Carlos Sisí - Hades Nebula

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Tras sobrevivir a la devastadora pandemia que ha asolado el mundo y con la esperanza de ahondar en el misterio del Necrosum, el pequeño grupo de supervivientes de Carranque llega finalmente a la Alhambra de Granada, donde el aparato militar ha instalado uno de los últimos bastiones de resistencia de la Humanidad. Sin embargo, una vez allí descubrirán que las cosas no son cómo les habían prometido y los protagonistas deberán afrontar una realidad aún peor que todo lo que habían conocido hasta entonces.
El autor se sirve de los muertos vivientes para describir situaciones de extrema dureza y dramatismo, explorando la complejidad del ser humano cuando se encuentra cara a cara con el terror en un mundo manifiestamente hostil, y lanzando al lector, en definitiva, a una montaña rusa de sensaciones que desemboca en la conclusión final.

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– No pasa nada. No es la mano de las pajas.

– ¿Cómo? -preguntó Víctor, perplejo.

Dozer negó con la cabeza, sintiendo cierta nostalgia. José sí habría reído esa broma. Hasta Susana habría reído la broma, pero no parecían estar por allí… Sólo esperaba que aún siguieran vivos, porque los echaba de menos; mucho más de lo que había creído.

– ¿Quién era ese tío? -preguntó Víctor entonces.

– El sacerdote… -dijo Dozer.

Víctor pestañeó.

– No puede ser… dijiste que lo encontraste muerto…

– Pues ha vuelto. ¿Te extraña? En este mundo de mierda todos vuelven…

– Dios… ¿cómo llegó hasta aquí?

– No lo sé -dijo, pero de pronto se encendió una pequeña luz en su mente.

¿Lo traje yo?

Se acordó del mensaje que había pintado en Carranque, dirigido a Juan Aranda, y su pecho se contrajo, arrojándolo a un pozo de pesadumbre. Él lo había traído… él había matado a Moses.

No he sido yo. Ha sido ÉL.

Sacudió la cabeza, intentando sacarse esos pensamientos de la mente. No necesitaba algo así en esos momentos.

Las plantas seguían inmóviles. Inquieto, Dozer empezó a mirar hacia la izquierda y también la derecha. De repente, le preocupaba que estuviera dando la vuelta por alguna parte, que fuese a sorprenderlos por la espalda…

– Pero ¿era un zombi?

– No… Sí… No lo sé -admitió-. Es un hijo de puta. Si estuviera ardiendo no cruzaría la calle para mearle encima.

– Ya…

Pensó en coger el Roña y arremeter contra las plantas. Le gustaría ver lo que podía hacer aquel despojo contra aquella mole de metal y plástico. Pero no hubo tiempo. De pronto, las plantas se estremecieron, y el padre Isidro emergió de entre ellas, con los ojos encendidos por una furia atronadora. Se había rasgado la sotana con las zarzas y el pecho quedaba al descubierto, revelando la herida inmunda que lo entregó a la vida de los muertos vivientes. En la mano llevaba una vara de hierro larga que había encontrado al fondo del jardín, entre ladrillos, sacos de cemento largamente olvidados y otros restos de material de obra.

Dozer apenas tuvo tiempo para decir nada. Víctor se quedó petrificado, hipnotizado por su apariencia horrorosa. Ahora tenía, además, la cara surcada por cortes y heridas producidas por las púas de los espinos que había atravesado en su vuelo.

El padre Isidro llegó hasta ellos como un huracán desatado. Levantó la vara y la dejó caer sobre ellos. Víctor se agazapó tras la puerta abierta, y la vara se estrelló contra ella con un sonido metálico y estridente. En el interior del coche, Isabel gritó.

Dozer intentó agarrarle por la sotana, pero el padre Isidro estaba ahora encolerizado, atormentado por la rabia que sentía y el sonido lacerante de su misma vida, que golpeaba su cabeza como un martillo: BUM-BUM-BUM. Extendió el puño y le asestó en la mandíbula, haciendo que retrocediera un par de pasos. Víctor abrió la boca para gritar algo, pero tampoco esta vez el sacerdote le dio tregua: empujó la puerta de una patada y ésta le golpeó con una fuerza arrolladora. Se golpeó la cabeza y resbaló hasta quedar sentado en el suelo.

Dozer no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Él era fuerte… pero aquel monstruo parecía un titán a su lado. En un momento de pánico, de debilidad, hasta llegó a pensar que realmente se movía con una especie de energía prestada, una capacidad divina, favorecida por el Dios en el nombre del cual decía actuar. Pero tan pronto como se había formado, el pensamiento desapareció.

