– Pierrot, ¿eres capaz de guardar un secreto?
El muchacho lo miró temeroso, con los ojos entornados, reflexionando sobre si la pregunta estaba a su alcance.
– ¿Un secreto quiere decir que no debo decírselo a ninguno?
– Exacto. Y además, ahora que también tú eres policía y participas en una investigación, debes saber que los policías no pueden contar sus secretos a nadie. Top secret. ¿Sabes lo que significa?
El muchacho negó enérgicamente con la cabeza, agitando graciosa cabellera lacia, necesitada de un buen corte de pelo.
– Quiere decir que es algo tan secreto que solo podemos saberlo tú y yo. ¿De acuerdo, agente Pierrot?
– Sí, señor.
Se llevó una mano a la frente a la manera de un saludo militar, como debía de haber visto en las películas de la televisión. Frank extrajo la imagen del disco impresa por Guillaume.
– Ahora te mostraré la cubierta de un disco. ¿Puedes decirme si está en el salón?
Puso la imagen ante la cara de Pierrot, que apretó los ojos, como acostumbraba hacer cuando se concentraba. Después de haber observado la imagen durante algunos segundos, miró a Frank sin la expresión satisfecha que indicaba un resultado positivo. Negó con la cabeza.
– No está.
Frank ocultó su desilusión para no transmitírsela a Pierrot, y fingió considerar la negativa como un éxito.
– Muy bien, agente Pierrot. Muy, muy bien. Ahora puedes irte. Y recuerda: ¡secreto absoluto!
Pierrot cruzó los índices sobre sus labios para indicar un juramento de silencio y se marchó rumbo a la cabina de dirección. Frank volvió a guardarse la hoja en el bolsillo y se fue, dejando a Morelli a cargo de la situación. Al salir vio que Barbara, que llevaba un vestido negro particularmente seductor, se acercaba a hablar con el inspector.
Mientras pensaba en las muy comprensibles inclinaciones de Morelli, se abrió la verja de la casa y poco a poco apareció la figura de Helena Parker.
Primero su figura agraciada, el rumor de sus pasos en la grava, el andar sin vacilaciones pese al terreno levemente irregular. Luego su rostro, la cabellera rubia, y los ojos, esos ojos en los que alguien parecía haber instalado la tristeza. Frank se preguntó qué habría detrás de ese velo desgarrado. Qué sufrimientos, cuántos momentos de soledad no buscada o de compañía no pedida, cuánta mera supervivencia en vez de una vida de verdad.
Probablemente en breve lo sabría, pero se preguntó hasta qué punto deseaba averiguarlo. De golpe se dio cuenta de qué representaba para él Helena Parker. Le costaba confesarse que sentía miedo. Temia que la historia de Harriet lo hubiera vuelto definitivamente un cobarde. Si así era, podía recorrer el mundo con mil armas, y arrestar y matar a mil hombres, podía pasarse toda una vida corriendo, pero nunca lograría alcanzarse a sí mismo. Si no hacia algo, si no sucedía algo, ese miedo no le abandonaría jamás.
Bajó del coche y lo rodeó para abrir la puerta. Helena Parke llevaba un conjunto oscuro de chaqueta y pantalón, de reminiscencias orientales. Su atuendo, sin embargo, no denotaba riqueza sino simplemente buen gusto. Frank vio que casi no llevaba joyas y que el maquillaje era, tanto esta vez como las otras veces que la había visto, tan leve que resultaba invisible.
Llegó a su lado precedida por un perfume intenso que parecía surgir de la noche misma.
– Buenas noches, Frank. Le agradezco que haya bajado para abrirme la puerta, pero no se sienta obligado a hacerlo cada vez.
Helena se sentó en el coche y levantó el rostro hacia él, que había permanecido de pie junto a la puerta abierta.
– No es simple cortesía…
Frank indicó el Mégane con un movimiento de cabeza.
– Este es un coche francés. Si uno no cumple con ciertas exigencias de galantería el motor no arranca.
