Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– En Montecarlo estamos buscando a un asesino, señor Fraricis.

– Y digo yo… Al llegar a estas alturas de la película, ¿los dos héroes no comienzan a tutearse? Me llamo Jean-Paul.

– Y yo, Nicolás.

– ¿Por casualidad te refieres a ese tío que llama a la radio? ¿Ese al que llaman Ninguno?

. -Exacto.

– Entonces te diré que también yo, como millones de otras personas, he seguido toda la historia. Al oír esa voz se me pone la carne de gallina. ¿A cuántos ha matado ya?

– A cuatro. Y de la horrible forma que ya sabes. Lo peor es que no tenemos la menor idea de cómo impedirle que siga haciéndolo.

– Debe de ser más listo que una manada de zorros. Escucha una música pésima pero debe de tener un cerebro de primera.

– En cuanto al cerebro, estoy de acuerdo contigo. Y en cuanto a la música, justamente por eso he venido a verte.

Nicolás buscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó las hojas impresas que le había dado Guillaume. Eligió una y se la tendió.

– ¿Conoces este disco?

Francis cogió la hoja y la miró. Nicolás tuvo la certeza de verlo palidecer. El viejo alzó hacia él sus ojos azules de chiquillo, llenos de asombro.

– ¿De dónde has sacado esta foto?

– Sería muy largo de explicar. Solo puedo decirte que creemos que el disco pertenece al asesino y que se vendió aquí…

Le mostró otra hoja, en la que se veía la etiqueta con el nombre de la tienda. Esta vez la palidez de su semblante no fue ya una impresión, sino una realidad. Las palabras no salían de su garganta.

– ¿Pero…?

– ¿Reconoces este disco? ¿Sabes decirme qué significado puede tener? ¿Quién es Robert Fulton?

Jean-Paul Francis apartó el plato e hizo un gesto con ambas manos.

– ¿Que quién es Robert Fulton? Cualquier apasionado del jaz que vaya más allá de Louis Armstrong lo conoce. Y cualquier melómano daría una mano por tener uno de sus discos.

– ¿Por qué?

– Porque en el mundo existen solamente diez, que yo sepa.

Ahora fue Nicolás el que palideció. Francis se sirvió un vaso de vino y se apoyó en el respaldo de la silla. De pronto la lasaña de la señora Sivoire parecía haber perdido todo interés.

– Robert Fulton ha sido uno de los mejores trompetistas de la historia del jazz. Por desgracia, como sucede a veces, musicalmente era un genio, pero estaba más loco que una cabra. Tenía unas ideas muy particulares. Nunca quiso grabar discos, porque estaba convencido de que la música no podía ni debía aprisionarse. Para él el único modo de gozarla era en concierto, in live , como se dice ahora. O sea, la música es una experiencia distinta cada vez, y no se puede fijarla de un modo estático, inmutable.

– Entonces, ¿este disco de dónde sale?

– A eso voy. En el verano de 1960 hizo una breve gira por Estados Unidos tocando en clubes con algunos de los mejores músicos de la época. Fueron unos conciertos históricos. En el Be-Bop Café de Nueva York, unos amigos, de acuerdo con una empresa discográfica, organizaron una grabación en directo a escondidas y a partir de esa cinta editaron quinientos discos, en la esperanza de que, una vez hechos, Fulton cambiara de idea.

– Por eso el álbum se llama Stolen Music

– Exacto. Música robada. Solo que los amigos no habían previsto su reacción. Fulton se enfureció y destruyó todos los discos; luego exigió que le entregaran las matrices y las maquetas, y las destruyó también. La historia corrió por el mundillo musical y se convirtió en una especie de leyenda que cada uno enriquecía a su modo cuando la contaba. Lo único cierto es que de todos esos discos se salvaron solo diez, que se vendieron a precio de oro a coleccionistas de grabaciones raras. Y era uno de ellos.

– ¿Quiere decir que todavía tiene el disco?

– He dicho «era», no «soy». Pasé por momentos difíciles…

Francis se miró las manos bronceadas, manchadas por la edad. Evidentemente no eran buenos recuerdos los que volvían a su mente.

