Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– Estaba del otro lado de Mirabeau, trescientos metros más adelante, a la derecha. Ahora hay un bistrot en su lugar.

– ¿No recuerda cómo se llamaba el dueño?

– No, pero el que ha abierto el nuevo local es su hijo. Si va hablar con él podrá darle toda la información que le interesa. Café des Arts et des Artistes.

– Gracias, Tattoo. Y no fume usted demasiado.

Mientras se alejaba pensó que nunca sabría si el nuevo ataque de tos fue un agradecimiento por el consejo o una catarrosa invitación a freír espárragos. Menos mal que la pista no se había perdido del todo. Lo que tenían era tan volátil que más parecía el humo de un cigarrillo de Tattoo que un verdadero indicio. Era necesario, al menos, evitar las pérdidas de tiempo. Morelli, desde luego, habría podido averiguar la identidad del propietario de la tienda buscándolo en la Cámara de Comercio, pero eso los habría retrasado, y no les sobraba el tiempo.

Hulot pensó en Frank, montando guardia sentado en Radio Montecarlo, esperando que sonara el teléfono y temiendo que esa voz, desde su limbo, anunciara una nueva víctima.

«Yo mato…»

Casi sin querer apresuró el paso. Llegó ante el toldo azul con letras blancas del Café des Arts et des Artistes. El negocio marchaba bien, a juzgar por la cantidad de clientes. En la terraza no había ni una sola mesa libre.

Entró y tardó unos instantes en adaptarse al cambio de luz. Detrás de la barra se veía una actividad frenética. Un cantinero y un par de muchachas de unos veinticinco años se afanaban en preparar aperitivos y bocadillos.

Ordenó un Kir Royal a una muchacha rubia, que contesto al pedido con un movimiento de cabeza mientras abría una botella de vino blanco. Poco después le llevó un vaso lleno de un líquido rosado.

– ¿Podría hablar con el propietario? -preguntó Hulot mientras se lo llevaba a los labios.

– Está allá.

La muchacha señaló a un hombre de unos treinta años, pelo ralo, que salía por una puerta de cristal donde ponía «Privado», en el fondo del local. Nicolás se preguntó cómo justificar su presencia allí y sus preguntas. Cuando el propietario del Café des Arts y des Artistes se acercó, ya había optado por la versión oficial.

– Disculpe…

– ¿Sí?

Hulot le mostró su credencial.

– Soy el comisario Hulot, de la Süreté Publique del principado de Monaco. Necesitaría hablar con usted, ¿señor…?

– Francis. Robert Francis.

– Aja. Pues bien, señor Francis, sabemos que en este local hubo en otro tiempo una tienda de discos que se llamaba Disque á Risque, y que el propietario era su padre.

El hombre miró a su alrededor con expresión inquieta. En sus ojos surgió toda una serie de preguntas.

– Sí, pero… La tienda se cerró hace unos cuantos años…

Hulot sonrió, tranquilizador. Cambió el tono de voz y la actitud.

– Tranquilícese, Robert. No le traigo malas noticias, ni para usted ni para su padre. Tal vez le resulte extraño, pero sepa que esa tienda podría ser la clave de una investigación importante. Solo necesito encontrar a su padre y hacerle unas preguntas, si es posible.

Robert Francis se relajó. Se volvió hacia la muchacha rubia que estaba detrás de la barra y le señaló el vaso que Nicolás tenía en la mano.

– Sírveme uno también a mí, Lucie.

Mientras esperaba la copa, se volvió otra vez hacia el comisario.

– Mi padre se jubiló hace unos años. La tienda de discos no rendía mucho. Es decir, nunca fue demasiado rentable, pero en los últimos tiempos era un verdadero desastre. Además, mi viejo es muy testarudo; supuestamente vendía discos raros, pero eran más los que pasaban a engrosar su colección personal que los que ponía a la venta. Esto lo convertía en un buen coleccionista pero en un pésimo comerciante…

Hulot soltó un suspiro de alivio. Francis hablaba de su padre en tiempo presente, lo que significaba que todavía vivía. Cuando había añadido «si es posible» contemplaba la desafortunada posibilidad de que hubiera muerto.

