Carlos Sisí - Hades Nebula

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Tras sobrevivir a la devastadora pandemia que ha asolado el mundo y con la esperanza de ahondar en el misterio del Necrosum, el pequeño grupo de supervivientes de Carranque llega finalmente a la Alhambra de Granada, donde el aparato militar ha instalado uno de los últimos bastiones de resistencia de la Humanidad. Sin embargo, una vez allí descubrirán que las cosas no son cómo les habían prometido y los protagonistas deberán afrontar una realidad aún peor que todo lo que habían conocido hasta entonces.
El autor se sirve de los muertos vivientes para describir situaciones de extrema dureza y dramatismo, explorando la complejidad del ser humano cuando se encuentra cara a cara con el terror en un mundo manifiestamente hostil, y lanzando al lector, en definitiva, a una montaña rusa de sensaciones que desemboca en la conclusión final.

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– ¿Qué quieres hacer? -preguntó Víctor prudentemente-. Si hay algún lugar peligroso… es éste.

– Lo sé -contestó Dozer-. Vámonos. Aquí no hay nada para nosotros.

Y un trueno hizo estremecer toda la bóveda celeste.

Isabel corría, cada vez con más desesperación. Estaba a punto de tirar el fusil para poder imprimir a sus piernas mayor velocidad cuando una imagen le congeló el corazón.

Ante ella, en mitad de la torrencial lluvia, había una figura oscura acuclillada en el suelo.

Al principio pensó que era un caminante con el cuerpo quebrado, porque la postura era en verdad extraña. Estaba de espaldas, pero las piernas asomaban por debajo en dirección hacia ella, con las puntas hacia arriba. Pero entonces, la figura se incorporó lentamente, y entendió lo que estaba viendo.

Sin dejar de avanzar, con el rifle entre las manos como si fuera un cestillo de fruta, Isabel se acercó. Su corazón latía de una forma despiadada.

Los zapatos, ahora los veía, no eran zapatos. Eran botas. Y los pantalones… Aquellos pantalones…

¿M-Mo?

Sacudió la cabeza, y se detuvo. Su labio inferior temblaba descontroladamente, y mientras su mente se desbocaba llenándose de un terror insondable, más ácido y corrosivo que cualquiera que hubiera podido sentir en toda su vida, la figura que se había alzado se enderezó aún más, como si escuchara. Luego, empezó a volverse, muy lentamente. Y cuando vio su rostro, Isabel tuvo que retroceder un par de pasos para mantener el equilibrio y no caer al suelo.

Era él.

No sabía cómo, pero era él, horriblemente desfigurado. Como si… como si…

No tiene boca.

De pronto se acordó de la primera vez que lo vio, en la plaza de la Merced. Ella miraba por la ventana del edificio donde resistía con otros supervivientes -que él mató- y él estaba debajo, en la calle, mirándola fijamente. Estaba de pie entre los muertos, y éstos parecían no reparar en él. Entonces lo confundió con uno de ellos. Fue el principio de todo un periplo de acontecimientos que ahora parecía desembocar en aquel sitio, bajo la lluvia.

Sí, estaba allí mismo.

Y el que estaba caído a sus pies…

El padre Isidro supo de quién se trataba inmediatamente. Era una de las primeras rameras que encontró, y una de las más esquivas, por cierto. Recordaba haberla visto desde la ventana de su prisión en el campamento que el Señor castigó tan duramente. ¿No era ella la que iba siempre con el moro que acababa de ajusticiar?

Los músculos de la cara se contrajeron, intentando una sonrisa. Luego se apartó suavemente, levantando el pie derecho como si fuera ingrávido. Parecía una escena rodada a cámara lenta. Después, extendió la mano sobre el cadáver, con un elegante gesto, como si quisiese mostrar su obra.

Su ropa era inequívoca, pero cuando vio su perilla, su cabello corto y oscuro y su tez aceitunada, ya no le quedó ninguna duda.

Fue como si la atravesaran con una banderilla de las que emplean los toreros en las plazas de toros. El dolor empezó en la parte posterior del cuello y le atravesó el pecho como si fuese a partirse en dos.

Estaba muerto , sobre eso no albergaba ninguna duda. Aquel ser escalofriante, más parecido ahora a un zombi que a otra cosa, no le habría dejado si no llega a asegurarse de que era así. La ausencia de mandíbula inferior desdibujaba su expresión, pero sus ojos reían. Se regodeaban.

Muerto.

Entonces empezó a temblar, con las piernas incapaces de aguantarle por más tiempo.

