Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Hulot vio con claridad la cólera en los ojos de su interlocutor. Shatz se le acercó un poco más y su voz se volvió baja y sibilante.

– Señor comisario… -dijo a pocos centímetros de su cara. Había un desprecio infinito en sus palabras-. Esta embarcación pertenece a Jochen Welder, dos veces campeón del mundo de Fórmula Uno, de quien soy el manager y amigo personal. También soy amigo personal de su alteza el príncipe Alberto, por lo que usted me dirá de inmediato qué ha sucedido en este barco y a sus ocupantes.

Hulot dejó que estas palabras quedaran flotando un instante entre ellos. Después su mano saltó con la velocidad del rayo, agarró a Shatz por el nudo de la corbata y la retorció hasta cortarle la respiración. La cara del otro se puso violácea.

– Ah, ¿así que quiere usted saber? Pues bien, ¡entonces venga a ver qué ha pasado, cabrón!

Estaba furioso. Sacudió con violencia al manager y le obligó a seguirle hasta la cabina.

– ¡Venga, amigo personal del príncipe Alberto! ¡Venga a ver con sus propios ojos qué ha pasado en este barco!

Se detuvo ante la puerta de la cabina y por fin le soltó. Le señaló con la mano los dos cuerpos tendidos en la cama.

– ¡Mire!

Roland Shatz recobró la respiración, para volver a perderla al instante. Cuando tomó conciencia de la escena que tenía ante sí, su rostro adquirió una palidez mortal. El blanco de sus ojos brilló como un breve relámpago en la penumbra, y luego cayó al suelo, desmayado.

7

Mientras bajaba hacia el puerto a pie, Frank vio el grupo de curiosos que observaba los coches de policía y los hombres de uniforme atareados en las embarcaciones atracadas en el muelle. Oyó a su espalda el sonido de una sirena que iba aumentando de volumen. Aminoró un poco el paso. Tamaño despliegue de fuerzas debía de significar algo más grave que lo que él alcanzaba a ver, un simple choque entre dos yates.

Además, estaban los periodistas. Frank tenía la suficiente experiencia para reconocerlos a primera vista. Merodeaban olfateando y buscando noticias con un frenesí que solo algo importante podía provocar. La sirena, que al principio sonaba lejana como un presentimiento, se convirtió en una realidad ensordecedora.

Dos coches de policía surgieron de golpe de la Rascasse, bordearon el muelle y frenaron delante de las vallas, que un agente se apresuró a retirar para dejarlos pasar. Los vehículos se detuvieron detrás de una ambulancia que estaba aparcada cerca del muelle, con las puertas posteriores abiertas.

A Frank le parecieron las fauces abiertas de una bestia dispuesta a engullir a su presa.

De los automóviles salieron varios hombres, algunos de uniforme, dos o tres de paisano. Se dirigieron a la popa de un gran yate anclado un poco más allá. De pie ante la pasarela, Frank vio al comisario Hulot. Los recién llegados se detuvieron un momento a hablar con él, y luego subieron juntos al puente del barco encajado entre los otros dos.

Frank rodeó con lentitud la muchedumbre y fue a apoyarse en el muro del lado derecho del bar. Desde allí podía observar con comodidad toda la escena.

De la cabina del dos mástiles subieron unos hombres, que transportaban a duras penas, sobre el puente inclinado, dos grandes bolsas de plástico herméticamente cerradas. Frank reconoció de inmediato los contenedores para cadáveres.

Siguió con los ojos el transporte de los cuerpos hasta la ambulancia, con una extraña indiferencia. Antes, las escenas de crímenes eran su habitat natural. Ahora contemplaba el espectáculo como algo que no le concernía, sin ese sentimiento de desafío que experimenta todo policía en presencia de un crimen, sin el estremecimiento de horror que provoca la muerte violenta en la gente común.

Mientras las puertas de la ambulancia se cerraban sobre su carga, el comisario Hulot y sus acompañantes bajaron en fila india la pasarela del Baglietto.