– Hasta que al final nos pusimos a hacer cuentas y decidimos cerrar el negocio. Luego yo abrí esto…

Abarcó con un gesto circular el local lleno de clientes.

– Al parecer, el cambio ha sido ventajoso.

– ¡Vaya que sí! Y le garantizo que las ostras que servimos son fresquísimas, no de otras épocas, como los discos de mi padre.

Lucie empujó un vaso hacia su jefe. Francis lo cogió y lo levantó en dirección al comisario, que imitó el gesto.

– Por su investigación.

– Por su local y los discos raros.

Bebieron un sorbo y Francis dejó el vaso en la barra.

– A estas horas, seguro que mi padre está en casa. ¿Ha venido usted desde Montecarlo por la autovía?

– Sí.

– Entonces solo deberá seguir las indicaciones para volver a tomarla. Cerca de la carretera de enlace con la autopista está el Novotel. Justo detrás hay una casa de dos plantas, de ladrillos rojos, con un pequeño jardín y unos rosales. Es la casa de mi padre. No puede usted equivocarse. ¿Puedo ofrecerle algo antes de que se marche?

Hulot levantó el vaso con una sonrisa.

– Gracias. Con esto ya ha sido más que suficiente.

Tendió la mano y Francis se la estrechó.

– Le agradezco su amabilidad. No imagina usted cuánto.

Al salir del bístrot vio a la derecha a un camarero que estaba abriendo unas ostras y otros frutos de mar. Con gusto las habría probado, de ser cierta la frescura de que se había jactado Francis, pero no tenía tiempo.

Desanduvo el camino que había recorrido poco antes. Del quiosco de Tattoo continuaban saliendo cavernosos ataques de tos. Los dos jugadores de ajedrez ya no estaban. La librería había cerrado. Todos hacían una pausa para almorzar.

Mientras se dirigía al coche volvió a pasar por el bar donde había tomado el café. Bajo el plátano, el gato Hulot ocupaba ahora el lugar del gato Roncaille. Sentado con absoluta tranquilidad, meneaba lentamente el rabo oscuro y peludo, paseando los ojos soñolientos por el mundo y sus habitantes.

Hulot pensó que no había ninguna razón para no interpretar aquella revancha felina como un buen augurio.

41

Jean-Paul Francis enroscó el tapón del pulverizador de plástico y accionó muchas veces el émbolo de la bomba para obtener la presión suficiente para rociar el insecticida. Cogió el utensilio por el mango y se acercó a un macizo de rosas rojas, cerca de la red metálica cubierta de plástico verde que servía de valla. Examinó los tallos y las hojas. Estaban cubiertos de parásitos que habían formado una especie de pelusa blanca.

– Ya que queréis guerra, ¡la tendréis! -exclamó con voz solemne.

Apretó una pequeña palanca y del aparato salió un chorro de insecticida mezclado con agua. Comenzó desde la base y fue subiendo a lo largo del tronco, distribuyendo el líquido de manera uniforme por todo el macizo.

Como había previsto, el insecticida tenía un olor espantoso. Se felicitó por haberse protegido con una mascarilla para no inhalar el producto, que, como ponía en la etiqueta, podía ser «tóxico en caso de ingestión. Manténgase alejado del alcance de los niños».

Al leer la advertencia había pensado que, si era tóxico para los niños, a su edad no podría hacerle demasiado daño ni aunque se lo inyectara en las venas.

Mientras fumigaba vio por el rabillo del ojo el Peugeot blanco que se detenía a cierta distancia de la entrada para vehículos. No era frecuente que un coche se detuviera allí, salvo cuando el hotel de enfrente estaba lleno y no quedaba lugar en el aparcamiento. Bajó un hombre alto, de unos cincuenta y cinco años, con el pelo cano y recién cortado, de aspecto cansado, que miró alrededor un momento y después se dirigió, decidido, hacia la verja de su casa.

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