– Nadie -contestó-. Lo hice yo sola.
– Usted llevó el coche de su padre hasta Jackman. ¿Cómo volvió después de abandonarlo?
– En autoestop.
– ¿En serio?
– Sí, es verdad.
Pero supe que mentía. Después de todo lo que había hecho, no se habría arriesgado así. Alguien la siguió hasta Jackman y luego la trajo de regreso al este. Pensé que tal vez fuera su amiga April. Recordé la mirada que habían cruzado la noche que Merrick rompió la ventana. Se había producido una comunicación entre ellas, un gesto de complicidad, el reconocimiento de una información compartida. No importaba. En realidad, nada de eso importaba.
– ¿Quién era el otro hombre, Rebecca, el que tomó la fotografía?
– No lo sé. Era tarde. Oí que alguien bebía con mi padre, luego subieron a mi habitación. Los dos olían muy mal. Eso aún lo recuerdo. Ése es el motivo por el que nunca he podido beber whisky. Encendieron la luz de la mesita de noche. El hombre llevaba una máscara, una vieja máscara de Halloween, de fantasma, que usaba mi padre para asustar a los niños que venían a pedir caramelos. Mi padre me dijo que aquel hombre era un amigo suyo y que yo debía hacerle lo mismo que le hacía a él. Yo no quería, pero… -Se interrumpió por un momento-. Tenía siete años -susurró-. Sólo eso. Tenía siete años. Sacaron fotografías. Era como si fuese un juego, una broma. Sólo ocurrió aquella vez. Al día siguiente, mi padre lloró y me dijo que lo sentía. Me repitió que me quería y que nunca me compartiría con nadie más. Y no lo hizo.
– ¿Y no tiene ni idea de quién pudo ser?
Negó con la cabeza, pero eludió mi mirada.
– Había más fotos de esa noche en la caravana de Raymon Lang. En ellas aparecía el compañero de borrachera de su padre, pero no se le veía la cabeza. Tenía un tatuaje de un águila en el brazo. ¿Lo recuerda?
– No. Estaba oscuro. Si lo vi, lo he olvidado con los años.
– Uno de los otros niños que sufrieron abusos mencionó esa misma marca. Alguien me sugirió que tal vez era un tatuaje militar. ¿Sabe si alguno de los amigos de su padre sirvió en el ejército?
– Elwin Stark, él sirvió -contestó-. Creo que también Eddie Haver podría haber estado en el ejército. Son los únicos, pero dudo que cualquiera de ellos tuviera un tatuaje como ése en el brazo. A veces venían de vacaciones con nosotros. Los veía en la playa. Me habría fijado.
Lo dejé estar. No sabía qué más podía hacer.
– Su padre traicionó a esos niños, ¿verdad? -pregunté.
Asintió con la cabeza.
– Eso creo. Aquella gente tenía esas fotos de él conmigo. Supongo que es así como lo obligaron a hacer lo que hizo.
– ¿Cómo las consiguieron?
– Supongo que se las entregó el hombre aquel, el que vino aquella noche. Pero mi padre se preocupaba de verdad por los niños a los que trataba. Intentaba velar por ellos. Esos hombres lo obligaron a elegírselos, lo obligaron a seleccionar a niños para someterlos a abusos, pero por eso mismo parecía esforzarse el doble con los demás. Sé que no tiene ningún sentido, pero era casi como si existieran dos Daniel Clay, el malo y el bueno. Estaba el que abusaba de su hija y traicionaba a los niños para salvar su reputación, y estaba el que luchaba con uñas y dientes para salvar a otros niños de los abusos. Quizás ésa era la única manera de sobrevivir sin volverse loco, separando las dos partes y tomando todo lo malo y llamándolo «amor».
– ¿Y Jerry Legere? Usted sospechó de él después de encontrarlo con Jenna, ¿no?
– Vi en él algo de lo que había visto en mi padre -contestó-, pero no sabía que estaba implicado, no hasta que vino la policía y me dijo cómo había muerto. Creo que lo odio a él más que a nadie. Es decir, debía de saber lo mío. Sabía lo que mi padre había hecho, y, por alguna razón, eso me volvía más atractiva para él. -Se estremeció-. Era como si cuando me follaba, follara a la niña que también fui.
