Carlos Sisí - Hades Nebula

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Tras sobrevivir a la devastadora pandemia que ha asolado el mundo y con la esperanza de ahondar en el misterio del Necrosum, el pequeño grupo de supervivientes de Carranque llega finalmente a la Alhambra de Granada, donde el aparato militar ha instalado uno de los últimos bastiones de resistencia de la Humanidad. Sin embargo, una vez allí descubrirán que las cosas no son cómo les habían prometido y los protagonistas deberán afrontar una realidad aún peor que todo lo que habían conocido hasta entonces.
El autor se sirve de los muertos vivientes para describir situaciones de extrema dureza y dramatismo, explorando la complejidad del ser humano cuando se encuentra cara a cara con el terror en un mundo manifiestamente hostil, y lanzando al lector, en definitiva, a una montaña rusa de sensaciones que desemboca en la conclusión final.

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– ¿Ha dicho algo? -preguntó.

– Sí. Ha dicho cosas, la mayoría sin sentido. Creo que ha sido un duro golpe para ella. Ha dicho algo de unos niños… creo que al menos ellos podrían estar a salvo, escondidos en alguna parte. Y ha dicho otra cosa…

– Dime -exclamó Dozer, expectante

– Que se encerraron en el Parador.

– El Parador… -repitió Dozer.

Recordaba vagamente haber oído hablar del Parador Nacional de la Alhambra, haberlo visto en alguna parte. Un lugar paradisíaco que llama al descanso, al retiro y a la meditación, o alguna mierda de ésas. Giró la cabeza y miró al exterior, para orientarse.

– ¡Es eso! -exclamó de pronto. Miraba el edificio que tenían a cierta distancia; éste les mostraba la fachada norte. Entonces abrió la puerta de nuevo.

– Me quedo aquí -soltó Víctor-. Lo sé.

Dozer asintió, y con el fusil en mano, salió otra vez a la carrera.

Rodeó el edificio, buscando un acceso. Cuando llegó a la fachada sur, que conectaba con la calle Real, encontró los jardines frontales llenos de zombis. Sus pasos erráticos y la lluvia habían borrado completamente el dibujo que Alba había hecho en el suelo, no hacía tanto tiempo. La puerta principal estaba abierta, y por ella entraban los espectros, movidos por la inercia. Esa escena espantosa le arrancó un gesto de preocupación.

Entró en el interior del Parador, como un arqueólogo que accede a una tumba. Estaba oscuro y había muebles tirados por el suelo. En la recepción, el mostrador había desaparecido y en su lugar había ubicados un montón de camas y colchones de todos los tamaños. Montones de telas inmundas y ropas se esparcían por doquier. Los zombis se movían entre ellas.

En cuanto empezó a avanzar, un sonido de sobra conocido empezó a llegar desde alguna parte del recinto. Eran disparos, el sello personal del Escuadrón de la Muerte. La esperanza empezó a brillar en su corazón, y movido por ésta, Dozer empezó a correr. Intentando orientarse, pasó por un corredor donde había apilada una cantidad apabullante de cadáveres contra unas mesas volcadas. En esa masa informe de miembros retorcidos, algunos todavía se movían, pero estaban prisioneros de los que tenían encima. Había visto mucho, pero la escena le pareció salvaje y brutal.

Ahora, los disparos se escuchaban más cercanos. Siguió avanzando, apartando a los muertos que caminaban por el pasillo. Éstos estaban mucho más excitados por efecto de los disparos, y cuando los apartaba para pasar le respondían con gritos y miradas furibundas. A Dozer no le extrañó que el sacerdote se hubiera vuelto completamente loco pasando tanto tiempo entre todas aquellas cosas muertas, incluso sabiendo que era especial y que no le atacarían, su sola proximidad era detestable y sus gritos martilleaban su ánimo.

Un poco más adelante, vio el resplandor de las ráfagas.

Ráfagas cortas, precisas, para ahorrar munición, pensó. Deben de ser ellos… por Dios, que sean ellos.

Entonces se acordó del final de una película donde salían zombis, en los tiempos en los que la realidad y la ficción aún se diferenciaban. El tipo había aguantado toda la noche encerrado en una casa, y cuando la Guardia Nacional llegó por la mañana disparando contra los monstruos, el tipo se asomó a la ventana y recibió un disparo en la cabeza. Suponía que si se acercaba a ellos a la descubierta, con la oscuridad reinante, le ocurriría algo parecido.

– ¡Eh! -gritó- ¡Susana! ¡José! ¡EH!

– ¡…sana! ¡José! ¡EH! -gritó una voz.

