Observaba el rostro de su amigo por si veía el menor signo de interés. Sabía que la historia de Frank era un peso muy difícil de cargar. Desde la muerte de su esposa, en circunstancias muy traumáticas, parecía dominado por un deseo sistemático de autodestrucción, como si se sintiera culpable de todos los males del mundo.
Hulot había visto personas que habían caído en el alcohol, o en cosas peores, y gente que se había quitado la vida en un intento desesperado de poner fin a sus remordimientos. Frank, en cambio, se mantenía lúcido, íntegro, como si no se permitiera olvidar, como si quisiera cumplir cada día una condena sin atenuantes. La sentencia se había pronunciado, y él era, al mismo tiempo, el juez y el condenado.
Hulot se sentó y apoyó los codos sobre el escritorio. Frank guardaba silencio, inexpresivo, con las piernas cruzadas sobre el sillón. El comisario continuó como si ello le produjera un enorme cansancio.
– No tenemos nada. Nada de nada. Es probable que nuestro hombre llevara un traje de submarinismo, con aletas, guantes y capucha, y no se lo haya quitado en ningún momento. Por lo tanto, no ha dejado ninguna huella digital ni orgánica, es decir, ni vello, ni cabellos. Las marcas de pies y manos son tan normales que podrían pertenecer a millones de personas.
Hulot hizo una pausa. Los ojos de Frank parecían dos pedazos de carbón, oscuros como la mina de la que debían de haberse extraído.
– Hemos iniciado las investigaciones sobre las víctimas. Pero ya te imaginas la cantidad de gente que deben de haber conocido dos personas como ellas; con la vida que llevaban, siempre de aquí para allá…
De golpe la actitud del comisario cambió; se le había ocurrido.
Una idea.
– ¿Por qué no me ayudas, Frank? Podría llamar a tu jefe y pedirle que mueva los hilos que haga falta para que te incorpores a la investigación; eres una persona preparada e informada sobre los hechos. Ya ha sucedido antes, en realidad. Además, una de las víctimas era ciudadana estadounidense… Tienes exactamente la experiencia que se necesita en un caso como este. Hablas italiano y francés a la perfección, conoces los métodos de investigación y la mentalidad de las policías europeas. Conoces a la gente de esta región. Eres el hombre indicado en el lugar indicado.
La voz resbaló sobre el rostro de Frank como el viento que lleva un temporal, pero las nubes de sus ojos pertenecían a otra tempestad.
– No, Nicolás. Tú y yo ya no tenemos los mismos recuerdos. Yo ya no soy lo que era. Ni lo seré nunca más.
El comisario se levantó del sillón, rodeó el escritorio y se apoyó en él, de pie frente a Frank. Se inclinó ligeramente hacia él, como si quisiera dar más fuerza a sus palabras.
– ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que lo que le pasó a Harriet no fue culpa tuya? ¿O, al menos, no del todo?
Frank volvió los ojos hacia la ventana. Apretó la mandíbula como si quisiera retener con los dientes una respuesta que ya había dado demasiadas veces. Su silencio aumentó la exasperación de Hulot, que levantó el tono de voz.
– ¡Por Dios, Frank! Has visto con tus propios ojos lo que ha sucedido. En algún lugar ahí fuera hay un asesino que ya ha asesinado a dos personas y podría volver a hacerlo. No sé qué tienes exactamente en la cabeza, pero ¿no crees que ayudar a encerrar a ese maníaco podría servirte para que te sintieras mejor? ¿No piensas que ayudar a los otros podría ser un modo de ayudarte también a ti mismo? ¿Darte la energía de volver a tu casa?
Frank devolvió la mirada a su amigo. Los suyos eran los ojos de un hombre que podía ir a cualquier lugar y sentir que no pertenecía a ninguno.
– No.
Ese monosílabo, pronunciado con voz tranquila, permaneció entre ambos como un muro. Por un instante quedaron inmóviles, como el fotograma de una película cuyo final desconocían.
