Lo único que acortaba verdaderamente las distancias era el mal, presente en todas partes, que hablaba un único lenguaje y escribía sus mensajes siempre con la misma tinta.
Frank cerró la portezuela y se volvió hacia Hulot.
El comisario vio a un hombre de treinta y ocho años que tenía los ojos de un viejo a quien la vida había negado la sabiduría. Vio un rostro moreno, latino, cubierto por una sombra más oscura que sus ojos, su pelo, la barba incipiente de sus mejillas. Un hombre de cuerpo atlético, fuerte, un hombre que había matado a otros hombres, protegido por una credencial y por la justificación de estar del lado de la justicia. Tal vez no existía cura ni antídoto para el mal. Pero había hombres como Frank Ottobre, que se habían vuelto inmunes a él.
La guerra no terminaba nunca.
Mientras Hulot cerraba el coche, vieron que el comisario Froben, de la brigada de homicidios -que colaboraba en las investigaciones-, salía por la puerta de la oficina de enfrente e iba hacia ellos.
Dirigió a Hulot una amplia sonrisa que mostró sus dientes grandes y regulares e iluminó su rostro de facciones marcadas. Tenia una complexión maciza, que tensaba la chaqueta de su traje de Galerías Lafayette, y la nariz rota de un aficionado al boxeo. Las pequeñas cicatrices alrededor de las cejas confirmaban esta hipótesis.
Froben estrechó la mano de Hulot. Su sonrisa se acentuó y sus ojos grises se volvieron dos grietas que hicieron que las cicatrices se fundieran en una telaraña de pequeñas arrugas.
– Qué tal, Nicolás. ¿Cómo estás?
– Eres tú quien debe decirme cómo estoy. Con la tormenta que se avecina, la ayuda de todos los amigos me sirve de mucho.
Froben miró a Frank, y Hulot hizo las presentaciones.
– Frank Ottobre, agente especial del FBI. Muy especial. Le he pedido que colabore en la investigación.
Froben no dijo nada, pero sus ojos expresaron consideración por el rango de Frank. Tendió su mano, de dedos grandes y fuertes, y le dedicó también a él la misma amplia sonrisa.
– Claude Froben, humilde comisario de homicidios.
Mientras aguantaba el vigoroso apretón, el estadounidense tuvo la sensación de que, de haber querido, Froben habría podido romperle los dedos. El hombre le cayó simpático de inmediato. Daba una impresión de fuerza y delicadeza a la vez. A Frank no le habría sorprendido saber que, después del trabajo, montaba con sus hijos maquetas de barcos y manipulaba las piezas más frágiles con asombroso cuidado.
Hulot fue directo al grano.
– ¿Alguna novedad sobre la cinta?
– Se la he confiado a Clavert, nuestro mejor técnico. Un mago, diría. La ha analizado con todos sus aparatos. Venid, os muestro el camino.
Froben los precedió; entraron por la puerta por la que él acababa de salir. Los guió por un corto pasillo, iluminado por una luz difusa que provenía de una ventana situada a sus espaldas. Hulot y Frank lo siguieron hasta que la nuca canosa de Froben, que terminaba en un cuello corto y macizo apoyado en unos hombros robustos, se giró y volvió a ver su rostro. Se detuvo delante de una escalera, a la izquierda, que llevaba al subterráneo. Hizo un ademán con su mano grande y cuadrada.
– Hacedme el favor…
Bajaron dos tramos de escalera y se encontraron en una amplia sala llena de aparatos electrónicos, iluminada por fríos tubos de neón que aumentaban la escasa claridad que proporcionaban unas claraboyas a la altura de la calle.
Sentado a una mesa de trabajo había un joven delgado; llevaba el pelo rapado para disimular una incipiente calvicie; vestía una bata blanca abierta sobre una camisa a cuadros que le caía por encima de los vaqueros. Llevaba unas gafas curvas con lentes amarillas.
