Se quedó mirando cómo se alejaban, golpeando a los zombis a su paso, hasta que el ruido del motor terminó por desaparecer entre los árboles. Prácticamente al mismo tiempo, los gritos del soldado se detuvieron con una especie de gruñido arrastrado que le recordó al de un gato amenazando. Sacudió la cabeza y cerró los ojos.
Adónde pensaban ir, no lo sabía, pero sí sabía una cosa; huían de algo que estaba por todo el mundo, y huían de algo que, sin saberlo, llevaban en el interior de ellos mismos: el enemigo.
Muy poco después estaba de regreso en la Alhambra. Caminaba ahora por la calle Real, rumbo a la zona civil que había visto desde el helicóptero. Se encontró los jardines en el mismo estado en que los había visto Dozer, llenos de caminantes . La visión de las puertas abiertas y el vano expedito le llenaron de inquietud, y se lanzó dentro, apartando a los muertos con fuertes empujones.
Aranda recorrió las salas, impresionado por el estado de éstas. Zacarías no había exagerado en su narración: había cadáveres por todas partes, y los camastros y los diferentes enseres estaban tirados por el suelo. Pero mientras observaba el estado ruinoso del recinto, empezó a escuchar disparos.
Orientándose por la fuente del sonido de éstos, terminó por divisarlos al otro lado del patio interior, a través de la vidriera. Vio a José, a Susana, y también a Sombra, que permanecía en la retaguardia… y el que estaba delante de todos ellos, impidiendo el avance de los espectros con su propio cuerpo, era…
¡Dozer!
Aranda se sintió transportado a nuevos estadios de felicidad. ¡Dozer! Su cuerpo ya no funcionaba como antaño, pero de haberlo hecho, hubiera llorado de la emoción que sentía. ¡Dozer estaba vivo! No sabía cómo había logrado llegar hasta allí aquel viejo hijo de puta, pero si había alguien capaz de regresar de entre los muertos y encontrarlos en aquel rincón del mundo, ese era el líder del Escuadrón de la Muerte.
Se apresuró a recorrer el pasillo para reunirse con ellos y ayudarlos, pero cuando le faltaba ya el último tramo, el resplandor de un relámpago arrancó un destello en uno de los espejos que aún colgaban de la pared. Aranda volvió la cabeza instintivamente, y cuando lo hacía, una réplica de luz le permitió verse reflejado en éste.
Su corazón ya no latía, pero experimentó una sensación de vértigo cuando vio su propia imagen. Instintivamente, lanzó el brazo hacia delante y lo estrelló contra éste, cubriendo su superficie; el espejo se balanceó violentamente y se quedó trabado, pero no cayó.
Había visto su propia cara, pero el espejo le debía haber jugado una mala pasada. Había visto…
Retiró la mano y se enfrentó a su imagen, y entonces un abismo se abrió bajo sus pies. Estaba pálido, cubierto de tierra y suciedad pese a la lluvia, y su pelo largo y negro se había escapado de la coleta y lo tenía pegado a la frente. Y sus ojos…
Sus ojos eran blancos, sin pupila, como los que había visto tantas veces en los muertos. Eso era en lo que él se había convertido: en un muerto. Un muerto viviente.
No lo entiendes, había dicho Barraca. ¿Crees que te estoy diciendo que dejes que te conviertas en un zombi? No entiendes una puta mierda. ¿No lo sabes?, ¿crees que eres humano como yo? No lo eres. El virus ya está dentro de ti… ¡tú eres un zombi!
Barraca se lo dijo, y él, de todas formas, lo sabía. Sabía que Isidro había regresado a la vida en ese estado, pero no quiso prestar atención. Sólo pensaba en quedarse libre para poder hacer algo , y se lanzó. Y ahora…
Se miró las manos. Hasta las venas parecían ahora más hinchadas, pero se preguntó si la sangre seguiría fluyendo por ellas. Se llevó la mano al pecho y lo notó silencioso y quedo, y esa quietud lo sumió en una honda desesperación.
Pensó en el reencuentro. En Susana, descubriendo que se había convertido en lo que tanto habían temido. Se la imaginó intentando componer una sonrisa, pero fracasando en su intento de esconder una manifiesta aversión. Pensó en aquella niña, cuyo nombre ni siquiera recordaba, huyendo de él con miedo en los ojos, y pensó también en todos los otros.