El padre Isidro empezó a avanzar hacia ella. Estaba tan delgado que parecía que medía un par de metros; la sotana, infecta de sangre de sus víctimas, se agitaba bajo la lluvia como el cuerpo de una medusa.

Isabel apretó los dientes, mudando su ánimo de una atroz tristeza a una rabia cegadora. Cogió el rifle con ambas manos e intentó apuntar, pero temblaba de los pies a la cabeza y sus brazos parecían incapaces de sujetarlo correctamente.

Hizo un disparo, pero demasiado desviado a la derecha. La bala voló por el aire y se perdió. Isidro dio un respingo, y sus ojos se abrieron de par en par. Isabel disparó de nuevo, con todavía menos acierto: había empezado a llorar de forma descontrolada y apuntaba demasiado bajo; la bala arrancó una pequeña explosión de tierra en el suelo, entre ella y el sacerdote.

Isidro empezó a avanzar.

El tercer disparo volvió a fallar; la bala desapareció entre el follaje en algún lugar a la espalda del sacerdote, haciendo que las hojas se estremecieran.

Entonces, mientras Isidro acortaba la distancia cada vez más, Isabel cayó de rodillas al suelo. La lluvia había aplastado sus cabellos contra su cara, deformada por una expresión de dolor, y el fusil cayó de sus manos.

Cerró los ojos y se rindió.

– ¿Qué ha sido eso? -dijo Víctor.

– ¿El qué? -preguntó Dozer.

La lluvia repiqueteaba contra el techo y el parabrisas del coche, produciendo un sonido melancólico.

– He escuchado un disparo.

Dozer inclinó la cabeza, sorprendido por un repentino rescoldo de esperanza. Y entonces lo escuchó él también.

La adrenalina inundó su cuerpo con una fuerza inusitada. Estremeciéndose, saltó sobre su asiento, agarrándose al volante. Luego reconsideró la idea.

– ¡Quédate aquí! -dijo, abriendo la puerta del coche. El sonido de la lluvia se hizo de pronto más intenso.

– ¡¿Dónde vas?! -exclamó Víctor.

Pero Dozer no le escuchaba ya. Había cerrado la puerta con un movimiento brusco y miraba alrededor, intentando orientarse.

Vamos… ¡vamos! Sólo uno más…

Y entonces, alto y claro como el sonido de un trueno, el eco reverberante de un tercer disparo le apuntó en la dirección correcta.

Echó a correr.

El padre Isidro avanzaba hacia la ramera, pero lo hacía lentamente, como si disfrutara del momento. Estaba considerando retenerla, pero no matarla; sería un buen escudo contra las balas si cualquiera de los otros aparecía. O quizá podría esperar a que su amante volviese de su encuentro con el Señor, y entregársela a él. Sería interesante ver cómo cambiaría su disposición hacia ella.

La vio derrumbarse en el suelo y soltar el arma. Ahora parecía tan recatada y dócil, tan sumisa… Casi como si rezara. Eso le arrancó un sentimiento de ternura y misericordia. ¿Acaso se había dado cuenta, en el último momento, de lo equivocada que había estado?, ¿se estaba arrepintiendo, ahora que el final sobrevenía con la certeza que sólo el Señor puede ofrecer? Ah, de ser así, él la recibiría con los brazos abiertos, porque el Señor, en sus enseñanzas, dictaba que el buen cristiano debe saber perdonar, y brindar el perdón. Entonces decidió que la llevaría junto a Él tan rápidamente como le fuera posible, para que fuese juzgada y reconducida de nuevo al camino recto.

Extendía ya la mano hacia ella cuando escuchó un grito.

– ¡EH, HIJO DE PUTA!

Dozer no quería creer lo que estaba viendo. Miraba con atónita incredulidad la herida monstruosa que tenía en el lado izquierdo de la cabeza, la raída sotana, los cabellos blancos… y la mandíbula ausente. Estaba exactamente igual a como lo había visto en el Álamo.

Sin embargo, ahora no podía pensar en cómo había regresado a la vida, o cómo había conseguido llegar hasta allí. Ya llegaría el momento de dedicarle tiempo a eso. Ahora sólo sabía que aquel monstruo tenía a Isabel (o al menos parecía Isabel, con la lluvia era difícil decirlo) al alcance de la mano, y que si no hacía nada por detenerlo, podría haber algo que lamentar.

Isidro se volvió para mirarlo.

Dios… sus ojos, pensó, es un puto zombi.

Eso cambiaba las cosas para él. Los zombis no pensaban, ni temían las represalias. Era cuestión se segundos que se lanzara sobre ella.

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