Se lanzó a la carrera, batiendo las piernas sobre el suelo, al que un sinfín de charcos le daban una apariencia lustrosa, como la de un espejo. Mientras tanto, Isabel se había vuelto para mirar en la dirección de donde había venido el grito. Tenía los ojos anegados en lágrimas, pero aun así, le pareció que la figura que se acercaba corriendo por el suelo empedrado era alguien a quien creía muerto hacía tiempo.
¿Do-Dozer?
Sin embargo, fuese o no fuese él, estaba tan enterrada en la confusa trastienda de su propia mente, que su visión no le despertó ningún sentimiento.
El padre Isidro gruñó, abriéndose de piernas. Confiaba mucho en su nueva forma física, pero aquel hombre era grande y ancho de espaldas, y embestía con la rapidez y la fuerza de un toro de lidia. La cabeza estaba encajada entre sus hombros como un ariete. Inesperadamente, se agachó con un gesto rápido y cogió el arma del suelo. Tuvo el tiempo justo de dirigir el cañón hacia él y disparar, justo en el mismo momento en que el gigante saltaba en el aire.
El estruendo hizo que Isabel, sin proponérselo, cerrara los ojos. El proyectil, a bocajarro, alcanzó la mano derecha de Dozer en pleno vuelo, pulverizándole el dedo meñique. Luego cayó sobre el monstruoso sacerdote, arrastrándolo consigo un par de metros.
Pero el padre Isidro no era un zombi, como Dozer había presumido. Se le escurrió por debajo del cuerpo y rodó limpiamente hacia un lado. Éste se encontraba todavía en el suelo, intentando comprender cómo se le había podido escabullir, cuando Isidro se levantaba ya impulsándose sobre sus piernas. La sotana se le había mojado, ofreciendo un aspecto acartonado. Aprovechó ese momento para darle una patada en la cabeza, que volvió a tumbarlo en el suelo.
Dozer lanzó todo el aire de golpe, superado por la impresión. Mientras tanto, el sacerdote se acercaba para darle una nueva patada. Esta vez recibió el impacto en el costado, lo que le dejó sin respiración unos instantes.
Isidro soltó un bufido por la nariz que desvió las gotas de agua que pendían de ésta. Estaba contaminado de violencia; la cabeza le latía con fuertes punzadas, abrumado por las explosiones sonoras del corazón de Dozer. Éstas eran fuertes y poderosas, no como las de la ramera… le enloquecían, le sacaban de quicio, y como para subrayar ese hecho, le propinó una tercera patada.
Dozer rodó sobre sí mismo, encogido por el dolor. Tenía los ojos fuertemente cerrados, y aunque sabía que debía reaccionar y levantarse para acabar con aquel bucle espeluznante, no podía reunir las fuerzas para hacerlo. Cualquier movimiento le provocaba intensas llamaradas de dolor, como si tuviera todos los huesos de la espalda reducidos a esquirlas.
Isidro echó un rápido vistazo a la ramera, hija de mil padres; no quería sorpresas. Ésta seguía derrotada en el suelo, con una mano apoyada en la tierra y la otra cubriéndose la boca. Parecía hipnotizada, mirando a Dozer retorcerse en el suelo. Estaba en estado de shock, y eso era bueno. Era muy bueno; luego se encargaría de ella.
Iba a acercarse de nuevo a Dozer cuando escuchó una especie de rugido espeluznante que iba a más, como el grito de un dinosaurio en mitad de una selva. Volvió la cabeza en dirección a la fuente del sonido y sus ojos se abrieron de par en par, inundados de terrible comprensión: era un coche, un coche enorme de ruedas gigantescas que había salido de la nada, y lo tenía ya encima.
El impacto fue brutal. Hubo un crujir de huesos y un chirriar de frenos. El padre Isidro salió despedido cinco metros y cayó entre las hojas de un alegre rinconcito florido, donde se perdió de vista.
Tirado en el suelo, Dozer se tumbó de espaldas y se quedó mirando al cielo, con los ojos cerrados para soportar la lluvia. Dejó escapar una carcajada. Descubrió que hasta eso dolía, pero poco le importaba.
