Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Pero para ellos no hubo una mañana siguiente.

Frank esperó el regreso de Harriet hasta avanzada la tarde. Entonces, mientras el sol se ponía y alargaba la sombra de las dunas como dedos oscuros sobre la playa, vio dos siluetas que se acercaban lentamente por la orilla. Entornó los ojos para protegerlos del reflejo del sol del crepúsculo. Las figuras todavía estaban demasiado lejos para poder distinguirlas. A través de la ventana abierta Frank veía las huellas de las personas que se aproximaban; quedaban marcadas detrás de ellos a cada paso, dejando un rastro que partía de las dunas. Su ropa aleteaba al viento, sus contornos eran temblorosos, como el vapor que se eleva del asfalto. Cuando se hallaban lo bastante cerca como para verlas mejor, Frank se dio cuenta de que uno de ellos era el sheriff de Honesty.

Sintió que la inquietud crecía en su interior como un siniestro presagio. Al fin se encontró frente a aquel hombre, que parecía más un contable que un policía, y su preocupación se convirtió en aterradora realidad. Con el sombrero en la mano y desviando la mirada, el sheriff lo puso al corriente de todo lo que había sucedido.

Hacía un par de horas, unos pescadores que navegaban costeando el litoral a doscientos metros de la orilla habían avistado desde su embarcación a una mujer cuya descripción coincidía con la de Harriet. Se hallaba de pie en la cima de un arrecife que interrumpía la larga sucesión de dunas que bordeaban la playa. Estaba sola, mirando hacia el mar. Cuando los hombres llegaron más o menos a su altura, la mujer se arrojó al agua. Al ver que no volvía a la superficie, de inmediato acercaron la embarcación a la costa para tratar de socorrerla. Uno de los pescadores se zambulló varias veces, pero, a pesar de sus esfuerzos, no lograron encontrarla. Enseguida avisaron a la policía, que comenzó la búsqueda, en vano hasta aquel momento.

El mar devolvió el cuerpo de Harriet dos días después, cuando las corrientes lo arrastraron hasta la playa de una bahía, a pocos kilómetros al sur de la casa.

Mientras procedía a la identificación, Frank se sintió como un asesino frente al cadáver de su víctima. Contempló el rostro de su mujer, tendida sobre la mesa del depósito de cadáveres, y con un movimiento de la cabeza confirmó, al mismo tiempo, la identidad de Harriet y su propia condena. Gracias al testimonio de los pescadores casi no hubo investigación, pero ello no sirvió para liberar a Frank de los remordimientos.

Había estado tan absorto en sí mismo que no había notado la profunda depresión en que había caído Harriet. No lo había notado nadie, pero eso no atenuaba en nada su culpa. Él habría podido comprender qué era lo que atormentaba a su mujer. Él debería haberlo comprendido. Ahora se daba cuenta de que había habido muchas señales de lo que le ocurría, pero él solo se compadecía de sí mismo y no les había hecho caso. La discusión después de la llamada de Homer había sido el golpe de gracia.

En definitiva, no era ni cuadrado ni redondo, simplemente era ciego.

Se marchó de aquel lugar dejando el cuerpo de su mujer encerrado en un ataúd; ni siquiera pasó por el chalet a hacer las maletas.

Desde entonces no había conseguido derramar una sola lágrima.

– ¡Mamá, mira! ¡Un hombre llorando!

La voz infantil le sacó del trance en que había caído. A su lado, una niña de pelo rubio y con un vestido azul fue apartada de un tirón por la madre, que le miró y sonrió, incómoda. Se alejó deprisa, llevando a la hija de la mano.

Frank no se había dado cuenta de que estaba llorando. Ni siquiera sabía desde cuándo lo estaba haciendo.

Sus lágrimas llegaban de muy lejos. No eran la salvación, no eran el olvido; simplemente un alivio, una pequeña tregua para poder respirar un instante, para sentir por un momento el verdadero calor del sol, ver el verdadero color del mar, oír los latidos de su corazón sin tener que escuchar también el sonido de un tambor de muerte.

