Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Jean-Paul dejó su pulverizador, se bajó la mascarilla y fue a abrir la puerta de barrotes de hierro forjado, sin darle tiempo a llamar.

El hombre con el que se topó sonreía.

– ¿Es usted el señor Francis?

– El mismo.

El recién llegado exhibió una identificación en un portadocumentos de piel. Se veía su foto protegida por una lámina transparente de plástico rígido.

– Soy el comisario Nicolás Hulot, de la Süreté de Monaco.

– Si ha venido a arrestarme, sepa que ya vivo preso en este jardín. Una celda sería una buena alternativa.

El comisario rió, a pesar suyo.

– ¡Pues a eso le llamo yo no temerle a la policía! Pero… ¿indica una conciencia tranquila o una vida acostumbrada al mundo del crimen?

– Es culpa de las mujeres crueles que tantas veces me han destrozado el corazón. Pero, mientras lloro por mis desdichas personales, ¿qué le parece si entra usted? Los vecinos podrían pensar que pretende venderme una enciclopedia.

Nicolás entró en el jardín y Francis padre cerró la verja a sus espaldas. El dueño de la casa llevaba unos vaqueros desteñidos y una camisa azul de tela ligera; en la cabeza, un sombrero de paja; colgada del cuello, una mascarilla que se había bajado para hablar con el. Debajo del sombrero asomaba el pelo blanco y tupido. Los ojos azules, que destacaban en el rostro bronceado, parecían los de un chiquillo. El conjunto de sus rasgos hacían que el rostro pareciera simpático y fino.

Hulot tendió la mano, y el viejo se la estrechó cordial y vigorosamente.

– No he venido a arrestarlo, si eso lo tranquiliza. Y le robaré apenas unos minutos.

Jean-Paul Francis se encogió de hombros mientras se quitaba el sombrero y la mascarilla. Nicolás pensó que habría podido ser un buen doble de Anthony Hopkins.

– Estaba ocupándome del jardín no por elección sino por aburrimiento. No esperaba más que un pretexto para dejarlo. Venga vayamos a la casa, que está más fresca.

Atravesaron el minúsculo jardín, en el que un sendero de cemento, estropeado por la intemperie y el tiempo, unía la verja de entrada y la puerta de la casa. No era una vivienda de lujo -estaba a años luz de muchas mansiones de la Costa Azul-, pero estaba ordenada y limpia. Subieron tres escalones y entraron. Al fondo una escalera llevaba a las plantas superiores y dos puertas opuestas se abrían de modo simétrico a derecha y a izquierda.

Nicolás, acostumbrado a analizarlo todo a simple vista, tuvo enseguida la impresión de que, si bien el ocupante de aquella modesta casa no era un hombre rico en dinero, sí lo era en cultura, buen gusto e ideas.

Lo supo por la cantidad de libros, los adornos, los pocos cuadros y los carteles enmarcados, reproducciones de pinturas famosas o relacionados de algún modo con el mundo del arte.

Pero lo que más impresionaba eran los discos. Parecían ocupar todas las superficies libres. Hulot miró por la puerta de la derecha entreabierta y vio una sala que albergaba un enorme equipo estéreo, quizá la única concesión al consumismo. También allí, como en la entrada, todo el espacio disponible en las paredes estaba ocupado por estanterías cubiertas de viejos elepés de vinilo y de CD.

– Al parecer, le gusta a usted mucho la música.

– Nunca he sido capaz de elegir mis pasiones, así que he tenido que aceptar que ellas me eligieran a mí.

Francis le precedió y entró por la puerta de la izquierda. Le hizo pasar a la cocina, al fondo de la cual, por una puerta entornada, se entreveía una despensa. En la parte opuesta había un pequeño balcón que daba directamente al jardín.

– Aquí, como ve, nada de música. Estamos en la cocina y no se deben mezclar dos clases distintas de alimentos. ¿Le apetece beber algo? ¿Un aperitivo?

– No, gracias. Ya me ha ofrecido una copa su hijo.

– Ah, ha estado con Robert.

– Sí, ha sido él quien me ha enviado aquí.