Hulot se encaminó enseguida hacia la pequeña multitud de periodistas que a duras penas conseguían retener dos agentes. Había reporteros de la prensa gráfica, cronistas de emisoras de radio, representantes de la televisión. El comisario llegó a ellos como un huracán sobre un cañaveral. Desde lejos, Frank imaginó el entrecruzamiento de preguntas, los micrófonos tendidos con movimientos espasmódicos hacia la boca del policía, con la esperanza de arrancarle alguna información, aunque solo fueran fragmentos a los que pudieran agregarse palabras que avivaran el interés del público. Cuando los periodistas no podían ofrecer la verdad, se contentaban con despertar la curiosidad.

Mientras hacía frente a la prensa, Hulot giró la cabeza hacia su lado y Frank se dio cuenta de que le había visto. El comisario abandonó a los periodistas con la expresión del policía que repite incansablemente «sin comentarios». Se marchó perseguido por un revuelo de preguntas que no podía o no quería responder. Se detuvo cerca de una valla e hizo señas a Frank para que se aproximara. De mala gana, el estadounidense se apartó de la pared, se abrió paso entre la gente, llegó ante Hulot y se detuvo del otro lado de la barrera de hierro.

Los dos se miraron. Sin duda no hacía mucho que el comisario había levantado, pero ya se le veía cansado, como si hiciera más de cuarenta y ocho horas que no dormía.

– Hola, Frank. Ven conmigo un momento.

Hizo una seña al agente apostado cerca de ellos, que apartó la barrera para permitirles pasar, y se sentaron a una mesa de la terraza del Restaurant du Port, bajo una sombrilla. Hulot dejó vagar su mirada por el lugar, como si aún no lograra entender qué pasaba. Frank se quitó las Ray-Ban y esperó.

– ¿Y bien?

– Dos muertos, Frank. Salvajemente asesinados -dijo sin mirarle.

Una pausa. Después volvió la cara hacia él.

– Y no se trata de dos muertos cualesquiera. Jochen Welder, el piloto de Fórmula Uno. Y Arijane Parker, su amiga del momento, una campeona de ajedrez bastante famosa.

Frank no dijo nada. Presentía que Hulot no había terminado.

– Ya no tienen cara. El asesino los ha desollado como a animales. Es un espectáculo horrible. Jamás en mi vida había visto tanta sangre.

Mientras tanto, la partida quejumbrosa de la ambulancia y del furgón de la policía científica hicieron comprender a los curiosos que ya no había nada más que ver, y fueron alejándose poco a poco, vencidos por el calor y llamados por otras ocupaciones. También los periodistas, que ya habían recogido todo lo que era posible obtener, iban dispersándose.

Hulot hizo una nueva pausa. Miró a Frank a los ojos, y en silencio dijo muchas cosas.

– ¿Quieres echar una ojeada?

Frank quería decir no. Dentro de él, todo decía no. Nunca más quería ver huellas de sangre o muebles volcados, ni tocar la garganta de un hombre tendido en el suelo para comprobar que estaba muerto. Él ya no era policía, ni siquiera era ya un hombre. No era nada.

– No, Nicolás. No quiero.

– No te lo pido por ti. Te lo pido por mí.

Frank Ottobre miró a Nicolás Hulot como si le viera por primera vez, aunque le conocía desde hacía años. En el pasado habían colaborado en una investigación conjunta entre el Bureau y la Süreté Publique, una historia de blanqueo internacional de dinero ligado al tráfico de drogas y al terrorismo. La policía monegasca, por su naturaleza y su eficiencia, mantenía vínculos constantes con las policías de todo el mundo, incluido el FBI. Frank, que hablaba muy bien tanto el francés como el italiano, había sido el encargado de seguir la investigación en el lugar. Se había sentido bien con Hulot, y enseguida se habían hecho amigos. Después de eso habían permanecido en contacto y, un verano, Frank y Harriet habían pasado unas vacaciones en Europa, en casa de Hulot y su esposa. A su vez, los Hulot estaban planeando un viaje a Estados Unidos cuando sucedió «lo de Harriet»…

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