Oí unos pasos detrás de mí, y la voz de un joven preguntó:
– ¿Todo en orden, papá?
– Todo en orden, hijo -contestó Harmon-. El señor Parker está a punto de marcharse. Lo invitaría a comer, pero sé que tiene cosas que hacer. Es un hombre ocupado. Tiene mucho en que pensar.
No dije nada más. Me alejé y dejé atrás a Harmon y su hijo. Su hija se había ido, pero una figura nos miraba a todos desde una de las ventanas del piso superior. Era la señora Harmon. Llevaba un vestido verde y el rojo de sus uñas contrastaba con el blanco de la cortina que mantenía apartada del cristal. Todd me siguió por la casa para asegurarse de que me iba. Ya casi estaba en la puerta cuando la señora Harmon apareció en el rellano por encima de su cabeza. Me dirigió una sonrisa vacua, aparentemente extraviada en una bruma farmacológica, pero la sonrisa no fue más allá de sus labios, y en sus ojos se reflejaron cosas inefables.
y lo que quiero saber es
si le gusta su niño de ojos azules
Señor Muerte
e.e. cummings, El finado Buffalo Bill
Durante unos días no pasó nada más. La vida volvió a ser poco más o menos como antes. Ángel y Louis regresaron a Nueva York. Yo volví a pasear a Walter, y atendí las llamadas de gente que quería contratar mis servicios. Rechacé todos los casos. Estaba cansado, y me había quedado un mal sabor de boca del que no podía librarme. Incluso la casa estaba en silencio, como si aquellas presencias que lo vigilaban todo aguardaran a ver qué ocurría.
La primera carta no me pilló de sorpresa. Me comunicaba que habían retenido mi pistola como prueba de la comisión de un delito y que posiblemente me sería devuelta al cabo de un tiempo. Me dio igual. No quería recuperarla, no en ese momento.
Las siguientes dos cartas llegaron casi simultáneamente por correo urgente. La primera, de la jefatura de policía del estado, me informaba de que se había presentado ante el Tribunal del Distrito una solicitud para retirarme la licencia de investigador privado con efecto inmediato por fraude y engaño en relación con mi trabajo, así como por hacer declaraciones falsas. La solicitud procedía de la policía del estado. El tribunal había concedido una suspensión temporal y a su debido tiempo se celebraría una vista, en la cual tendría ocasión de defenderme.
La segunda carta también era de la jefatura de policía del estado, en ella se me notificaba que me retiraban el permiso de armas en espera del resultado de la vista, y que debía devolverla, junto con cualquier otra documentación pertinente, a la jefatura. Después de todo lo que me había ocurrido, y de todo lo que yo había hecho, mi mundo se iba a pique al finalizar un caso en el que ni siquiera había disparado un arma.
Me pasé los días posteriores a la recepción de las cartas fuera de casa. Viajé a Vermont con Walter y estuve dos días con Rachel y Sam, alojado en un hotel a unos kilómetros de la casa. La visita transcurrió sin incidentes, y sin una palabra áspera entre nosotros. Era como si las palabras pronunciadas por Rachel en nuestro último encuentro hubiesen despejado el aire. Le conté lo sucedido, incluso que me habían retirado la licencia y el permiso. Me preguntó qué iba a hacer y le contesté que no lo sabía. El dinero no era un problema grave, todavía no. Los pagos de la hipoteca eran módicos, ya que la mayor parte del coste de adquisición se había cubierto con el dinero que había pagado el Servicio de Correos estadounidense por las tierras de mi abuelo y la vieja casa que allí se alzaba. Pero tendría facturas que pagar, y quería seguir ayudando a Rachel con la manutención de Sam. Me dijo que no me preocupara mucho por eso, si bien comprendía por qué era importante para mí. Cuando me disponía a marcharme, Rachel me abrazó y me besó con ternura en los labios, y la saboreé y ella me saboreó a mí.
