al frente, recorrieron todas las habitaciones. Consiguieron abrir el panel en la pared detrás del que antes guardaba las armas que había conservado a pesar de la retirada del permiso, pero las había envuelto en hule y plástico y echado en el estanque al fondo de mi propiedad, sujetas con una cuerda a una roca de la orilla, así que sólo encontraron polvo. Incluso buscaron en el desván, pero no se quedaron allí mucho rato, y cuando los hombres uniformados descendieron de allí, vi en sus rostros que agradecían abandonar aquel espacio frío y oscuro. Hansen no me dirigió la palabra desde el momento en que me entregó la orden hasta el momento en que el registro se dio por concluido. Sus últimas palabras fueron:
– Esto no ha terminado.
Cuando se marcharon, empecé a vaciar el desván. Retiré cajas y maletas sin mirar siquiera el contenido y las arrojé al rellano antes de bajarlas hasta el trozo de tierra desnuda y piedras en el extremo de mi jardín. Abrí la ventana del desván y dejé entrar a raudales el aire frío, y quité el polvo del cristal eliminando las palabras que seguían allí. Luego continué con el resto de la casa, limpiando todas las superficies, abriendo los armarios y aireando las habitaciones, hasta que todo estuvo en orden y dentro hacía tanto frío como fuera.
Est á n all í donde usted las deja.
Me pareció sentir su indignación y su rabia, o quizá todo estuviera dentro de mí, e incluso mientras lo purgaba luchaba por sobrevivir. Al ponerse el sol encendí una hoguera, y observé cómo el dolor y los recuerdos se elevaban hacia el cielo formando humo gris y fragmentos carbonizados que se convertían en polvo cuando se los llevaba el viento.
– Lo siento -susurré-. Siento haberos fallado de tantas maneras. Siento no haber estado allí para salvaros, o morir con vosotras. Siento haberos retenido junto a mí durante tanto tiempo, atrapadas en mi corazón, atadas por la pena y el remordimiento. También yo os perdono. Os perdono por abandonarme, y os perdono por volver. Perdono vuestra ira y vuestra aflicción. Que esto sea el final. Que esto sea el final de todo.
»Ahora tenéis que iros -dije en voz alta a las sombras-. Es hora de marcharos.
Y a través de las llamas vi resplandecer la marisma, y el claro de luna iluminó dos siluetas sobre el agua rielando en el calor del fuego. Después se volvieron y otras se unieron a ellas, una hueste viajando hacia delante, un alma tras otra, hasta que se perdieron por fin en el triunfal embate de las olas.
Esa noche, como invocada por el fuego, Rachel llamó a la puerta de la casa que en otro tiempo compartimos, y Walter enloqueció al reconocerla. Dijo que estaba preocupada por mí. Conversamos y comimos, y bebimos un poco demasiado vino. Cuando desperté a la mañana siguiente, ella dormía junto a mí. Yo no sabía si eso era un principio o un final, y el miedo me impedía preguntarlo. Se marchó antes del mediodía, con sólo un beso y palabras sin decir en los labios.
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