Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Marcel Legrand 1992

Franqoise Mautisse 1992

En las tumbas no había fotografías; había observado que había otras que tampoco las tenían. No lo encontró extraño, pero hubiera preferido tener caras para recordar y guardar como referencia.

Pareció que el guardián le hubiera leído el pensamiento.

– En las lápidas no hay fotos porque se quemaron todas en el incendio.

– ¿Y por qué solo dos tienen la fecha de nacimiento?

– Son de la madre y el hijo. Las otras dos, creo que no las tuvieron a tiempo para el entierro. Y después…

Hizo un gesto que daba a entender que después ya no hubo nadie a quien le interesara añadirlas.

– ¿Cómo sucedió? -preguntó el comisario, sin levantar los ojos de las losas de mármol.

– Una historia fea, y no solo por el hecho en sí. Legrand era un tío raro, un solitario. Llegó al pueblo después de comprar esa finca, La Patience, con la mujer embarazada y una especie de ama de llaves. Se instaló, y enseguida quedó claro cuál iba a ser su actitud: total aislamiento. La mujer parió en la casa, sola, seguramente asistida por él y el ama de llaves.

Señaló la tumba con un gesto.

– La mujer murió unos meses después del parto. Quizá, si hubiera parido en un hospital, no habría sucedido. Por lo menos es lo que dijo el médico que determinó su muerte. Pero ese hombre era así. Parecía que odiaba a la gente. Al hijo no se lo veía casi nunca, no lo bautizaron, no iba al colegio. Debía de tener profesores particulares, tal vez el mismo padre, porque aprobaba los exámenes final de cada curso.

– ¿Usted lo vio alguna vez?

El guardián asintió con la cabeza.

– Muy de vez en cuando venía con el padre a dejar flores n la tumbal de la madre. En general era la mujer de la casa la que se ocupaba. Una vez sucedió algo…

– ¿Qué?

– Algo insignificante, pero que daba mucho que pensar sobre cómo debía de ser la relación entre padre e hijo. Yo estaba allí dentro…

Señaló con un gesto de la mano la pequeña construcción de donde Hulot le había visto salir.

– Cuando salí, lo vi… al padre, me refiero… de pie delante de la tumba, vuelto de espaldas. El niño estaba al lado, apoyado en el muro, mirando hacia abajo, a los niños que jugaban al fútbol. Cuando me oyó salir, volvió la cabeza hacia mí. Era un niño normal, bastante guapo, diría, pero tenía unos ojos extraños, no sé cómo decirlo… unos ojos tristes. Sí, eso, tristes, diría. Los ojos más tristes que había visto nunca. Debió de haber aprovechado un momento de distracción del padre para llegar hasta allí, atraído por las voces de los otros niños. Me acerqué a hablarle, pero el padre vino hecho una furia. Gritó el nombre del niño y… ¿Me permite decirle algo?

El guardián hizo una pausa. Lo miró fijamente como si no lo estuviera viendo a él sino reviviendo aquel momento.

– Cuando ese hombre gritó: «¡Daniel!», lo hizo con la voz con que uno grita: «¡Fuego!» a un pelotón de fusilamiento. El niño se volvió hacia el padre y se puso a temblar. Temblaba como una hoja. Legrand no dijo nada. Se limitó a mirar a su hijo con los ojos muy abiertos, como loco. Temblaba de rabia casi tanto como su hijo temblaba de terror. No sé qué sucedía en aquella casa; solo sé que en ese momento ¡el niño se meó encima!

El guardián bajó por un instante la mirada al suelo.

– Como imaginará usted, años después, cuando pasó lo que paso, no me sorprendió en absoluto saber que Legrand había cometido aquella matanza. ¿Entiende lo que le quiero decir…?

– Según me han dicho, se suicidó después de matar al ama de llaves y al hijo y prender fuego a la casa.

– Así fue, sí. O por lo menos esa fue la conclusión de la policía. No había motivos para sospechar otra cosa, y el comportamiento de ese hombre apoyaba sobradamente esa hipótesis. Pero aquellos ojos…

Miró al vacío sacudiendo la cabeza.