Con el siguiente envite tuvo suerte: hizo una finta y lo esquivó. Lanzó un contraataque y consiguió alcanzarle en la cara, pero fue como si una niña hubiera golpeado un muro.

Jesús…

El padre Isidro respondió, describiendo un movimiento rápido con los brazos y golpeándole con su improvisada arma. Dozer cayó hacia atrás, perdiendo el equilibrio y golpeando contra el suelo. La sangre comenzó a manar de sus encías y la nariz. Pestañeó, maldiciendo por haber perdido otra vez la iniciativa, y se preparó para la lluvia de golpes.

Pero Isidro no quería jugar más. Quería terminar con ellos tan rápidamente como fuera posible. Se colocó junto a él y levantó la vara por encima de la cabeza, que se alzó hacia el cielo cuan larga era, y se dispuso a ensartar a la rata. De una vez por todas.

Un chisporroteo cargado de ecos eléctricos encendió el cielo. Dozer abrió los ojos, y vio a Isidro ante él. Instintivamente, aguantó la respiración, anticipándose al momento en el que la vara de hierro lo atravesara. Y justo cuando Isidro iba a asestar el golpe final, un rayo cegador y grueso como un hombre bajó del cielo nocturno y alcanzó la punta de la vara. La escena se llenó de una luz azulada, y la vara crepitó mientras sinuosas ondas de electricidad la recorrían. Isidro se estremeció, sacudido por casi dieciocho mil amperios de energía. Sus ojos se hundieron hacia dentro, y su lengua se puso tensa, como una rama negra. El codo flexionado explotó, y el rayo escapó a través del hueso, lanzando una llamarada fulgurante. Mojado como estaba, la electricidad lo envolvió y oscureció su piel, que se rizó como la tela prendida por el fuego.

Dozer gritó, superado por la visión horrorosa que tenía delante, y en mitad de su grito, el rayo perdió fuerza y desapareció.

Isidro permaneció en pie, literalmente carbonizado y humeante. Olía a ozono concentrado, pero también a carne quemada, a carbón y cenizas. Su brazo derecho se deshizo y resbaló por su costado, convertido en un montón de trozos oscuros. La vara cayó y golpeó el empedrado con un sonido metálico; después, todo su cuerpo se desmoronó, cayendo al suelo, donde se había formado una mancha oscura en forma de estrella de cien mil puntas.

Dozer, apoyado sobre sus codos, resopló pesadamente. Miró hacia arriba, y como respuesta, el trueno se hizo audible, potente y despiadado, hasta que terminó por desvanecerse lentamente.

Víctor se había puesto en pie, pero estaba apoyado contra el coche, con la boca abierta.

– Dios mío… -susurró Dozer.

Víctor dio un par de pasos temerosos, acercándose a los restos del cadáver renegrido. La lluvia enfriaba las brasas y dejaba escapar vapores son un siseo suave.

– Un pararrayos… -dijo suavemente.

– ¿Qué?

– Nos atacó con un pararrayos.

Dozer se había levantado y miraba la vara de hierro en el suelo. Tenía una sustancia negruzca adherida a uno de los extremos. Enseguida supieron que eran los restos de una mano.

– ¿De dónde cojones sacó un pararrayos?

Víctor se encogió de hombros.

Pero Dozer acariciaba otro pensamiento. Justicia divina , decía su mente. Y ése era un concepto que le gustaba.

– Llévatela… -pidió Dozer en voz baja.

– ¿Adónde? -preguntó Víctor, sin poder dejar de mirar los restos humeantes.

– Conduce el coche sólo un poco más adelante, tío. Espérame allí… habla con ella, si quieres, quizá pueda decirte qué ha sido de los otros. Pero sobre todo, llévatela. Hay algo que debo hacer, y ella no puede verlo.

– Oh – exclamó Víctor, comprendiendo-. Entiendo.

Cuando se hubieron marchado, moviéndose tan lentamente como les era posible, Dozer reparó en el fusil. Lo cogió del suelo, y le sorprendió descubrir que era del mismo tipo que usaban en Carranque. Lo abrazó con fuerza contra su cuerpo, pensando que quizá podía haber pertenecido a José o Susana. Luego se sentó en el suelo, delante de Moses, y esperó.

Quería despedirse de él. Y luego, dejarle descansar. Moses no vagaría para siempre por ese mundo de mierda.

Dozer regresó a los treinta y seis minutos, visiblemente apesadumbrado. Abrió la puerta del coche y se metió dentro. Isabel dormía en el asiento trasero.

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