José interrumpió la monótona cadencia de disparos. Estaban pertrechados en un despacho, aprovechando el embudo que brindaba la puerta. Lamentablemente no encontraron armas suficientes para los tres, así que Sombra permanecía junto a ellos con la maza en la mano.

– ¡Viene alguien! -exclamó Susana.

– ¿Juan?, ¿es Juan? -preguntó José.

– ¡Sí, es Juan! -dijo Susana, lanzando un par de disparos más-. ¡Tiene que ser él!

José asintió. Las armas habían supuesto una diferencia esencial para enfrentarse a los zombis; ahora sólo se trataba de reducir su número hasta que se acabara la munición, y luego… luego ya pensarían cómo afrontar el problema. Pero aquella voz que llegaba del corredor venía del mismo lugar de donde venían los zombis; quienquiera que estuviese en ese lugar, debía tener el Necrosum en sus venas.

– ¡ARANDA! -gritaron con un creciente sentimiento de euforia-. ¡ESTAMOS AQUÍ!

– ¡ARANDA, ESTAMOS AQUÍ! -decían los gritos.

Dozer reconoció sus voces. ¡Eran ellos! Movido por una súbita alegría, se puso en marcha, utilizando el rifle para ocuparse de los caminantes. Disparaba a bocajarro, apuntando directamente a sus cabezas. Éstas se sacudían brutalmente, y caían al suelo desmañadamente.

En el interior del despacho, el flujo de zombis se detuvo. José y Susana se miraron, con los ojos encendidos. ¡Aranda había vuelto! Con los rifles preparados, pasaron con cierto esfuerzo por encima de los cadáveres y salieron fuera.

Y lo que vieron les dejó paralizados, arrojándolos a un abismo de confusión.

No era Aranda. El hombre que disparaba contra los zombis, bloqueándolos con su propio cuerpo para impedirles el paso, era un tipo de espaldas anchas, vestido prácticamente como ellos, y con el pelo corto y rubio.

Susana pensó en alguien que se le parecía, pero debía de ser una broma cruel de su inconsciente. Un delirio temporal fruto del estrés y el cansancio. Cuando estaba ya convenciéndose de que se debía, sin duda, a un soldado que se le parecía, el hombre se giró a su derecha, y el resplandor del disparo le iluminó la cara.

José dejó caer la mandíbula y a Susana le dio un vuelco el corazón. No podía creer lo que estaba viendo. Le habían visto morir, allí en el puerto, sumergido entre las aguas, arrastrado por un millar de manos horribles.

Pero no viste su cuerpo, decía una voz en su mente. El agua no se tiñó de sangre. Os fuisteis, os alejasteis de allí y ya no mirasteis atrás. Él tiene los pulmones grandes, y en un momento de extrema necesidad, ¿cuánto más puede aguantar un hombre bajo el agua, cuánto puede forzar su capacidad pulmonar, buscando la supervivencia? La vida persiste. Pero le dejasteis allí. Le abandonasteis.

– Dozer… -soltó José. Su voz sonaba extraña, ebria de emoción.

– ¡Estáis vivos! -dijo éste, mirándoles de reojo, mientras se ocupaba de los espectros. Tenía la cara salpicada de gotas de sangre, pero aun así, una sonrisa sincera se dibujó en su rostro.

– ¡Dozer! -exclamó Susana al fin. El labio le temblaba.

Y sin decir nada más, se entregaron a la tarea de rechazar la invasión, ahora con renovadas energías. Los disparos llenaron el recinto mientras los cuerpos caían. Dozer los contenía, y las garras inhumanas se lanzaban hacia los otros supervivientes, pero Dozer, con brazos y piernas extendidos, los bloqueaba. José se dio cuenta de lo que pasaba, pero no le dio importancia. Le importaba una mierda, de hecho, lo que hubiese hecho que Dozer acabase como Aranda. Sólo sabía que su amigo estaba vivo, y que, contra todo pronóstico, iban a sobrevivir a esa noche.

31.

AMANECER

El amanecer trajo un agradable aroma a tierra húmeda, suavemente aderezado por una sutil reminiscencia de cenizas. El Palacio de Carlos V había seguido ardiendo toda la noche, pero la torrencial lluvia contribuyó bastante a que el fuego no se extendiera. A las seis y cuarto de la mañana (un poco más, si damos crédito al viejo reloj de la Librería de Antigüedades), el fuego terminó de consumir su estructura y se controló, quedando reducido a algunos fuegos pequeños en las zonas interiores. Para entonces la mitad oriental no era más que un montón de renegridos escombros.

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