– ¡Víctor, hijo de puta! -exclamó entre risas cuando escuchó la puerta del conductor abrirse.
Pero el Roña había quedado estacionado entre Isabel y Dozer, y Víctor se encontraba ahora tendiéndole una mano.
– ¿Estás bien? -preguntaba.
Dozer se volvió como pudo, intentando mirar atrás. Había visto los ojos blancos del sacerdote, la marca del zombi, y sabía que el impacto del vehículo no lo detendría. Hizo un esfuerzo por incorporarse, y aunque parecía que alguien había cambiado de sitio todos sus órganos internos, poco a poco consiguió quedarse a cuatro patas, desde donde le fue fácil recuperar la verticalidad.
Entonces se dio cuenta de que le faltaba el dedo meñique. Se quedó mirando la herida, de un color rojo intenso, con incredulidad. En todo ese rato, dopado como había estado por el exceso de adrenalina y los golpes, no lo había sentido.
– Vamos… métete en el coche, ¿eh? -estaba diciendo Víctor. Había conseguido que Isabel se incorporara.
– ¡Víctor! -decía Dozer.
– ¡Aquí estoy!
– ¡Ese tío sigue vivo!
– ¡Vale!
Dozer miró alrededor, buscando el rifle. No lo encontró (había quedado debajo del Roña , fuera de la vista) pero vio el cadáver en el suelo. Al principio pasó la mirada sin prestarle atención, pero luego volvió a él, como si su cabeza hubiera necesitado ese segundo extra para reconocerlo.
Masculló algo, apretando los puños. Él no había tratado demasiado a Moses, pero pensaba que era un buen tío. Le gustaba su relación con Isabel. A veces, corriendo alrededor de la pista de atletismo de Carranque, los había visto a lo lejos, cogidos de la mano, y le había parecido hermoso. Casi como una promesa de futuro, una promesa de esperanza para la humanidad. Incluso llegó a pensar que le gustaría ver un buen bombo crecer en aquel vientre plano que lucía ella, y tener otra vez niños corriendo por alguna parte, aunque fuera dentro de aquella cárcel de oro custodiada por los muertos.
Ahora, Moses yacía en el suelo, con la boca abierta llena de agua.
– ¡HIJO DE PUTA! -gritó a la vegetación donde el sacerdote había caído-. ¡SAL!
Isabel había entrado ahora en el coche, con la mirada perdida. Estaba intentando decir algo, porque movía los labios temblorosos, pero era incapaz de emitir sonido alguno. Víctor no la conocía, pero su rostro estaba cargado de una tristeza tan honda, que su corazón se encogió.
Nada se movía entre las plantas. Las hojas, verdes y lozanas, se sacudían solamente por efecto de las gotas de lluvia que caían sobre ellas.
¿Y si se ha roto el cuello?, ¿y si está inconsciente?, pensaba Dozer. ¿Y en qué clase de monstruo se ha convertido ese cura loco? Parecía uno de esos zombis, con los ojos blancos y esa fuerza irracional, pero su velocidad… su capacidad de reacción, era del todo desproporcionada.
Quería ir a mirar, pero intuía que era una trampa.
– ¡Víctor! -llamó de nuevo, sin dejar de mirar al frente.
– ¿Qué?
– ¿Cómo está ella?
Unos instantes de silencio. Dozer se movió lateralmente, pasando por delante del Roña. El motor estaba parado, pero el capó, todavía caliente, evaporaba el agua de lluvia despidiendo un vapor blanco que se elevaba lánguidamente en el aire. Cuando llegó al otro lado, se puso al lado de Víctor.
– ¿Isabel? -preguntó.
Pero ella no dijo nada. Dozer asomó la cabeza dentro, y lo que vio le sirvió de respuesta: una Isabel destrozada, con la mirada ausente, los ojos enrojecidos y la boca entreabierta. Era como si su mente se hubiera desconectado. Era, por lo tanto, inútil preguntarle dónde estaban los demás.
Si es que quedaba alguien más.
Un trueno retumbó en el cielo, potente y desgarrador. El eco se esparció alrededor, desapareciendo poco a poco.
– ¡Dios! Tu mano… -exclamó Víctor, reparando en el dedo amputado.
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