– Mi mujer enfermó de cáncer, y después murió. El negocio andaba mal en aquella época. Particularmente mal, quiero decir. Yo necesitaba dinero para los tratamientos, y ese disco valía mucho, así que…

Francis dejó escapar un fuerte suspiro, como después de toda una vida de apnea.

– Cuando lo vendí, con todo mi pesar, pegué en la cubierta la etiqueta de la tienda. Una manera simbólica de no perderlo del todo. Ese disco ha sido una de las pocas cosas que he sentido verdaderamente mías en toda mi vida, aparte de mi mujer y mi hijo. Tres cosas son ya una auténtica fortuna en la vida de un hombre.

El corazón de Nicolás Hulot latía como el pistón de un motor de gran cilindrada. Eligió bien las palabras e hizo una pregunta, con el tono de voz de quien teme la respuesta.

– ¿Recuerdas a quién se lo vendiste, Jean-Paul?

– Han pasado unos quince años, Nicolás. Recuerdo que el cliente era un tío extraño, de mi edad, más o menos. Iba a la tienda y compraba discos, cosas raras, de coleccionista. No parecía tener problemas de dinero, por lo que te confesaré que algunas veces le cobraba de más. Cuando se enteró de que yo poseía una copia de Stolen Music , me persiguió durante meses para que se la vendiera. Yo siempre me negaba, pero al final, como te he dicho… La necesidad hace al ladrón. O al vendedor. A veces, a los dos.

– ¿Te viene algún nombre a la mente?

– Soy un hombre, no un ordenador. De ese disco no me olvidaría ni aunque viviera mil años. Pero del resto…

Se pasó una mano por el pelo blanco y levantó la cabeza para mirar hacia el techo. Nicolás se apoyó en la mesa y subrayó:

– De más está que te diga lo importante que puede ser esto, Jean-Paul. Hay vidas humanas en juego.

Se preguntó cuántas veces todavía debería usar esa expresión, cuantas veces debería recordar a alguien la importancia de algo para salvar a otros seres humanos, antes de que toda aquella historia terminara.

– Quizá…

– ¿Quizá qué?

– Ven conmigo. Veamos si eres un tío con suerte.

Hulot siguió a Jean-Paul fuera de la cocina; observó su espalda, derecha a pesar de la edad, y su nuca cubierta de tupido pelo blanco, mientras una corriente ligera le llevaba el perfume de su desodorante. En la entrada doblaron a la izquierda, y el hombre enfiló por una escalera que llevaba al semisótano.

Bajaron una decena de escalones y se encontraron en una habitación que debía de ser el cuarto comodín de la casa. En un la que había una lavadora y un fregadero, una bicicleta de mujer colgada en la pared y un banco de bricolaje con una prensa y utensilios para trabajar la madera y el hierro. En el otro, una hilera de anaqueles metálicos con botes de conserva y botellas de vino. Una parte estaba dedicada a archivadores y cajas de cartón de diversas medidas y colores.

– Soy un hombre que vive de recuerdos. Un coleccionista. Y casi todos los coleccionistas somos unos estúpidos nostálgicos, exceptuando a los que coleccionan dinero.

Jean-Paul Francis se detuvo delante de una estantería llena de cajas y se quedó un instante mirándola, con expresión perpleja.

– Mmmm, a ver…

Tras hacer su elección, sacó del estante más alto una caja de cartón azul bastante voluminosa. La tapa llevaba adherida la etiqueta dorada de una vieja tienda de discos llamada Disque a Risque. La apoyó en el banco de trabajo, junto a la pequeña prensa.

Encendió una luz que colgaba de lo alto.

– Aquí dentro está todo lo que queda de mi actividad comercial y de un pedazo de mi vida. Más bien poco, ¿no?

«A veces, con esto basta -pensó Nicolás-. Hay gente que al final del viaje ni siquiera necesita una caja, por pequeña o grande que sea. A veces incluso sobran los bolsillos.»

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