La noche siguiente tuvo lugar una cena en Natasha's en honor de June Fitzpatrick. Joel Harmon no acudió. Sólo estaban algunos de los amigos de June, y Phil Isaacson, el crítico de arte del Press Herald, y un par de personas a las que conocía de nombre. A mí no me apetecía ir, pero June había insistido, y al final resultó una velada muy agradable. Los dejé allí después de un par de horas, con las botellas de vino aún por terminar y los postres sin pedir.
Soplaba un viento desapacible desde el mar. Me cortó las mejillas y me humedeció los ojos cuando me encaminé hacia el coche. Había aparcado en Middle Street, no muy lejos del ayuntamiento. Había muchos sitios vacíos y me crucé con muy poca gente por la calle.
Vi a un hombre frente a mí, delante de un edificio de apartamentos, cerca de la comisaría del Departamento de Policía de Portland. Fumaba un cigarrillo. Vi resplandecer la punta en la sombra proyectada por el toldo extendido encima de la puerta. Cuando me aproximé, se plantó en mi camino.
– He venido a despedirme -dijo-. Por ahora.
El Coleccionista vestía como siempre, con un abrigo oscuro que había conocido tiempos mejores y, debajo, una chaqueta de color azul marino y una camisa anticuada de cuello ancho, abrochada hasta el último botón. Dio una última y larga calada a su cigarrillo y lo tiró.
– He oído que las cosas se le han puesto feas.
No quería hablar con aquel hombre, fuera quien fuese en realidad, pero al parecer no me quedaba otra opción. En cualquier caso, dudé que estuviera allí sólo para decirme adiós. No parecía muy propenso al sentimentalismo.
– Usted me trae mala suerte -dije-. Perdóneme por no derramar una lágrima cuando se vaya.
– Es posible que también usted me traiga mala suerte a mí. He tenido que trasladar parte de mi colección, he perdido una casa que usaba como refugio, y el señor Eldritch se ha visto sometido a cierta publicidad no deseada. Teme que eso acabe con él.
– Desolador. Se le veía siempre tan pletórico de vida.
El Coleccionista sacó el tabaco y el papel de fumar del bolsillo y lió cuidadosamente un cigarrillo, que luego encendió mientras el otro aún humeaba en el albañal. Parecía incapaz de pensar debidamente sin tener algo encendido entre los dedos o en los labios.
– Ya que está aquí, tengo una pregunta que hacerle -dije.
Aspiró hondo y dejó escapar una nube de humo en el aire de la noche. Al mismo tiempo hizo un gesto invitándome a plantear mi pregunta.
– ¿Por qué esos hombres? -pregunté-. ¿A qué se debe su interés en este caso?
– Yo podría preguntarle lo mismo -contestó-. Al fin y al cabo, no le pagaron por buscarlos. Quizá sería más adecuado pensar: ¿por qué no esos hombres? Siempre he pensado que en este mundo hay dos clases de personas: los que, impotentes ante el peso del mal que el mundo contiene, se niegan a actuar porque no le ven el sentido, y los que eligen sus batallas y las libran hasta el final, porque comprenden que no hacer nada es infinitamente peor que hacer algo y fracasar. Al igual que usted, yo decidí seguir con esta investigación y llegar hasta el final.
– Espero que el resultado haya sido más satisfactorio para usted de lo que ha sido para mí.
El Coleccionista se echó a reír.
– No es posible que esté tan sorprendido por lo que le ha pasado -dijo-. Vivía con tiempo prestado, y ni siquiera sus amigos podían seguir protegiéndolo.
– ¿Mis amigos?
– Perdón: sus amigos invisibles, sus amigos secretos. No me refiero a sus colegas letalmente divertidos de Nueva York. Ah, y no se preocupe por ellos. Tengo otros objetos de desafección en los que centrarme. Creo que los dejaré en paz, de momento. Ya están expiando las malas acciones cometidas en el pasado, y no quisiera privarlo a usted de toda ayuda. No, me refiero a los que han seguido su evolución en silencio, los que le han facilitado a usted la labor en todo lo que ha hecho, los que han atenuado los daños que ha dejado usted a su paso, los que se han apoyado suavemente en quienes habrían preferido verlo entre rejas.
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