Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– Estás en el hospital. Has estado en coma durante una semana. Nos has dado un buen susto.

Ahora la lágrima parecía incrustada en el rostro de su mujer, como una arruga de la piel. Resplandecía como su dolor.

Ella se apartó un poco y miró de soslayo a Homer, dejándole tácitamente el resto de la explicación. Él se acercó a la cama y contempló a Frank a través del filtro de las gafas.

– Los dos Larkin habían hecho correr el rumor de que aquella noche habría un importante intercambio entre ellos y sus contactos. Un gran intercambio de mercancía y dinero, en un almacén abandonado. Lo habían tramado así para atraer a Harvey Lupe y a su banda; querían tentarlos a irrumpir en el lugar y llevárselo todo, las drogas y la pasta. El almacén estaba lleno de explosivos. La idea era desembarazarse de una vez por todas de sus principales rivales, con unos bonitos fuegos artificiales. Pero, en lugar de Lupe y sus secuaces, llegasteis tú y Cooper. El todavía estaba fuera, en el lado sur, cuando tú entraste por la parte de las oficinas. Cuando estalló el edificio, Cooper quedó parcialmente protegido por la estructura de un andamio y logró salir casi ileso; solo sufrió unos rasguños y unas quemaduras superficiales. Tú, en cambio, recibiste el mayor impacto de la explosión; fue una verdadera suerte que los Larkin fueran buenos traficantes pero pésimos pirotécnicos. Estás vivo de milagro. Ni siquiera puedo reprocharte que no esperaras a los refuerzos: si hubierais entrado todos juntos habría sido una matanza.

Ahora lo sabía todo, pero todavía no recordaba nada. Solo podía pensar en que él y Cooper habían trabajado durante dos años para atrapar a los Larkin, pero que, al final, los Larkin, sin querer, los habían atrapado a ellos.

Más exactamente, a él.

– ¿Qué tengo? -preguntó Frank, que recibía, sensaciones muy confusas de su cuerpo y veía, como si perteneciera a otro, su pierna derecha escayolada.

Le respondió un médico, que entró en la habitación a tiempo de oír la pregunta. Tenía el pelo precozmente salpicado de canas, pero el rostro y la actitud eran de un chaval. Le sonrió, ladeando la cabeza en un gesto ceremonioso.

– Buenos días, estimado señor. Soy el doctor Foster, uno de los responsables de que siga usted en este mundo. Espero que no me odie por ello. Yo le diré qué es lo que tiene. Unas costillas fracturaos, una lesión en la pleura, una pierna con fractura doble, agujeros de diversas características por todas partes, heridas serias en el tórax, traumatismo craneal. Y hematomas en todo el cuerpo, por lo que casi se le podría confundir con una persona de color. Además, tiene… o, mejor dicho, tenía… una esquirla de metal que se detuvo a un milímetro del corazón y que nos hizo sudar la gota gorda para quitársela.

Mientras hablaba había levantado el historial clínico colgado al pie de la cama; se acercó a la cabecera y pulsó un botón. Frank sintió el olor de su camisa recién lavada.

– Y ahora, si los presentes nos disculpan, creo que es hora de echar un vistazo a lo que hemos hecho para remediar el desastre.

Harriet y Homer Woods se encaminaron hacia la puerta en el mismo momento en que entraba una enfermera negra que empujaba un carrito cargado de material médico. Harriet, antes de salir, dirigió una mirada inquieta al monitor que controlaba el ritmo cardíaco de su esposo, como si juzgara que su presencia era indispensable para hacer funcionar a ambos. Luego volvió la cabeza y cerró la puerta.

Mientras el médico y la enfermera se atareaban alrededor de su cuerpo lleno de vendas y drenajes, Frank pidió un espejo. La enfermera, sin hacer comentarios pero sonriendo, cogió el que se hallaba colgado junto a la puerta y se lo puso delante.

Con una extraña ausencia de emoción, vio el rostro pálido y los ojos sufrientes de Frank Ottobre, agente especial del FBI, todavía vivo.

Espejo sobre espejo, ojos sobre ojos.