Se desplomó en el suelo y apoyó la frente en los brazos. Apenas la oí cuando volvió a hablar.
– ¿Y ahora qué pasará? -preguntó-. ¿Me quitarán a Jenna? ¿Iré a la cárcel?
– Nada -respondí-. No pasará nada.
Levantó la cabeza.
– ¿No va a decírselo a la policía?
– No.
No había nada más que decir. La dejé en el sótano, sentada al pie de la tumba que ella había cavado para su padre. Subí al coche y me alejé acompañado por el murmullo del mar, como un número infinito de voces que me ofrecía callado consuelo. Fue la última vez que oí el mar en aquel lugar, ya que nunca regresé allí.
Quedaba otro vínculo, otra conexión por explorar. Después de Galaad, conocía la conexión que existía entre Legere y Lang, y a su vez la conexión que existía entre Lang y, por un lado, Galaad, y por otro Daniel Clay. No era sólo un lazo personal, sino también profesional: la empresa de seguridad, A-Secure.
Joel Harmon estaba en su jardín cuando llegué, y fue Todd quien abrió la puerta y me acompañó al atravesar la casa para reunirme con él.
– Tienes pinta de haber pasado un tiempo en el ejército, Todd -comenté.
– Debería romperte la cara por eso -contestó con buen talante-. En la marina. Cinco años. Era encargado de señales, y desde luego se me daba bien.
– ¿Os tatuáis en la marina?
– Por supuesto -respondió. Se arremangó la chaqueta y reveló en el brazo derecho una enmarañada masa de anclas y sirenas-. Soy muy tradicional. -Dejó caer la manga-. ¿Lo preguntas por algo?
– Simple curiosidad. Me fijé en cómo manejabas la pistola la noche de la fiesta. Daba la impresión de que no era la primera vez que empuñabas una.
– Ya, bueno, el señor Harmon es un hombre rico. Quería a alguien que cuidase de él.
– ¿Has tenido que cuidar de él alguna vez, Todd? -pregunté.
Se detuvo cuando llegamos al jardín y me miró de hito en hito.
– Todavía no -contestó-. No en el sentido a que se refiere.
Ese día los hijos de Harmon estaban en casa, y Harmon, en medio del jardín, les señalaba los cambios que esperaba introducir en las flores y los arbustos llegada la primavera.
– Le encanta el jardín -comentó Todd siguiendo la dirección de mi mirada y, al parecer, impaciente por abandonar el tema de la pistola y sus obligaciones, reales o potenciales, respecto a Harmon-. Todo lo que hay ahí lo ha plantado él mismo, o ayudado a plantarlo. También los chicos le echaron una mano. El jardín es tan de ellos como de él.
Pero yo no miraba a Harmon, ni a sus hijos, ni al jardín. Miraba las cámaras de vigilancia que permanecían atentas en el jardín y en las entradas de la casa.
– Parece un sistema caro -le indiqué a Todd.
– Lo es. Las propias cámaras pasan de imagen en color a blanco y negro cuando la iluminación es escasa. Tienen funciones de enfoque y zoom, direccionamiento horizontal y vertical, conmutador de modo cuádruple, que permite ver las imágenes de todas las cámaras de forma simultánea. Hay monitores en la cocina, en el despacho del señor Harmon, en el dormitorio y en mis dependencias. Nunca se es demasiado precavido.
– No, supongo que no. ¿Quién instaló el sistema?
– Una empresa llamada A-Secure, de South Portland.
– Ajá. Allí trabajaba Raymon Lang, ¿no?
Todd dio un respingo, como si acabara de recibir una suave descarga eléctrica.
– Sí, supongo. -La muerte de Lang y el descubrimiento de la niña bajo su caravana había sido noticia de primera plana. Difícilmente podía haberle pasado inadvertida a Todd.
– ¿Ha estado aquí alguna vez, para revisar el sistema, quizá? Seguro que necesita mantenimiento una o dos veces al año.
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