Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Jean-Paul abrió la caja y se puso a hurgar dentro; había hojas que parecían viejas licencias comerciales, pequeños programas de conciertos, catálogos de discos de coleccionista.

Al fin sacó una tarjeta azul doblada por la mitad; la abrió y leyó lo que había escrito; después se la tendió a Nicolás.

– Ten. Hoy es tu día de suerte. Esta tarjeta la escribió de puño y letra el comprador de Stolen Music. Me había dejado su número cuando supo que yo poseía una copia. Ahora que lo pienso después de comprar el disco fue a la tienda un par de veces más, después nunca más he vuelto a verlo…

Nicolas leyó lo que estaba escrito en la tarjeta. Una letra decidida y precisa había apuntado un nombre y un número de teléfono:

Legrand 04/4221545.

Hulot encontró extraño aquel momento. Después de tanto correr, después de tantas voces distorsionadas, tantos cuerpos camuflados, pistas desconocidas, pasos sin eco, después de tantas sombras sin rostro y tantos rostros sin cara, por fin tenía en la mano algo humano, lo más banal del mundo: un nombre y un número de teléfono.

Miró a Jean-Paul Francis y se sintió vacío. No lograba encontrar las palabras adecuadas. El dueño de la casa, el que quizá era su salvador y el de otras víctimas inocentes, le sonrió.

– Por tu cara, diría que estás trastornado, pero en un sentido positivo. Si estuviéramos en una película creo que en este momento debería sonar una música emocionante.

– Mucho más, Jean-Paul. Mucho más…

Sacó el móvil, pero su nuevo amigo lo detuvo.

– Aquí abajo no hay cobertura. Ven, subamos.

Subieron la escalera. Mientras la mente de Nicolás Hulot corría a cien por hora, Francis completaba la información con los últimos detalles que lograba evocar.

– Si mal no recuerdo, el hombre era de un lugar no muy lejos de aquí, de la zona de Cassis. Era un tío fuerte, alto pero no demasiado, y daba la impresión de tener un vigor físico fuera de lo común. Tenía aspecto de militar, no sé si me explico… Lo que más me impresionaba de él eran sus ojos; daban la sensación de mirar sin permitir que se los mirara… Sí, no se me ocurre una descripción más justa. Recuerdo que me parecía extraño que un tío así fuera un apasionado del jazz…

– Dices que no eres un ordenador, pero por lo que veo andas muy bien de memoria -comentó Hulot.

Mientras subía la escalera, Jean-Paul Francis se volvió hacia él. Sonreía.

– ¿Te parece? Pues no sé por qué, pero comienzo a sentirme orgulloso de mí mismo.

– Creo que tienes muchos motivos para sentirte orgulloso de ti mismo. Lo de hoy es solo uno más.

Volvieron a la planta baja y a la luz del día. En la mesa de la cocina la pasta estaba fría, y el vino, tibio. Un triángulo de sol había alcanzado el suelo del balcón y trepaba como una hiedra por una pata de la mesa.

Hulot miró el móvil. La pantalla indicaba que había vuelto la señal. Se preguntó si podía correr el riesgo. Tal vez su temor a las escuchas telefónicas fuera una simple paranoia. Pulsó el botón para marcar un número almacenado en la memoria y esperó a oír la voz del otro lado.

– Hola, Morelli. Habla Hulot. Necesito dos cosas de ti: información y silencio. ¿Es posible?

– Pues claro.

Una cualidad indiscutible de Morelli era su capacidad de no hacer preguntas inútiles.

– Te daré un nombre y un número de teléfono. Puede que el número ya no esté en servicio. Debería pertenecer a la zona de Provenza, para ser precisos. ¿Me dices a qué dirección corresponde, en cuanto la hayas conseguido?

– Inmediatamente.

Hulot le dictó los datos y cerró la comunicación. Luego se volvió hacia Francis y le pidió una confirmación que en realidad era un simple reflexión.

– ¿La zona de Cassis, has dicho?

– Me parece. Cassis, Auriol, Roquefort… No recuerdo bien, pero creo que era esa zona.

