Las Columnas debían su nombre a un camino serpenteante y corto donde el arquitecto había empleado el granito y la imaginación sobrantes en esculpir media docena de pilares. Eran simples cilindros altos sin adornos, pero la presencia de Gens pareció convertirlos, de algún modo, en el decorado de una película de romanos. Se detuvo junto a uno y me escrutó. Me sentí en desventaja de repente, como en un ensayo.
– Me han contado que hiciste una captura increíble -dijo-. Oh, no es preciso que me des las gracias… Fue un canje: tú me regalaste una agradable sesión de Belleza y yo te entregué la técnica adecuada… Ganaste por goleada, según veo. No te estropeó mucho, ¿verdad? Solo unos cuantos arañazos en la cara, algunos golpes y… -Señaló con el bastón el vendaje de mi mano-. Oh, ¿qué fue? ¿El meñique? Sabía que el niño haría algo así… Es una máquina ese chaval: he visto los holovídeos del centro psicológico y he remitido un informe recomendando que lo trasladen al colegio y lo hagan «Arthur». Tiene todo lo que se necesita para ser como tú: es bello, listo, moldeable, y le gusta tanto engañar que ni siquiera se da cuenta de cuándo miente… Por si fuera poco, posee el trauma familiar exacto. Un verdadero «hijo de Coriolano», dedicado a desgarrar mariposas vivas. Bien entrenado, será un cebo excelente…
– ¿Y usted hará experimentos con él, igual que con Claudia? -inquirí. Gens repitió el nombre con cierta desgana, como aparentando que ya daba igual lo que pudiéramos hablar sobre ella, pero yo no me arredré-. Déjeme preguntarle algo: ¿por qué ha venido hoy aquí, doctor? ¿Quería contemplar el resultado de sus pruebas o es que todavía es capaz de sentir remordimientos?
Me devolvió la mirada.
– Ya que veo que estás en plena crisis ética, te haré una pregunta también -dijo-: ¿habrías podido eliminar a alguien como el Espectador con remordimientos? ¿Fueron remordimientos lo que sentiste al destruir a ese… diamante tallado de placer puro?
– ¿Quiere saber lo que sentí? Asco. De mí misma y de mi trabajo. Como si al aplastar a un insecto me diese cuenta de que soy un insecto también.
– Sentiste asco porque sentiste placer: no es culpa mía que nos hayan enseñado desde niños a que detrás de uno debe venir el otro a la fuerza. Él sintió placer desnudándote y atándote. Su hijo sintió placer amputándote un dedo. Tú sentiste placer destruyéndolos. Nunca has asumido qué significa ser cebo, por eso eres un cebo tan bueno.
Yo negaba con la cabeza. No quería entrar en su juego dialéctico.
– ¿Y qué cree que sintió Claudia al comprender que Renard nunca existió? ¿O cuando recordó que usted también estaba presente cuando la torturaban?
– Diana. -Gens se pasó una mano enguantada por la cara-. Tengo un chequeo online con el médico dentro de una hora… -Me mostró la pulsera clínica-. Ya sabes, el corazón, la tensión, todas esas chorraditas de los viejos… Y me gustaría estar en casa. Así que dime, por favor, qué quieres de mí…
– Quiero saber para quién he estado trabajando hasta ahora.
– Nadie dijo que tu trabajo fuera fácil.
– Nunca lo ha sido -convine-. Pero ni Claudia ni yo sabíamos que la mayor dificultad era usted.
Sobre nuestras cabezas, en el cielo gris, estalló un trueno que fue como un ruido de océano. Los faldones negros del abrigo de Gens echaron a volar con una ráfaga de viento. Ambos alzamos la mirada, pero yo la bajé antes.
– Fue por la máscara Yorick, ¿verdad? Su delirio personal, su asqueroso afán de descubrirla… Construyó en secreto ese túnel, inventó a un psico, o lo tomó prestado de los archivos, y encerró a Claudia haciéndole creer que trabajaba en una misión real. Ella intentó una y otra vez la máscara de la filia de Renard, pero no surtió efecto, y ahora sé por qué. Claudia misma me lo dijo, sin comprenderlo: Renard siempre tenía el rostro cubierto. Eran distintos hombres, ¿me equivoco? Cada día la torturaba un tipo con un psinoma diferente, y ella se esforzaba por engancharlos a todos con una sola máscara. Ese fue su método para hallar el Yorick, ¿verdad, doctor? Muy hábil.