Aranda el Monstruo. Aranda el Zombi.
Lanzó una mano hacia delante y descolgó el espejo de un fuerte empellón. Éste cayó contra el suelo y se deshizo en un montón de cristales rotos, cada uno de los cuales le ofreció una versión distorsionada de sí mismo. Incapaz de soportarlo, cerró los ojos y se dejó caer de rodillas, recogido sobre sí mismo.
Lentamente miró a través del ventanal y vio a sus compañeros. Trabajaban perfectamente en equipo, como lo habían hecho siempre. Se sincronizaban a la perfección, con una puntería impecable. Dozer mantenía la cabeza agachada, impidiendo el avance de los zombis con los brazos extendidos, mientras Susana y José les disparaban desde atrás. En ese pequeño intervalo, habían avanzado bastante, y ahora estaba claro que en poco tiempo conseguirían recuperar el control de la situación. No le necesitaban.
Y Carranque… Carranque ya no existía. Ya ni siquiera el doctor Rodríguez podría jamás seguir investigando sobre el Necrosum, por no mencionar que su sangre no era más válida ahora que la de cualquiera de aquellas monstruosidades que le rodeaban.
Asintió en silencio, respondiéndose a sí mismo.
No. Él no sería Aranda el Zombi.
Se incorporó, con las manos temblorosas, y se dio la vuelta, alejándose por el pasillo sin mirar atrás. Regresó hasta el exterior y recorrió la calle Real, cabizbajo y envuelto en un torbellino de sensaciones, de vuelta a la puerta por donde había entrado momentos antes. Allí abandonó la Alhambra, sin mirar atrás. Una vez tuvo un sueño: rociar la ciudad con alguna suerte de gas que acabara con los zombis y preservara a los vivos, y casi lo consiguió. Casi. Pero lo había estropeado todo, había echado a perder la oportunidad que se le había brindado. Ahora viviría el exilio, una nueva existencia alejado de todos, como la que sufrió los primeros meses de pandemia, allá en el Rincón de la Victoria.
Y cuando empezó a descender la colina entre los arbustos y la vegetación, incapaz siquiera de llorar, el que fuera líder de Carranque salió para siempre de nuestra historia.
Dozer no encontró a Aranda por ninguna parte, ni encontró a nadie más vivo. En el silencio de las primeras horas del día, el palacio era ahora una tumba donde el único sonido era el frufrú del lento caminar de los muertos. Algunos iban vestidos de soldados; otros, eran delgados y vestían ropas sucias, y Dozer no pudo evitar pensar que aquellos habían formado parte, una vez, de los que sobrevivieron en la zona civil.
Caminó por el interior humeante del palacio durante bastante tiempo, pensando que en cualquier parte podían estar los restos de Aranda, y aunque estaba contento por haber encontrado al resto del Escuadrón, a Isabel y los niños, no pudo evitar sentir angustia por los que habían caído.
Sin embargo, encontró algo: el almacén de suministros. Éste estaba emplazado en los sótanos del palacio, y se quedó abrumado por la cantidad de raciones del ejército que estaban allí apiladas. No entendía cómo los soldados no las habían compartido con los civiles, como le habían contado sus amigos.
Tenía que conseguir llevarlos allí.
Dedicó toda la mañana a clausurar de nuevo los accesos a la Alhambra, lo que no fue una tarea fácil. Para conseguirlo, utilizó los camiones que aún quedaban para bloquear los accesos de la Puerta de los Carros, incluyendo la Torre de la Justicia. Allí encontró también una destartalada furgoneta llena de sopas y paquetes de pastas (tallarines, macarrones, espaguetis…), que metió en el interior del recinto. La puerta de la Alcazaba le costó algo más de trabajo, porque las orgullosas hojas de madera habían prácticamente desaparecido y no había forma de llevar ningún vehículo hasta allí, ni siquiera el Roña. En lugar de eso, arrastró con esfuerzo parte de los sacos y los muebles que habían constituido la barricada del ejército, hasta que quedó inaccesible.
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