Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Frank pensó que todavía no lograba dar nombre a los hechos, como si bastara con no mencionar la noche para que la oscuridad no llegara. En su cabeza, lo que había ocurrido era todavía «lo de Harriet».

Cuando se enteró, Hulot le llamó casi todos los días, durante meses. Hasta que al fin le convenció para que abandonara su reclusión y fuera a pasar algún tiempo en la Costa Azul, en su casa. Con la discreción de los verdaderos amigos, le procuró el piso que ahora ocupaba en Montecarlo, propiedad de André Ferrand, un hombre de negocios que pasaría algunos meses en Japón.

Ahora Hulot lo miraba como un marinero en dificultades mira a un salvavidas. Frank se preguntó quién de los dos era el marinero, y quién el socorrista. Eran dos hombres solos contra la fantasía cruel de la muerte.

Volvió a ponerse las gafas y se levantó con brusquedad, antes de que le dominara el impulso de volverle la espalda y huir.

– Vamos.

Como un autómata siguió al amigo hasta el Forever; notaba que el corazón le latía cada vez más fuerte. El comisario le indicó los peldaños que llevaban al interior del dos mástiles y le dejó pasar primero. Vio que el amigo se había fijado en el detalle del timón bloqueado pero no había dicho nada. Cuando llegaron al interior Frank miró a su alrededor, moviendo los ojos tras las gafas oscuras.

– Un barco de lujo, al parecer. Todo informatizado. Preparado para un navegante solitario.

– Ya. Por cierto que al propietario no le faltaba dinero. Pensar que se lo ganó arriesgando el pellejo durante años en un coche de carreras, para después terminar así…

Frank vio las pisadas del asesino, y también las que había dejado la brigada científica en su afán de encontrar otras huellas, más engañosas y menos evidentes. Había rastros de los que habían tomado huellas digitales, hecho mediciones y registros minuciosos. Aunque habían abierto todos los ojos de buey, todavía flotaba en el aire el olor a muerte.

– Los dos cuerpos fueron encontrados allí, en la habitación, acostados el uno junto al otro. Las huellas de pisadas corresponden a suelas de caucho. De un traje de submarinismo, tal vez. No hay huellas digitales. El asesino llevaba guantes y no se los quitó en ningún momento.

Frank recorrió el pasillo, hasta la cabina, y se detuvo en el umbral. Fuera todo estaba en calma, pero dentro era un infierno. A menudo había visto escenas como aquella. Había visto sangre salpicada hasta el techo, había visto auténticas matanzas. Pero en aquellas ocasiones se trataba de hombres que peleaban contra otros hombres, de forma despiadada, por motivos humanos: poder, dinero, mujeres o cosas semejantes. Eran criminales que luchaban contra otros criminales. En todo caso, hombres contra hombres.

Lo que observaba allí, en cambio, era la batalla de un individuo con sus demonios más íntimos, esos que devoran la mente como la herrumbre devora el hierro. Nadie mejor que Frank para comprenderlo.

Notó que le costaba respirar y volvió sobre sus pasos. Hulot esperó a que se acercara y reanudó su relato.

– En el puerto de Fontvieille, donde estaban anclados, nos han dicho que Jochen Welder y Arijane Parker salieron al mar ayer por la mañana. Como no regresaron, suponemos que decidieron echar anclas en algún lugar de la costa. No demasiado lejos, probablemente, ya que no tenían mucho combustible. El desarrollo del crimen no está del todo claro, pero tenemos una hipótesis bastante verosímil. Hemos encontrado un albornoz en el puente. Quizá la joven salió a tomar el aire, tal vez se dio un baño en el mar. El asesino debió de llegar desde tierra, a nado. De cualquier modo, la sorprendió, la arrastró bajo el agua y la ahogó. El cuerpo de la mujer no presenta heridas. Después, el asesino atacó a Welder en el puente y le apuñaló. Arrastró los dos cadáveres hasta la habitación y allí, con toda calma, realizó este… este trabajo, ¡santo Dios! Para terminar, llevó la embarcación hacia el puerto, bloqueó el timón de modo que apuntara al muelle, y se fue como había llegado.