Yo estaba segura de tener razón, pero Gens no iba a decírmelo. En aquel momento ni siquiera parecía escucharme: alzaba la cara con gesto orgulloso hacia el cielo de tormenta, o hacia lo alto de las columnas que nos rodeaban.
– El psinoma -dijo, como si aquella palabra explicara todo lo ocurrido-. El paso más importante que ha dado la Humanidad desde que adquirió conciencia de sí misma. No fuimos los primeros en sospechar su existencia, claro. Los antiguos cabalistas hablaban de algo intermedio entre el cuerpo y el espíritu, lo llamaban el zelem, que algunos identifican con el golem, una imagen hecha a semejanza nuestra, paradisíaca, portadora de placer. No de felicidad -recalcó-. De placer. Lo cual puede ocasionarnos felicidad o desdicha supremas. John Dee era cabalista, y aprovechó esos conocimientos para fundar su Círculo Gnóstico. Quizá Shakespeare fue educado por el Círculo desde niño y concibió obras que no eran sino rituales basados en lo que había aprendido. El psinoma… El hecho de que los gestos de un cuerpo o una voz nos lleven a la locura o el éxtasis. La razón de las creencias y las pasiones. La posibilidad de controlar a las masas con una sola persona… ¿Y vamos a entorpecer la exploración de este universo de carne y espíritu con obstáculos falsamente morales? -Volvió a dirigir hacia mí los huecos negros de sus gafas de sol, innecesarias en la gris soledad del día-. ¡Claro que Padilla y Álvarez lo aprobaron! ¡Y lo habrías aprobado tú, en su lugar! No podía hacerse de otra manera: vuestros ensayos eran muy duros, pero sabíais que eran ensayos. Con el Yorick resultaba imprescindible que el cebo creyera que la situación era real. Hubo sangre, sí, pero, como dice Coriolano, «curativa»… Claro que lo aprobaron… Y luego lo enterraron todo, hasta que al gilipollas de Álvarez se le ocurrió revelarlo…
– Al menos él tuvo la decencia de matarse.
No pareció oírme: su semblante se deformaba de rabia.
– ¿Sabes por qué intentaron enterrarlo todo luego? Yo te lo diré: porque fracasé. Si hubiese obtenido el Yorick, ahora estaría dirigiendo cebos en toda Europa. Pero, en cambio, ¿qué conseguí? Que Álvarez y Padilla decidieran mi «muerte» oficial, que el gobierno español casi desinfectara los lugares por los que pasé y, ahora… he conseguido tu odio. Porque fracasé. O mejor dicho, porque Claudia fracasó.
Esa vez sí. Esa vez lo hice.
Un segundo después me miré la mano, como si me costara creer que había abofeteado a un viejo. Las gafas de Gens habían caído al suelo sin hacer ruido, y este apoyó el bastón en la columna y se dedicó a buscarlas en silencio, quizá exagerando su temblor para acrecentar mi culpa. Pero no era culpa lo que yo sentía, y ya ni siquiera repulsión: solo una inmensa, inagotable tristeza.
– Siempre me he preguntado por qué acepté convertirme en cebo -dije viéndole tantear como un ciego en el césped-. Ahora lo sé: quería serlo para librar al mundo de seres como usted.
No volvimos a hablar hasta que Gens no tuvo las gafas en su sitio, el sombrero ajustado como deseaba y el bastón de nuevo en la mano enguantada. Luego se frotó la mejilla que la huella de mis dedos empezaba a tornar rojiza, y me di cuenta de que aquel era el único rubor que alguien como Gens podía permitirse. Para entonces, las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer junto con mis lágrimas.
– ¿Por qué Claudia? -sollocé-. Ella lo amaba a usted, lo adoraba… ¿Por qué tuvo que ser ella? Dios mío, Gens… ¿por qué ella?
– Por esa misma razón. Porque me amaba, y sabía que no se rendiría. Claudia era como parte de mí. Estaba completamente entregada. Ella me daría el Yorick…
Читать дальше