Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Ahora que la perspectiva había cambiado, veía que la parte trasera de la casa se hallaba en ruinas. Del techo, hundido, solo quedaba en pie un sector del frente. Unas vigas ennegrecidas se elevaban al cielo como dedos oscuros de cantantes de un coro de gospe l, sobresaliendo de lo que quedaba de la antigua estructura. Las tejas se amontonaban sobre una masa indistinta de escombros, y las pareces, desmoronadas y cubiertas de hollín, daban testimonio de que en la casa había habido un gran incendio, que la había destruido casi por completo; solo quedaba la fachada, como si fuera la falsa construcción de una escenografía teatral.

Debía de haber sucedido hacía mucho tiempo, ya que la maleza y las trepadoras habían tenido el tiempo suficiente para tomar posesión del terreno que nunca había dejado de pertenecerles. Parecía que la naturaleza, poco a poco, tejiera una delicada y paciente trama vegetal para cubrir la herida que los hombres le habían infligido.

Hulot detuvo el coche en el patio y bajó a mirar a su alrededor. Desde allí la vista era magnífica. Abarcaba todo el valle, salpicado de casas aisladas y viñedos que se alternaban con manchas de vegetación espontánea, en un degradado de tonos verdes que llegaba hasta Cassis, blanca y hermosa, y que, apoyada en la costa como una mujer en un balcón, miraba el mar que delimitaba el horizonte. En el terreno de la casa, Hulot vio los restos consumidos de un jardín, herrumbrosas estructuras de hierro forjado que testimoniaban el pasado esplendor de la casa. En la época de floración, el jardín debía de haber sido un maravilloso espectáculo; ahora todo estaba invadido por matas de lavanda silvestre.

Las persianas cerradas, los muros marcados por el fuego, la grama que metía sus raíces en las grietas como un carterista que deslizaba los dedos en los bolsillos de su víctima desprevenida, daban una sensación sobrecogedora de desolación y abandono.

Vió que un coche llegaba por el camino y enfilaba por el sendero de acceso. De pie en el centro del patio, Hulot esperó. Poco después un Renault Kangoo amarillo aparcó junto al Peugeot. Bajaron dos hombres vestidos con ropa de trabajo, uno viejo, de unos sesenta años, y el otro de unos treinta, un sujeto rechoncho, con cara de idiota y barba oscura y larga. El más joven, sin dignarse mirarlo, fue a abrir el maletero y comenzó a descargar unos utensilio de jardinería.

El otro le dio unas instrucciones.

– Comienza tú, Bertot; yo voy enseguida.

Después de haber establecido la jerarquía, fue hacia Hulot. Al verlo de más cerca, pensó que tampoco su cara reflejaba demasiada inteligencia. Parecía una réplica más delgada del otro.

– Buenos días.

– Buenos días.

Hulot trató de atajar cualquier protesta con una actitud humilde.

– Espero no haber cometido ninguna infracción, y si lo he hecho le pido disculpas. Creo que me he confundido de camino, mucho más abajo. He seguido buscando un lugar donde dar la vuelta, hasta que he llegado aquí. He visto la casa en ruinas, y he sentido curiosidad, así que me he detenido a echar una ojeada. Me voy enseguida.

– No hay problema, no está usted causando ninguna molestia. Aquí no ha quedado nada que valga la pena robar, aparte de la tierra y la maleza. Usted es turista, ¿verdad?

– Sí.

– Me lo imaginaba.

«Menuda imaginación, hombre. Acabas de pasar junto a un coche con matrícula de Montecarlo. Lo habría adivinado hasta un ciego.»

El hombre se encogió de hombros en señal de modestia.

– A veces alguien sube hasta aquí. Por casualidad, como usted, o por curiosidad, como la mayoría. Los de Cassis no vienen de buena gana. Tampoco yo, a decir verdad, doy saltos de alegría cada vez que me toca venir. Después de lo que sucedió aquí… Pero que quiere usted, el trabajo es el trabajo, y en estos tiempos no es cosa de andar reparando en pequeñeces. Aun así, por si acaso, siempre venimos dos. Han pasado muchos años, pero este lugar todavía da escalofríos…

– ¿Por qué? ¿Qué sucedió?