Estaba pagando el precio de su extravío.

El mundo entero estaba pagando ese precio.

Se lo había repetido durante horas, después de la muerte de Harriet, sentado en un banco del jardín de la clínica St. James, donde le habían internado, pues estaba al borde de la locura. Lo había comprendido meses después, tras el desastre del World Trade Center, cuando vio por televisión aquellas torres que caían como solo pueden caer las ilusiones. Hombres que se lanzaban en aviones contra rascacielos en nombre de Dios, mientras alguien, cómodamente sentado en una oficina, pensaba ya en cómo aprovechar esa locura en la Bolsa. Hombres que se ganaban la vida fabricando y vendiendo explosivos, y que para Navidad daban a sus hijos regalos comprados con el producto de la muerte y la mutilación de otros niños. La conciencia era un accesorio cuyo valor fluctuaba según el precio del barril de petróleo. Y en medio de todo eso, nada tenía de sorprendente si de tiempo en tiempo surgía algún solitario extraviado que escribía su destino con letras de sangre.

«Yo mato…»

El remordimiento por la muerte de Harriet habría sido un compañero de viaje lo bastante cruel para no abandonarlo jamás; en sí mismo, habría sido castigo suficiente para el resto de sus días.

No podía olvidarlo. No podría olvidarlo ni aunque viviera una eternidad. Y no podría perdonarse aunque su vida durara el doble de la eternidad.

No podía poner fin a la locura del mundo. Solo podía poner fin a la suya, con la esperanza de que aquellos que aún eran capaces siguieran su ejemplo. Y borraran para siempre aquellas inscripciones de muerte. Se quedó un rato sentado en la piedra, llorando, indiferente a la curiosidad de los transeúntes, hasta que se dio cuenta de que no tenía más lágrimas.

Entonces se levantó y fue con paso lento hacia la jefatura de policía.

10

– Yo mato…

La voz permaneció un instante suspendida en el coche y parecía nutrirse del zumbido sofocado del motor para continuar resonando como un eco.

El comisario Hulot pulsó una tecla de la radio y silenció la voz de Jean-Loup Verdier, que reanudaba con dificultad la emisión. Después de la conversación con el locutor y Robert Bikjalo, el director de Radio Montecarlo, una pequeña y cruel esperanza había asomado detrás de la montaña que los investigadores trataban desesperadamente de escalar.

Quizá esa irrupción durante la emisión de Voices no fuera más que la llamada de un loco, una casualidad inaudita, una coincidencia de conjunciones astrales milenarias. Pero esas dos palabras, «Yo mato…», lanzadas como una amenaza al final de la comunicación, eran las mismas que se habían encontrado en la mesa de madera del yate, escritas con la sangre de dos víctimas inocentes.

Hulot frenó en un semáforo en rojo. Una mujer que empujaba un cochecito de bebé cruzó la calle delante de ellos. A su derecha, un ciclista con una bicicleta amarilla y un chándal azul de fibra se apoyó en el poste del semáforo, para no tener que quitar los pies de los pedales.

Alrededor, por todas partes había colores y calor. Llegaba el verano con sus promesas; se anunciaba en los bares abiertos, las calles llenas de gente, el paseo marítimo, donde hombres, mujeres y niños pedían una sola cosa: que aquellas promesas se cumplieran.

Todo era normal.

Únicamente en aquel coche detenido en un semáforo rojo, encendido como sangre en una bombilla, aleteaba una presencia que tenía el poder de oscurecer toda aquella luz y transformar los colores en tonalidades opacas en blanco y negro.

– ¿Alguna novedad de la brigada científica? -preguntó Frank.

El rojo pasó al verde, y Hulot volvió a arrancar. El ciclista se alejó con rapidez. Su vehículo de pedales permitía una velocidad superior a la de la columna de coches que avanzaba lentamente por la costa.

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