– Entonces me parece que deberé darme una vuelta por allí-

Hulot contempló la casa, como si quisiera imprimir cada detalle en la retina, y volvió a mirar a Francis a los ojos.

– Espero que no te ofendas si me voy como un ladrón. Como podrás imaginar, tengo mucha prisa.

– Sé cómo te sientes. Es decir, no, no lo sé, pero puedo imaginarlo. Ojalá encuentres lo que buscas. Ven, te acompaño a la verja.

– Lamento haberte estropeado el almuerzo.

– No has estropeado nada, Nicolás. Al contrario. En los últimos tiempos no me ha sobrado la compañía… Cuando llegas a cierta edad, llegan también ciertas reflexiones. Te preguntas cómo puede ser que si el tiempo pasa tan deprisa haya momentos en los que parece no pasar nunca…

Mientras escuchaba a Jean-Paul, habían atravesado el jardín y llegado a la verja de hierro forjado. Nicolás miró su coche aparcado un poco mas adelante, bajo el sol. Sin duda, por dentro seria un horno. Del bolsillo de la chaqueta sacó una tarjeta de visita.

– Ten. Si vas a Montecarlo, en mi casa siempre habrá para ti una cama y un tazón de sopa.

Jean-Paul la cogió y la guardó sin decir nada. Nicolás sabía que no la tiraría. Quizá nunca más se vieran, pero estaba seguro de que no la tiraría.

Le tendió la mano y encontró su apretón enérgico.

– A propósito… Hay algo más que quiero decirte. Es una curiosidad mía, que no tiene nada que ver con esta historia.

– Dime.

– ¿Por qué Disque á Pvisque?

Esta vez fue Francis quien rió.

– Ah, eso… Cuando abrí la tienda, no tenía la más remota idea de cómo me iba a ir. El riesgo no lo corrían los clientes, ¡lo corría yo!

Hulot se fue sonriendo y meneando la cabeza, mientras Francis lo miraba desde la verja abierta.

Cuando llegó al coche, metió la mano en el bolsillo para buscar las llaves y sintió bajo los dedos la consistencia del cartón de la tarjeta azul que le había dado Jean-Paul, con el nombre y el número e teléfono. La sacó y la miró un instante con expresión distraída.

Pensó que Disque a Risque, una tienda de discos raros, acaso hubiera cosechado su mayor éxito algunos años después de haber cerrado.

42

Mientras atravesaba Carnoux-en-Provence rumbo a Cassis, llegó la llamada de Morelli. El dispositivo electrónico del móvil interfirió con la radio, sintonizada en Europe 2, que comenzó a emitir por los altavoces un ligero repiqueteo. Un segundo después comenzó a sonar el móvil. Hulot lo cogió del asiento del acompañante y activó la recepción.

– Sí.

– Comisario, soy Morelli. He encontrado la dirección que busca. He tardado un poco porque tenía usted razón: el número ya no está en uso. Se trata de una numeración vieja. He tenido que retroceder bastante en el tiempo con France Télécom.

Hulot hizo un gesto de contrariedad.

– ¿Entonces?

– El número corresponde en realidad a una finca agrícola, Domaine La Patience, Chemin de l'Hiver, Cassis. Pero hay algo, sin embargo…

– ¿Qué?

– El teléfono ha sido cortado, pero nunca se ha dado de baja. En un momento dado se interrumpieron los pagos, y la empresa después de diversas reclamaciones que nunca tuvieron respuesta, decidió cortar la línea. La persona con la que hablé no ha podido decirme más. Para más detalles se necesitaría hacer una búsqueda más profunda, y no me ha parecido el caso…

– No hay problema, Claude. Está bien así. Gracias.

– No hay de qué, comisario.

Del otro lado, una leve vacilación. Hulot percibió que Morelli esperaba una señal de su parte.

– Dime.

– ¿Va todo bien?

– Sí, Morelli, va todo bien. Mañana podré informarte si va todavía mejor. Te llamaré por la mañana.

– Hasta mañana, entonces, comisario. Y cuídese.

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