– ¿No conoce la historia de La Patience?

Lo miró como si creyera imposible que alguien de este planeta ignorara la historia de La Patience. Seguramente, si lo hubiera visto alejarse en un platillo volador, solo habría comentado: «Claro, ya lo decía yo…».

Nicolás le dio cuerda.

– No, no creo haber oído hablar nunca de esa historia.

– ¿De veras? Pues bien, aquí hubo un crimen, o, mejor dicho, una serie de crímenes. ¿En serio no sabe usted nada?

Hulot sintió que se le aceleraba el pulso.

– Pues no.

El hombre sacó un paquete de tabaco y comenzó con bastante destreza a liar un cigarrillo. Como suelen hacer las personas simples cuando tienen la posibilidad de contar una historia interesante, comenzó su relato con estudiado énfasis.

– No conozco todos los detalles de la historia, porque en esa época no vivía en Cassis. Pero parece que el tío que vivía en esta casa mató a su hijo y al ama de llaves; después lo quemó todo y se pegó un tiro en la cabeza.

– ¡Caramba!

– Pues sí, no es broma. En el pueblo dicen que ese tío estaba medio loco y que en veinte años los debieron de ver no más de veinte veces, a él y al hijo. Era la mujer la que bajaba a hacer la compra, pero no hablaba con nadie. ¡Buenos días, buenas noches y si te he visto no me acuerdo! Ni siquiera cultivaba ya la tierra, y eso que tenia un buen terreno. Lo administraba una agencia inmobiliaria que se encargaba de alquilarlo a productores de vino de la zona, vivía solo como un ermitaño, en la cima de esta montaña. Yo creo que con el tiempo fue volviéndose majareta y por eso hizo lo que hizo…

– ¿Tres personas, ha dicho usted?

– Aja. Al hombre y a la mujer los encontraron completamente carbonizados. El cuerpo del chaval, en cambio, lo recuperaron intacto cuando lograron apagar el fuego. Y menos mal que vio el incendio a tiempo, pues de lo contrario se habría incendiado media montaña.

Señaló con un dedo al hombre más joven que había llegado con él.

– Me ha dicho el padre de Bertot, que en aquella época era bombero, que cuando encontraron el cuerpo del chaval estaba en un estado aterrador, hasta tal punto que hubieran preferido encontrarlo carbonizado como los otros dos. Y tenga usted en cuenta que el cuerpo del padre estaba tan cocido que la bala con que se había saltado los sesos se había fundido en el cráneo…

– ¿Qué quiere decir con «estado aterrador»?

– El padre de Bertot me ha dicho que ya no tenía cara, no sé si me explico… como si se la hubieran arrancado de la cabeza. Y después que me digan que el tío ese no estaba loco…

Hulot sintió que las entrañas se le anudaban en el vientre, como las plantas trepadoras en los muros ennegrecidos de La Patience.

«¡Dios santo, el muchacho ya no tenía cara, como si se la hubieran arrancado de la cabeza!»

Como diapositivas infernales, una serie de rostros descarnados pasó delante de sus ojos. Jochen Welder y Arijane Parker. Alien Yoshida. Gregor Yatzimin. Veía sus ojos sin párpados abiertos de par en par, condenando a quien los había matado y a quien no había sabido impedir que aquello sucediera.

Le pareció oír una voz que susurraba en sus oídos, con un aterrorizador efecto estéreo, aquellas dos palabras malditas:

«Yo mato…»

Pese al aire cálido de la tarde de verano, sintió que se estremecía bajo la chaqueta de algodón liviano. Un hilo de sudor se deslizó por su espalda hasta la cintura.

– ¿Y después qué sucedió? -preguntó con voz temblorosa.

El hombre se dio cuenta de su alteración, pero la tomó por a reacción normal de tantos otros turistas, que se impresionaban con los hechos de sangre.

– Pues bien, los hechos eran bastante evidentes, por lo que, después de excluir otras posibilidades, archivaron el caso como doble asesinato y suicidio. Ciertamente no ha sido una buena publicidad para La Patience…

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