El presente se superpuso al recuerdo y, en el gran espejo del cuarto de baño, Frank reencontró su tiempo presente y sus ojos actuales, mientras se preguntaba si en verdad había valido la pena que todos aquellos médicos hubieran hecho tanto solo para devolverle esa vida.

Volvió a la alcoba y encendió la luz. Buscó el botón de las persianas en la hilera de interruptores que había al lado de la cama. Lo pulsó y, con un leve zumbido, la persiana comenzó a levantarse; la luz del sol se mezcló con la luz eléctrica.

Fue a la puerta cristalera, apartó las cortinas, tiró de la manija de la puerta corredera y el cristal se abrió suavemente.

Salió a la terraza.

A sus pies se extendía Montecarlo, cubierta de oro e indiferencia. Frente a él, bajo el sol que comenzaba a salir, un mar azul reflejaba el cielo sin verlo. Volvió a pensar en la conversación con Cooper. Del otro lado de ese mar, su país estaba en guerra. Una guerra que le concernía a él, a otros hombres como él, y a todos los que aspiraran a vivir bajo la luz del sol, sin sombras y sin miedos. Y él debería estar allí, para defender ese mundo y a esa gente.

En otro momento, lo habría hecho; en otro momento, habría estado en la primera fila con Cooper, Homer Woods y todos los demás. Ahora ese momento había pasado. Casi había dado la vida por su país, y las cicatrices que tenía encima lo testimoniaban.

Y Harriet…

Un soplo de brisa fresca llegó del mar y le hizo tiritar. Se dio cuenta de que todavía estaba desnudo. Mientras volvía a entrar se preguntó qué podría hacer el mundo por Frank Ottobre, agente especial del FBI, cuando ni él sabía qué hacer consigo mismo.

6

Al bajar del coche, el comisario Nicolás Hulot, de la Süreté Publique del principado de Monaco, vio el barco de vela encajado entre los otros dos, ligeramente inclinado hacia un lado.

Mientras avanzaba por el muelle, el inspector Morelli fue a su encuentro recorriendo el puente del Baglietto, embestido por el dos mástiles. Cuando se reunieron, el comisario se sorprendió de verle tan trastornado. Morelli era un excelente policía. Había hecho cursos de adiestramiento con el Mossad, el servicio secreto israelí. Había visto de todo. Sin embargo, estaba pálido y mientras le hablaba le costaba sostenerle la mirada, como si lo que pasaba fuera culpa suya.

– ¿Y bien, Morelli?

– Es una carnicería, comisario. En mi vida había visto nada semejante…

Soltó un largo suspiro y por un segundo Hulot tuvo la impresión de que iba a vomitar.

– Claude, cálmate y cuéntame. ¿Qué entiendes por «carnicería»? Me han dicho que se trata de un homicidio.

– Dos, comisario. Hay un cuerpo de hombre y uno de mujer… o al menos lo que queda de ellos.

El comisario Hulot se volvió para mirar a la multitud de curiosos reunida detrás de las vallas que delimitaban la zona. Tuvo un mal presentimiento. El principado de Monaco no era un lugar donde sucedieran aquellas cosas. Su policía era una de las más eficientes del mundo y el índice de criminalidad era tan bajo que solo existía allí y en los sueños de todo ministro del Interior. Había un policía por cada sesenta habitantes, y discretas cámaras de vídeo en todas partes. Todo se hallaba bajo control. Allí las personas se enriquecían o se arruinaban, pero no se mataban las unas a las otras. No había robos, ni homicidios, ni hampa.

En Montecarlo, por definición, nunca sucedía nada.

– ¿Alguien ha visto algo?

Morelli señaló con la mano a un hombre de unos treinta años que estaba sentado en la terraza del bar, entre un agente y un ayudante del médico forense. El local, que por lo general a esa hora rebosaba de gente y ropa de marca, estaba semidesierto. Habían retenido a todos los que podían ser útiles como testigos, pero se había prohibido la entrada a los clientes. El propietario, de pie en la entrada junto a una camarera de busto abundante, se retorcía nerviosamente las manos.

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