– Aquellos ojos de loco no lograré quitármelos nunca de la cabeza.

– ¿Hay alguna otra cosa que pueda decirme? ¿Recuerda algún otro detalle?

– Pues sí, han sucedido cosas extrañas desde entonces. Bastantes, diría.

– ¿Como cuáles?

– El robo del cuerpo, por ejemplo. Después, el asunto de las flores…

Por un instante Hulot creyó haber entendido mal.

– ¿Qué cuerpo?

– El suyo.

El hombre indicó con un dedo la lápida de Daniel Legrand.

– Aproximadamente un año después de la tragedia, una noche profanaron la tumba. Cuando llegué, por la mañana, encontré la verja forzada, la lápida suelta y el ataúd abierto. Del cuerpo del chaval no había ni rastro. La policía pensó en un maníaco necrófilo que…

– Ha hecho usted referencia también a unas flores… -lo interrumpió Nicolás.

– Ya, también está eso. Un par de meses después del entierro recibí una carta escrita a máquina. Me la entregaron aquí porque estaba dirigida al guardián del cementerio de Cassis. Dentro había dinero. No un cheque, sino billetes envueltos en la hoja de la carta.

– ¿Y qué decía la carta?

– Que el dinero era mi remuneración por el cuidado de la tumba de Daniel Legrand y la madre. Ni una palabra sobre el padre o el ama de llaves. El que escribió la carta me pedía que mantuviera siempre limpias las lápidas y que no faltaran nunca flores frescas. El dinero ha seguido llegando aun después del robo del cuerpo.

– ¿Hasta ahora?

– La última la recibí el mes pasado. La próxima debería llegar dentro de poco.

– ¿Ha conservado la carta? ¿O alguno de los sobres?

El guardián se encogió de hombros y meneó la cabeza.

– No creo. De la carta han pasado muchos años. Debería mirar en casa, pero no creo. Los sobres, no sé… quizá todavía tenga alguno. En todo caso, puedo hacerle llegar el que recibiré dentro de poco, si lo recibo.

– Se lo agradecería. Y le agradecería también si no hablara usted con nadie de nuestra conversación.

El guardián hizo un gesto dando a entender que eso se sobrentendía.

– No se preocupe.

Mientras ellos hablaban, una mujer vestida de oscuro, con un pañuelo en la cabeza, subió la escalera con un ramo de flores en la mano. Con pequeños pasos llegó a una tumba de piedra, en la misma fila que las de los Legrand. Se inclinó, acarició con gesto afectuoso el mármol de la lápida y se puso a hablar en voz baja.

– Discúlpame si hoy he llegado tarde, pero he tenido algunos problemas en casa. Ahora iré a buscar agua y luego te explico.

Dejó el ramo sobre la piedra, quitó del florero las flores marchitas y extrajo el recipiente de la tumba. Se alejó para ir a llenarlo. El guardián siguió la mirada de Nicolás y se anticipó a su pregunta. Había pena en su rostro.

– Pobre mujer, ¿verdad? Aquella fue una época muy desafortunada para Cassis. Poco antes de que pasara lo de La Patience, a ella también le ocurrió una desgracia. Fue una banalidad, si es que la muerte de una persona se puede definir así. Un accidente durante una inmersión. El hijo se había sumergido a coger erizos, para vender a los turistas en un tenderete del puerto. Un día no regresó. Encontraron su barca anclada un poco más allá de las calanques, abandonada, con su ropa dentro. Cuando el mar devolvió el cuerpo, le hicieron la autopsia y dijeron que había muerto ahogado, probablemente por un malestar repentino durante la inmersión. Después de la muerte del chaval, ella…

El guardián hizo una pausa y giró significativamente contra la len el índice de la mano derecha.

– … perdió la cabeza, junto con el hijo.

Hulot contempló a la mujer, que estaba arrojando a la basura las flores marchitas de la tumba.

Pensó en Céline, su esposa. También a ella le había sucedido lo mismo, después de la muerte de Stéphane. La definición del guardián era perfecta.

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