Helena dio la impresión de apreciar el comentario y lo demostró con una risita.
– Me sorprende usted, señor Ottobre, en una época en que los hombres ingeniosos parecen ser una especie en vías de extinción.
La sonrisa que ella le dirigió le pareció más preciosa que cualquier joya, y le hizo sentirse de pronto solo y desarmado.
Mientras ponía en marcha el motor se preguntó cuánto tiempo se prolongaría aquel intercambio de cortesías antes de que abordaran el verdadero motivo del encuentro. Se preguntó también cual de los dos tendría el valor de enfrentarlo primero.
Contempló el perfil de Helena, que era luz y oscuridad bajo el destello de los faros de los coches con los que se cruzaban, como luz y oscuridad eran los pensamientos del hombre que iba sentado a su lado. Ella le devolvió la mirada. En la penumbra, toda apariencia de alegría se había borrado de sus ojos, que habían vuelto a ser los de siempre.
Frank supo que sería ella quien comenzaría a hablar.
– Conozco su historia, Frank. Mi padre me ha obligado a escucharla. Todo lo que él sabe debo saberlo yo, todo lo que él es debo serlo yo. Lo lamento mucho; me siento una intrusa en su vida, y no es una sensación agradable.
A Frank le vino a la mente el dicho popular que atribuía a los hombres, en su relación con las mujeres, el papel de cazadores. Con Helena Parker advertía que ese papel se había invertido. Aquella mujer era una auténtica cazadora, sin siquiera saberlo, quizá porque siempre la habían tratado como a una presa.
– Lo único que puedo ofrecerle a cambio es la mía, mi propia historia. No encuentro otra justificación para este encuentro y para las preguntas que planteo, por cierto muy difíciles de responder.
Frank escuchaba la voz de Helena y conducía despacio por la carretera de Roquebrune a Mentón. Había vida en torno de ellos, había luces y existencias normales, personas que paseaban por aquel cálido y luminoso tramo de la costa, personas a la búsqueda de alguna satisfacción fútil, sin más motivación que el placer igualmente fútil de la búsqueda en sí.
«No hay tesoros, no hay islas ni mapas; solo la ilusión, mientras dura. Y a veces el fin de la ilusión es una voz que murmura dos simples palabras: "Yo mato…".»
Casi sin darse cuenta, tendió una mano para apagar la radio, como si temiera que de un momento a otro saliera una voz antinatural para devolverlo a la realidad. La ligera música de fondo calló.
– No me molesta que usted sepa mi historia. El verdadero problema es que esa historia exista. Espero que la suya sea distinta.
– Si fuera muy distinta, ¿cree usted que ahora estaría aquí?
De pronto la voz de Helena se volvió muy dulce. Era la voz de Una mujer en guerra que buscaba la paz y la proponía.
– ¿Cómo era su mujer?
A. Frank le sorprendió la naturalidad con que se lo había preguntado. Y la facilidad con que él respondió.
– No sabría decirle cómo era. Como todos, era dos personas al mismo tiempo. Podría decirle cómo la veía yo, pero ya no serviría de nada.
Frank guardó silencio, y durante un tramo del camino su silencio se unió al de Helena.
– ¿Cómo se llamaba?
– Harriet.
Helena dio la impresión de escuchar ese nombre como el de una vieja amiga.
– Harriet. Aunque nunca la haya conocido, siento como si supiera muchas cosas de ella. Quizá se pregunte usted por qué…
Una pequeña pausa. Después, de nuevo la voz de Helena, llena de amargura.
– Nadie como una mujer débil para reconocer a otra.
Miró un instante por la ventanilla. Sus palabras eran un viaje que de algún modo iba llegando a su fin.
– Mi hermana, Arijane, había logrado ser más fuerte que yo. Ella lo entendió todo y se fue, escapó de la locura de nuestro padre. O tal vez a él no le importaba tanto encontrar un modo de encerrarla en la misma prisión que a mí. Yo, en cambio, no podía escapar…
Читать дальше