Francis notó las manchas de sudor bajo sus axilas. Con la sonrisa lista de un niño que acaba de inventar un juego nuevo, miró el Swatch que llevaba en la muñeca.

– ¿Usted ya ha comido?

– No.

– Le hago una propuesta. La señora Sivoire, mi ama de llaves…

Se interrumpió y frunció el entrecejo con expresión perpleja.

– En realidad es la mujer de la limpieza, pero si la llamo ama de llaves ella se siente halagada y yo me siento más importante. La señora Sivoire, de origen italiano y una magnífica cocinera, me ha dejado lasaña al pesto lista para meter en el horno. Desde un punto de vista estético la señora Sivoire deja mucho que desear, pero le aseguro que sus lasañas están por encima de toda sospecha.

Nicolás no pudo evitar reír otra vez. Ese hombre era una fuerza de la naturaleza. Desbordaba simpatía por todos los poros. Con ese carácter extraordinario, su vida debía de ser un continuo disfrute… o por lo menos eso parecía.

– No tenía intenciones de quedarme a almorzar, pero si está en juego el orgullo de la señora Sivoire…

– Estupendo. Mientras se calienta la lasaña, yo subiré a darme una ducha. Si no, temo que, cuando levante los brazos, de mis axilas se dispare una descarga de ametralladora. Y después, ¿cómo podría justificar el cadáver de un comisario en mi cocina?

Jean-Paul Francis extrajo del frigorífico una fuente de cristal y la puso en el horno. Reguló la temperatura y el reloj. Por la manera en que manipulaba los electrodomésticos, Nicolás pensó que aquella era la casa de un hombre apasionado por la cocina o de un hombre solo. En todo caso, una cosa no excluía la otra.

– Listo. Comeremos en diez minutos. Quizá quince.

Salió de la cocina y desapareció silbando por la escalera. Desde abajo, Hulot oyó poco después el chorro de la ducha y la voz de barítono de Jean-Paul Francis que entonaba «The Lady is aTramp».

Cuando volvió, iba vestido del mismo modo que antes, pero con un pantalón y una camisa limpios. Tenía el pelo, todavía húmedo, peinado hacia atrás.

– Ya he vuelto. ¿Me reconoce usted?

Nicolás lo miró, perplejo.

– Pues sí.

– Qué raro. Después de la ducha me siento otro hombre. Se nota que es usted un comisario de verdad.

Hulot rió una vez más. Ese hombre tenía la capacidad de contagiar el buen humor. El dueño de la casa preparó la mesa en el pequeño balcón que miraba al jardín. Le alcanzó una botella de vino blanco y un sacacorchos.

– Mientras retiro la comida del horno, ¿qué le parece si abrimos esta?

Nicolás dio cuenta del corcho en el mismo instante en que Jean-Paul Francis depositaba sobre el salvamanteles colocado en el centro de la mesa la fuente humeante de lasaña al pesto.

– Aquí está. Póngase cómodo.

Le sirvió una abundante ración de pasta humeante.

– Empiece, por favor. En esta casa, la única etiqueta que se observa es la de las botellas de vino -dijo mientras se servía una ración idéntica.

– Deliciosa -comentó Hulot con la boca llena.

– ¿Qué le había dicho yo? Aquí tiene la prueba de que, sea lo que sea lo que venga a preguntarme, soy un hombre que dice la verdad.

Esas palabras dieron a Nicolás Hulot pie para plantear el motivo de su presencia allí, y era un motivo que quemaba mucho más que cualquier plato recién sacado del horno.

– Tenía usted una tienda de discos hace algún tiempo, ¿no? -dijo mientras cortaba con el tenedor un cuadrado de pasta.

Por la expresión del hombre se dio cuenta de que había tocado un punto sensible.

– Así es. La cerré hace siete años. Por estas tierras la música de calidad no ha sido nunca un buen negocio…

Hulot se cuidó de no comentar la opinión de Francis hijo sobre el tema; no valía la pena hurgar en una llaga todavía mal curada. Decidió ser franco. El señor Francis le caía bien, y estaba seguro que podía ponerlo al tanto del asunto, al menos en parte.

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