Frank guardó silencio. A pesar de la penumbra, no se había quitado las gafas. Con la cabeza inclinada, parecía observar la línea de sangre que pasaba entre ellos.

– ¿Qué piensas?

– Si las cosas han ocurrido como tú dices, el tipo debió de actuar con mucha sangre fría.

Quería irse de allí, quería volver a su casa, quería no haber visto lo que había visto, quería no decir lo que estaba diciendo. Quería volver al muelle y proseguir con tranquilidad, bajo el sol, su paseo hacia la nada. Quería respirar sin darse cuenta de que lo hacía. Sin embargo, siguió hablando.

– Si llegó a nado hasta el barco, significa que no lo hizo en un ataque de locura sino que fue algo premeditado y preparado con cuidado. Sabía dónde estaban sus dos víctimas, y es muy probable que no las eligiera al azar, que fueran exactamente ellos a quienes quería matar.

El otro asintió como si acabara de oír algo que también él había pensado.

– Eso no es todo, Frank. Ha dejado esta especie de comentario sobre lo que ha hecho.

Hulot se apartó con un movimiento casi teatral, para revelar lo que había a su espalda. Ante los ojos de Frank apareció la mesa de madera y la inscripción delirante que parecía trazada por la mano de Satanás.

«Yo mato…»

Frank se quitó las gafas, como si la penumbra le impidiera comprender el significado de aquellas palabras.

– Si todo ha ocurrido según tu hipótesis, esta inscripción no es solo un comentario de lo que hizo, Nicolás. Significa que lo hará otra vez.

Tercer carnaval

El hombre cierra tras de sí la pesada puerta hermética.

La hoja vuelve a su lugar en silencio; encaja con precisión en la jamba de metal y se confunde con la pared. El volante de cierre, parecido al de un submarino, gira con facilidad entre sus manos. El hombre es fuerte, pero se nota que el mecanismo se engrasa con frecuencia para asegurar un perfecto funcionamiento. El hombre actúa meticulosamente. En el lugar en que se encuentra reinan el orden y la limpieza.

Está solo, encerrado en su refugio secreto, que excluye a los demás seres humanos, la luz del día y la fluidez del pensamiento. En su mente se agolpan y encuentran su exacto lugar la actitud furtiva del animal que vuelve a su guarida y la lúcida concentración del predador que ha identificado a su víctima, el rojo sangre del crepúsculo, voces que gritan y voces que susurran, paz y guerra.

La habitación es rectangular y bastante amplia. La pared de la izquierda está ocupada por entero por una estantería llena de aparatos electrónicos. Hay un equipo completo de grabación, compuesto por dos unidades Alesis de ocho pistas conectadas a un ordenador Macintosh. La instalación está formada por diversas máquinas para la manipulación del sonido, montadas en cascada a la derecha de la pared: compresores, filtros Focus Rite y Pro Tools, algunos racks de efectos musicales Roland y Korg. Y un escáner, con el que se pueden captar comunicaciones de radio de todas las frecuencias, incluida la de la policía.

Al hombre le gusta escuchar esas voces. Se mueven de una parte a otra del espacio; pertenecen a personas sin rostro y sin cuerpo; son la fantasía y la libertad de imaginar, son su voz en la cinta y su voz en la cabeza…

El hombre levanta la caja de cierre hermético que había dejado en el suelo para cerrar la puerta. A la derecha, contra la pared de metal, hay un tablón de madera sobre dos caballetes. Deposita allí la caja y se sienta en una silla, cuyas ruedas le permiten llegar con un simple movimiento a la pared opuesta, donde se hallan los mandos del equipo de grabación. Enciende frente a él una lámpara que, sumada al neón del techo, arroja una luz potente sobre la mesa donde se dispone a trabajar.

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