Los tres se detuvieron detrás de la silla con ruedas sobre la que estaba sentado mientras, absorto, maniobraba los potenciómetros. Se volvió y los miró. Hulot se preguntó cómo lo hacía para que no le cegara el sol con aquellas gafas.
Froben no los presentó, pero el joven no se mostró sorprendido. Sin duda se dijo que si aquellos dos desconocidos estaban allí, debían de tener sus razones.
– Entonces, Clavert, ¿qué nos dices de la cinta?
El técnico se encogió de hombros.
– Poco, comisario. No tengo buenas noticias. He examinado la grabación con todos los aparatos de que dispongo, pero sin resultado. La voz está distorsionada y no hay manera de identificarla.
– ¿Es decir?
Clavert retrocedió un poco, al darse cuenta de que tal vez sus interlocutores no tuvieran los mismos conocimientos técnicos que él.
– Todas las voces humanas se mueven según unas frecuencias que forman parte de unas características personales; son tan identificables como las huellas de la retina y las huellas digitales. Hay cierta cantidad de tonos agudos, graves y medios que no varían aunque se trate de alterar la voz, hablando en falsete, por ejemplo. Es posible ver estas frecuencias mediante aparatos apropiados, y luego reproducirlas en un diagrama. Las máquinas que hacen falta son bastante comunes; forman parte del equipo habitual de un estudio de grabación. Sirven para equilibrar las frecuencias y evitar que una banda esté demasiado cargada de unas o de otras.
Se acercó al teclado de un ordenador Macintosh y puso la mano sobre el ratón. Tras una serie de clics apareció una pantalla blanca atravesada por líneas horizontales paralelas. Entre ellas se movían otras dos líneas, una verde y otra violeta, que eran bastante más largas y accidentadas.
Con la flecha del ratón, el técnico indicó la línea verde.
– Esta línea es la voz de Jean-Loup Verdier, el locutor de Radio Montecarlo. Este es el diagrama fónico que ha resultado después de analizarla.
Otro clic, y la pantalla mostró un gráfico en el que había una línea amarilla que se movía sobre un fondo oscuro, entre líneas paralelas azules. Clavert indicó la pantalla con un dedo.
– Las líneas azules horizontales -explicó- son las frecuencias. La línea amarilla que se desplaza entre ellas es la voz analizada. Si se toma la voz de Verdier en distintos momentos de la grabación y se la superpone a esta línea amarilla, se ve que se corresponden exactamente.
Volvió a la pantalla anterior e hizo clic en la línea violeta.
– Esta es la otra voz.
Volvió al gráfico, pero esta vez la línea amarilla se movía de manera entrecortada y en campos mucho más reducidos.
– En este caso, la persona que llamó por teléfono hizo pasar su voz por un aparato dotado de filtros que, gracias a una serie de distorsiones y compresiones del sonido, mezcla las frecuencias de las emisiones vocales y las altera por completo. Basta variar ligeramente los valores de uno de los filtros para obtener un gráfico completamente distinto cada vez.
Hulot hizo una pregunta:
– ¿Es posible que el análisis de la grabación permita reconocer el tipo de aparato utilizado? Así, tal vez se podría averiguar quién lo compró.
El técnico hizo un gesto dubitativo.
– No creo. Son máquinas que se encuentran con bastante facilidad. Las hay de distintas marcas y con capacidades variables según el precio y el modelo, pero para esta clase de uso sirven todas. Además, la electrónica está en continua evolución, por lo que hay un mercado de segunda mano bastante amplio. Estos aparatos se compran y se venden entre los fanáticos de las grabaciones caseras, casi siempre sin factura. En mi opinión, esta no es una vía factible.
Intervino Froben, intentando contrarrestar el derrotismo de Clavert.
– De todos modos veremos qué se puede hacer. Tenemos tan pocos elementos que no podemos despreciar nada.
Hulot se volvió y observó a Frank, que aparentemente estaba absorto en otros pensamientos, como si ya supiera suficiente. Sin embargo, el comisario tenía la certeza de que no se perdía ni una palabra de lo que estaban diciendo y estaba memorizando cada dato.
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