Llamaron a la puerta y, sin esperar respuesta, entró Claude Morelli.
– Comisario…
– ¿Qué hay, Morelli?
– Ha venido un tío de Radio Montecarlo…
– Dile que de momento no recibo periodistas. Habrá una conferencia de prensa más adelante, cuando lo decida el director.
– No, comisario. Este no es periodista; lleva un programa musical nocturno. Ha venido con el director de la radio. Dicen que han leído los periódicos y que es posible que tengan alguna información sobre el asunto del puerto.
Hulot no supo cómo reaccionar. Cualquier pista sería un regalo del cielo. Pero temía que comenzara un desfile de mitómanos convencidos de saberlo todo sobre el doble homicidio, o dispuestos a confesar que eran ellos los asesinos. Aun así, no podía descartarse ninguna ayuda.
Ninguna.
Volvió a su lugar detrás del escritorio.
– Hazlos entrar -dijo.
Morelli salió. Como si fuera una señal convenida, Frank se levantó y se dirigió hacia la puerta. Antes de que la alcanzara, esta se abrió y volvió a entrar Morelli, acompañado por dos hombres. Uno era joven, de unos treinta años, de pelo largo y negro; el otro, de unos cuarenta y cinco años. Frank los miró sin prestarles mucha atención y se apartó para permitirles entrar. Aprovechó la ocasión para pasar por la puerta todavía abierta.
La voz de Nicolás Hulot le atajó:
– Frank, ¿estás seguro de que no quieres quedarte?
Sin decir una palabra, Frank Ottobre salió y cerró la puerta a sus espaldas.
Al salir de la jefatura de policía, Frank dobló a la izquierda en la calle Sufrren Raymond y, tras recorrer unos metros, salió al bulevar Albert Premier, el paseo que bordea el puerto. Una grúa se movía indolente contra un fondo de cielo azul. La cuadrilla de operarios todavía estaba trabajando para desmontar las estructuras de los boxes y cargarlas en camiones.
Todo se desarrollaba según las reglas.
Cruzó el bulevar y se detuvo en la Promenade del puerto a mirar las embarcaciones ancladas. En el muelle no quedaba rastro de lo sucedido el día anterior.
Habían remolcado el Forever; con toda seguridad se hallaba en alguna parte donde la policía pudiera analizarlo y proseguir las investigaciones. El Baglietto y el otro barco embestido continuaban allí, flotando sin memoria, golpeando suavemente sus defensas cuando el movimiento de las olas los acercaba. Las vallas habían sido retiradas. No había nada que ver.
El bar del puerto había vuelto a su actividad normal. Sin duda lo ocurrido había aumentado incluso la afluencia de clientes, de curiosos ávidos de ver el lugar donde había ocurrido el doble asesinato. Quizá el joven tripulante que había descubierto los cadáveres estaba ahora allí, disfrutando de su momento de popularidad y contando lo que había visto. O tal vez, mudo ante un vaso, trataba de olvidarlo.
Frank se sentó en el muelle de piedra.
Un niño pasó a toda velocidad en unos rollers, seguido por una niña más pequeña que apenas patinaba y que con voz quejumbrosa le pedía que la esperara. Más allá, un hombre aguardó con paciencía que su labrador negro terminara de hacer sus necesidades; después sacó del bolsillo una bolsa de plástico y una palita y recogió el producto de la incivilidad canina para ir a echarlo con diligencia a un cubo de basura.
Gente normal. Personas que vivían como tantas otras, como todas, quizá con más dinero, quizá con más felicidad o con la ilusión de poder procurársela más fácilmente. Tal vez todo era mera apariencia. Por muy dorada que fuera, una jaula era siempre una jaula, y cada uno era artífice de su propio destino. Cada uno construía o destruía su propia vida según las reglas que se había fijado. O que se negaba a fijarse. Nadie se salvaba.
Un barco salía del puerto; desde la proa, una mujer rubia, con un traje azul, agitó la mano para saludar a alguien en la orilla. De lejos se parecía a Harriet.
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